Opinión

Sábado 18 de Mayo de 2019 - 10:00 hs

Las babas del diablo

Actualizado: Sábado 18 de Mayo de 2019 - 10:04 hs

Me gusta pensar la política a través de imágenes. Tal vez porque siempre tuve presente aquella frase de Albert Camus: “Si quieres pensar dedícate a la literatura, solo se piensa a través de imágenes”. Una primera imagen de la semana que pasó: el diputado Enrique Olivares herido de muerte. A su lado, su amigo Miguel Yaddón: jogging blanco y muerto. Los esfuerzos de Olivares para ponerse de pie, los pasos vacilantes como los de un pájaro herido o un muñeco que intenta bailar una danza macabra. Su soledad. Esa soledad infinita de una madrugada que se tiñe con sangre.

Ese momento en que un hombre sabe que el rostro de la muerte se hizo presente, que la señora de la guadaña lo invita bailar. El veredón de la plazoleta, más allá la arboleda, más allá la calle, la ciudad, la gente que se desplaza de un lugar a otro. Y en el centro de la imagen un hombre luchando por sobrevivir sin saber exactamente por qué los balazos. La escena es desgarradora. No sé por qué, la cámara me recuerda a esa otra, la de “Las babas del diablo” de Julio Cortázar. Según el punto de vista, siempre hay algo más en la escena. En el caso que nos ocupa hay otras imágenes que se superponen a la de ese hombre que lucha por su vida. Un auto blanco pasa por la calle; la arboleda protege los pasos de otro hombre. Pero lo más chocante es la del canalla que desciende del auto. Baja del auto y mira a los heridos como si fueran “cosas”. Esa indiferencia helada, criminal. Ni un gesto, ni una palabra al hombre que se está muriendo a su lado. El señor se limita a bajar del auto. Camina, se pasea, mira para un lado y otro. La sangre derramada a su alrededor le resulta ajena. Vuelve a abrir la puerta del auto. Del interior sale una persona joven que cruza la avenida.

Un minuto veinte se dice que estuvo paseándose por el veredón antes de decidirse subir al auto y salir como si estuviera paseando. Un minuto veinte son ochenta segundos. Una eternidad para el hombre que se está muriendo a su lado. Miserable. Hasta a un perro se lo atiende cuando está herido. Esa indiferencia también puede ser pensada como un síntoma cultural de nuestros tiempos. Alguien se está muriendo a mi lado y no digo ni hago nada. Es más, protejo al criminal porque probablemente yo también sea un criminal o por lo menos un cómplice. Una bicicleta se detiene al lado de Olivares. Ve llegar a un policía y escapa. No vaya a ser cosa que…El policía está preocupado por el muerto, por Yadón. El oficio no le enseñó a mirar en primer lugar la escena, es decir, mirar que a diez metros el o los criminales están arriba del auto. Ese auto que ahora se desplaza hacia un lugar que la cámara ignora…

SANTA CRISTINA

Ese jueves a la noche la Señora presenta un libro, su libro en la Feria del Libro insólitamente privatizada. Un discurso deliberadamente manso a un público decidido

a aplaudir no importa lo que diga y con el tono que lo diga. La magia trasladada a la política se relaciona con el servilismo y la obsecuencia. Los que están allí no son militantes, no son políticos, no son artistas, no son ciudadanos. Son feligreses. Algunos de ellos con prontuarios, algunos de ellos añorando tiempos en los que vivían pródigamente del Estado, pero por sobre todas las cosas son feligreses, creyentes de rodillas ante su diosa. Como me dijera una militante kirchnerista: “Rogelio…lo que sentimos por ella es amor…vos nunca vas a poder entender eso…el amor que ella nos inspira. Y tiene razón. Claro que tiene razón. Jamás voy a poder entenderla. La religión – tal vez la brujería- y la política nunca suelen hacer buenas migas.

