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Domingo 14 de Agosto de 2011 - 13:49 hs
Atilio Stampone-Pedro Aznar: encuentro inesperado
Son las siete de la tarde de un viernes 11 de agosto que insiste con hacerse noche desde temprano. En la sala de grabación de los Estudios ION, ahí donde termina ese largo pasillo de fotos, desde las que espían Vinicius de Moraes, el Polaco Goyeneche, Alfredo Alcón y Ariel Ramírez, entre decenas de figuras que pasaron por allí, Atilio Stampone repasa acordes, juega, acaricia las teclas de un piano que espera el inicio de la grabación de su disco número 20. Casi dos décadas después de su último registro discográfico.
Cinco minutos más tarde, el músico recibe con un abrazo a Pedro Aznar. Uno de los invitados que acompañarán a Stampone en su nuevo álbum, para el que eligió 14 tangos de “los que más ama”, según contará un rato después, en la cabina del operador, Poggy Almendra, productor del álbum.
Antes, parados frente a la consola, Stampone y Aznar escuchan la versión de La casita de mis viejos , que el tanguero grabó en su disco Jaque mate , en 1977. Fue parte de una trilogía que realizó en estos mismos estudios, cuando dejó de hacer tangos bailables y pasó a un sonido de concierto.
“Bueno -dispara Stampone, que a los 85 años no da demasiadas vueltas para decir las cosas- ¿Qué pensás hacer? ¿Qué querés hacer?” Pedro, que a los 52 acredita una buena espalda para eso y mucho más, lo mira, se sonríe y deja caer: “Lo que pueda.” La escucha dura un par de minutos más. “Vamos al piano”, propone Aznar, y se la juega: “¿Podemos hacerla en Mi bemol?” “Pero son todas negras”, hace que protesta el anfitrión. Y se sienta al piano, frente a la partitura original, de 1976, con arreglo para piano y chelo -”o contrabajo”, amplía Stampone-. La puerta se cierra, segundos y terceros afuera, y el piano se transforma en un laboratorio.
Mientras tanto, Almendra da algunas precisiones más acerca del proyecto, que lleva unos cuatro años tomando carrera. “Primero, hubo que convencer a Atilio de que tenía sentido volver a entrar a un estudio. Con 19 discos editados, la falta de una propuesta convincente, de tiempo y de esa emoción indispensable para ponerse a grabar era una combinación difícil de vencer. Pero cuando le dijimos que había mucha gente que quería participar, que sentía que era un honor ser parte de la iniciativa, decidió hacerlo.” Del otro lado del vidrio, la escena sorprende a propios y ajenos. “Mirá eso”, advierte alguien. “Eso” es Aznar, con un lápiz en la mano, interviniedo las partituras. “En 14 años que estoy con él, jamás vi que dejara que alguien le tocara una nota”, señala Almendra.
Ahora, la banqueta es del más joven, mientras Stampone mira. Y enseguida, son cuatro manos sobre el piano, buscando, explorando, y tomando la delantera en eso de definir por donde terminará yendo la obra de Juan Carlos Cobián y Enrique Cadícamo.
Sin perderse detalle de lo que pasa en la sala, Almendra cuenta que para Stampone, el disco es “como un legado”. “Los temas van a estar tocados en tres formatos: Habrá dos en forma de dueto, uno con Aznar y el otro con Leopoldo Federico; seis, con formación de quinteto, y los seis restantes, de octeto”, detalla.
Y, enseguida, aclara que las grabaciones serán con todos los músicos en el estudio. “El bandoneonista Carlos Buono es el encargado de armar los ensayos previos, para llegar a la grabación bien afinados”, explica, antes de volver a poner toda su atención en el dúo que trabaja sobre el piano.
Allí, el viejo maestro recuperó el trono. A su lado, su invitado se desentiende del bajo y el contrabajo que lo esperan desde hace una hora, y anota, en unas hojas que de a poco dejan de estar en blanco, las primeras notas de una historia que recién comienza.
Cinco minutos más tarde, el músico recibe con un abrazo a Pedro Aznar. Uno de los invitados que acompañarán a Stampone en su nuevo álbum, para el que eligió 14 tangos de “los que más ama”, según contará un rato después, en la cabina del operador, Poggy Almendra, productor del álbum.
Antes, parados frente a la consola, Stampone y Aznar escuchan la versión de La casita de mis viejos , que el tanguero grabó en su disco Jaque mate , en 1977. Fue parte de una trilogía que realizó en estos mismos estudios, cuando dejó de hacer tangos bailables y pasó a un sonido de concierto.
“Bueno -dispara Stampone, que a los 85 años no da demasiadas vueltas para decir las cosas- ¿Qué pensás hacer? ¿Qué querés hacer?” Pedro, que a los 52 acredita una buena espalda para eso y mucho más, lo mira, se sonríe y deja caer: “Lo que pueda.” La escucha dura un par de minutos más. “Vamos al piano”, propone Aznar, y se la juega: “¿Podemos hacerla en Mi bemol?” “Pero son todas negras”, hace que protesta el anfitrión. Y se sienta al piano, frente a la partitura original, de 1976, con arreglo para piano y chelo -”o contrabajo”, amplía Stampone-. La puerta se cierra, segundos y terceros afuera, y el piano se transforma en un laboratorio.
Mientras tanto, Almendra da algunas precisiones más acerca del proyecto, que lleva unos cuatro años tomando carrera. “Primero, hubo que convencer a Atilio de que tenía sentido volver a entrar a un estudio. Con 19 discos editados, la falta de una propuesta convincente, de tiempo y de esa emoción indispensable para ponerse a grabar era una combinación difícil de vencer. Pero cuando le dijimos que había mucha gente que quería participar, que sentía que era un honor ser parte de la iniciativa, decidió hacerlo.” Del otro lado del vidrio, la escena sorprende a propios y ajenos. “Mirá eso”, advierte alguien. “Eso” es Aznar, con un lápiz en la mano, interviniedo las partituras. “En 14 años que estoy con él, jamás vi que dejara que alguien le tocara una nota”, señala Almendra.
Ahora, la banqueta es del más joven, mientras Stampone mira. Y enseguida, son cuatro manos sobre el piano, buscando, explorando, y tomando la delantera en eso de definir por donde terminará yendo la obra de Juan Carlos Cobián y Enrique Cadícamo.
Sin perderse detalle de lo que pasa en la sala, Almendra cuenta que para Stampone, el disco es “como un legado”. “Los temas van a estar tocados en tres formatos: Habrá dos en forma de dueto, uno con Aznar y el otro con Leopoldo Federico; seis, con formación de quinteto, y los seis restantes, de octeto”, detalla.
Y, enseguida, aclara que las grabaciones serán con todos los músicos en el estudio. “El bandoneonista Carlos Buono es el encargado de armar los ensayos previos, para llegar a la grabación bien afinados”, explica, antes de volver a poner toda su atención en el dúo que trabaja sobre el piano.
Allí, el viejo maestro recuperó el trono. A su lado, su invitado se desentiende del bajo y el contrabajo que lo esperan desde hace una hora, y anota, en unas hojas que de a poco dejan de estar en blanco, las primeras notas de una historia que recién comienza.
Fuente: Clarín
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