En un comienzo de torneo que todavía no termina de acomodarse, Unión encontró un punto de apoyo que no se negocia: su arco dejó de ser vulnerable. Mientras los resultados van y vienen, hay una convicción que se fortalece puertas adentro y ordena el presente del equipo. Defender bien ya no es una circunstancia; es una identidad en construcción.
El 0-0 frente a San Lorenzo fue una postal de esa dualidad que atraviesa al Tate. El equipo hizo méritos, dominó y empujó hasta el final, pero la red rival nunca se movió. Quedó la bronca por la chance desperdiciada, aunque también la certeza de que el funcionamiento está lejos de ser un problema. Esta vez, el déficit fue exclusivamente ofensivo.
El dato no pasa desapercibido: Unión volvió a cerrar su arco como local por tercer partido consecutivo. En un campeonato donde cada punto se defiende como oro, esa regularidad defensiva empieza a marcar una diferencia silenciosa. No da titulares rimbombantes, pero sostiene al equipo cuando el gol no aparece y mantiene vivo el margen de crecimiento.
Leonardo Madelón lo repite y el plantel lo internaliza: el cero propio es el piso desde el cual se puede construir algo más ambicioso. La confianza nace desde atrás, se contagia hacia adelante y permite competir incluso cuando el resultado no acompaña.
El contraste surge al mirar el recorrido fuera de Santa Fe. Allí, la solidez se resiente y los números lo exponen: cinco puntos sobre 15 posibles. Un balance corto si se lo mide con las expectativas iniciales, pero que no genera alarma interna. El diagnóstico es compartido y claro: el equipo responde, el funcionamiento está, y la estructura sostiene. En Unión no hay desesperación, pero sí convicción.