La realidad como siempre en estos casos trajina en las afueras del templo. Allí donde el fanatismo deviene en agresión, violencia, sed de sangre; allí donde el fanatismo celebra sus rituales y sus sacrificios. De eso se trata, del sacrificio. La víctima, una periodista. Una mujer. Lo más destacada: su sonrisa. Una sonrisa fresca, espontánea, juvenil; una sonrisa de este mundo para enfrentar a las furias desatadas. ¿Su pecado? Ser periodista; tal vez, trabajar en un lugar donde esa palabra no suele ser bienvenida; ser mujer…eso…una mujer sola. Solo en esas condiciones el rufián que la insulta se anima a ejercer sus bravuconadas con la impunidad del patotero; la impunidad y el anonimato. Y, por supuesto, la cobardía moral.

NIDO DE RATAS

El rostro de Hugo y Pablo Moyano. El rostro como fotografía del alma. Sus bravuconadas, sus insultos. Los Moyano actualizan en tiempo literario el formidable relato de Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges: “La fiesta del monstruo”. Cualquier director de cine que quiera filmar una película acerca del matonaje sindical y los barras bravas, hallará en los retratos de los Moyano su escena inspiradora preferida. Algo más: esa misma noche Patricia Bullrich recuerda que el momento más duro de su gestión pública, el momento en el cual sufrió más insultos y amenazas, fue cuando se le ocurrió que los dirigentes sindicales debían hacer una declaración jurada de sus bienes. Los argentinos nunca nos vamos a terminar de arrepentir que la llamada “Ley Mucci”, la legislación de democratización de los sindicatos propuesta por Alfonsín al momento de asumir la presidencia de la nación haya sido rechazada por los senadores peronistas.

SANTA EVITA

Fernando Vallejo, autor de “La virgen de los sicarios”, termina de ser plagiado. Los responsables del operativo son nuestros muchachos de la CGT proponiendo la beatificación de Eva Duarte de Perón. Santa Evita -si el compañero Bergoglio da lugar- dejará de ser el título de un libro de Tomás Eloy Martínez, para hacerse realidad. Realidad religiosa. No soy creyente en los términos que los compañeros Bergoglio y Grabois exigen para los hombres de fe y, por lo tanto, digo que me da exactamente lo mismo que la iglesia católica declare al “Hada Rubia” santa, virgen o lo que más le guste. Allá ellos con sus santorales y sus celebraciones. Sí me importa confirmar –por si alguna duda había- que para los peronistas Evita no es un hecho político sino religioso. Ahora entiendo por qué resulta imposible debatir sobre la vida real de la creadora de la fundación privada que llevaba su nombre y que se financiaba con los recursos del

estado y la extorsión mafiosa a empresarios. Nunca olvidarlo en esta argentina mágica y populista: a un político, hombre o mujer, se lo interpela, se lo apoya o se lo critica; a una santa, no. A un político se le exigen decisiones, a una santa se le piden milagros; a un político se le discute, a una santa se le reza. Los muchachos de la CGT no comiten con Macri, compiten con el Gauchito Gil y la Difunta Correa.

KAFKA Y LOS SEÑORES DE LA CORTE

Jorge Luis Borges postula que el tema central de la obra de Franz Kafka es la infinita postergación. Josef K deambula por tribunales en ruinas convocado por una causa que no conoce hasta ser finalmente ejecutado ignorando el motivo y la identidad de los jueces. El Agrimensor no logra ingresar al castillo; al mensajero de un emperador chino le resulta imposible llegar a su destino; dos amigos jamás pueden juntarse; la construcción de la muralla china se presenta como infinita. Si las reflexiones de Borges son certeras, la Corte Suprema de Justicia es insólitamente kafkiana. Tema central: la postergación infinita. Lo interesante es el empecinamiento de nuestros jueces en reiterar sus decisiones. La postergación infinita ya la aplicaron con Carlos Saúl Menem. Ahora “la historia vuelve a repetirse”. Pregunta para iniciados: ¿Quién es Josef K, quién es el Agrimensor, quién es Gregorio Samsa? ¿Los compañeros Lorenzetti, Maqueda o Rosatti?

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