Hasta Farsantes, la única vez que Julio Chávez había actuado en una tira diaria fue cuando tenía 18 años. El programa se llamaba Ser un hombre, iba por Canal 11 y lo echaron a las dos semanas.
BRANDO: ¿Por qué?
CHÁVEZ: Por mal actor. No lo podía resolver. Me hubiera echado yo mismo.
BRANDO: Es raro. Todo el mundo lo ve como algo natural en vos.
CHÁVEZ: Tal vez tengo elementos naturales, pero también podés pintar con pigmentos orgánicos y que el cuadro sea una garcha.
En la terraza de un bar de Palermo Hollywood, Chávez usa metáforas gastronómicas, bélicas, políticas y hasta burocráticas para hablar de actuación. Dentro de él conviven criaturas en conflicto y su tarea es armonizarlas, como un chico que ordena un campo de batalla imaginario. Cuando menciona la confianza ganada en televisión, dice: "De pronto el gobernante sabía gobernar, los súbditos hacían caso.".
BRANDO: ¿Hacer una tira puso a prueba tu método?
CHÁVEZ: Uno se identifica con las metodologías y en un momento cree ser ellas. Por ejemplo: creías que no podías preparar una escena con menos de cuatro días de trabajo, y de golpe te encontrás con que tenés cuatro horas. La sensación que te asalta es que tu instrumento no va a poder hacerlo, y en realidad tal vez sí pueda, y sin resignar calidad. El método es mucho más generoso de lo que uno hace con él.
BRANDO: ¿Cómo maneja la energía un elenco que lleva una convivencia tan larga e intensiva?
CHÁVEZ: En el transcurso de tantos meses, es inevitable que haya soldados fortalecidos y otros debilitados. Si vos ahora congelás Farsantes, vas a encontrar altos y bajos. Farsantes es un medio de transporte exitoso, pero es como dice Chéjov: en medio de la naturaleza más hermosa, debajo de un árbol, hay un hombre llorando. La naturaleza humana es neurótica. De todas maneras, si hay que renunciar al buen clima para hacer un trabajo serio, yo renuncio.
BRANDO: ¿En Farsantes hubo que renunciar?
CHÁVEZ: No, pero para mí el clima no es protagonista.
BRANDO: ¿En el set vos cumplís un rol de líder?
CHÁVEZ: No, mi rol es hacer mi trabajo, e intentar, donde me compete y puedo, comunicar una mirada. Ahí tenés muchos principios en convivencia. Es imposible aunarlos todos. Por ejemplo: el director determina dónde va la cámara. Pero de repente se encuentra con una estrella que tiene papada y eso obliga a cambiar el plano. ¿Quién ganó? Ganó la papada. Es el hermoso problema del arte: es expresivo y a la vez negociable.
Un día típico de Julio Chávez en 2013 empieza a las seis menos cinco de la mañana, cuando abre los ojos y espera esos cinco minutos hasta que suena el despertador. Después de desayunar, un auto lo pasa a buscar y lo lleva a los estudios Baires de Don Torcuato o a alguna locación. Hasta las seis de la tarde se pone el saco de Guillermo Graziani, el abogado bonaerense que reprimió durante años su identidad sexual. Entre toma y toma, estudia el guión y "pasa la letra" de la obra que estrenará en enero (Rojo, en la que interpreta al pintor Mark Rothko). Los lunes y martes, da clases hasta las 12.30 de la noche. El resto de la semana, incluidos sábado y domingo, se dedica a estudiar.
BRANDO: ¿Cómo se mantiene la calidad con semejante ritmo?
CHÁVEZ: Mi objetivo inicial con Farsantes fue no regalar ni una sola escena. No significa que fuera a hacer todos goles, pero sí intentar no perder ni una pelota. En eso no voy a ceder: cada escena tiene la prestación de servicio que merece.
BRANDO: ¿Sos un actor más flexible de lo que eras?
CHÁVEZ: Siempre fui flexible. No he tenido prejuicios frente a los espacios creativos. Eso no quiere decir que me sienta capacitado para estar en cualquier espacio en cualquier momento. Creo que no estoy preparado para hacer circo, por ejemplo. ¡Creo! Si el día de mañana me siento capacitado, lo haré. Y lo que va a haber cambiado no es mi mirada respecto del circo, sino la mirada que yo tengo respecto de mi propio riesgo.
BRANDO: ¿Cómo definirías Farsantes?
CHÁVEZ: Es un patchwork, una linda provocación a los que creen que el negro con el marrón no pega.
BRANDO: ¿Dirías que eso estaba en la concepción del programa?
CHÁVEZ: Sin dudas. No podés mezclar Siciliani, Casero, Arana, Chávez, sin saber que abriste la jaula del zoológico para hacer una experiencia. Adrián Suar es el que se aventura a esas cosas.
BRANDO: ¿Cómo lidiás con la repercusión pública de tu personaje?
CHÁVEZ: Maravillosamente. Lo veo como otra manera que tiene el destino para decirme: "Metete en el orto tus opiniones anticipadas". Yo creía que después de El puntero [2011] iba a ser difícil que el espectador me comprara otra vez. Estaba jugado a perder. Es inédito que, en una tira, una de las parejas protagónicas esté conformada por dos hombres. Y que el espectador te siente en la mesa. Y te desee felicidad.
BRANDO: ¿Recibís también la parte del rechazo?
CHÁVEZ: No, pero no meto las narices donde sé que puede haber un puercoespín esperando para destrozarme la cara. Porque me conozco, soy muy vulnerable. Soy cero cool. No entro en las redes sociales. Soy muy rígido en eso. Tengo algunas personas en las que confío, a las que llamo y pregunto.
BRANDO: ¿Y de esa gente sí te bancás la crítica?
CHÁVEZ: Sin dudas. Me la banco como me la banco yo: con cara de orto. Pero eso no importa. El león para hacerte caso no tiene que poner cara de Bambi.
En el bar, la mitad de la gente lo saluda, le pide un autógrafo o le dice "genio". De pronto una chica lo abraza y le agradece "la forma en que trata el tema". Se la nota emocionada. Le dice que Farsantes ayudó a que su familia tuviera una mirada más abierta sobre su sexualidad. Le comento a Chávez que esas cosas deben valer mucho. Lo piensa un momento y responde: "Me alegra, pero para mí no es misión cumplida. Yo no utilizo la actuación como un medio de activismo. ¡Por qué mierda una señora grande, por ejemplo, tendría que cambiar su forma de pensar! Ahora bien, de pronto esa señora ve la historia de amor entre Guillermo y Pedro y se enternece. No modifica su ideología, pero experimenta una pequeña falla en su sistema. En esa falla es donde el hombre se mete y construye".
Domingo 29 de Diciembre de 2013 - 13:06 hs
Julio Chávez: el camino del antihéroe
Fuente: La Nación