Ocurrió en una casa de barrio Nueva Pompeya. Las víctimas son una pareja de paraguayos. Les robaron elementos de valor y dinero. Los autores materiales fueron ahora condenados. La dueña de casa fue sentenciada previamente.
LT10 - Columna de opinión de Gustavo Mazzi
Lunes 20 de Octubre de 2014 - 17:24 hs
Entre la pasión infinita y la exaltación por perder
El clásico rosarino terminó una vez más en tragedia luego de que dos hinchas de Central fueran asesinados en momentos en que festejaban el triunfo del equipo de Miguel Ángel Russo ante Newell\\'s, ambos en distintas zonas de la ciudad. Además, el Presidente de la entidad del Parque Independencia fue amenazado en su propio domicilio. Sí, ese mismo dirigente que fue responsable de la vuelta de Martino, de Newells campeón y su retorno al plano internacional. Un absurdo más del aberrante fanatismo.
No importa ya quien atacó primero. No importa si los muertos son de uno u otro bando. No importa el último discurso sesudo que instiga a terminar con este flagelo y a erradicar “a los violentos”. No importa el Señor que se saca el problema de encima o el que acusa al otro por ser el gran responsable. La tragedia cotidiana detrás de la pelota no puede resumirse en la “pasión desmedida” y mucho menos rendirse a las “lógicas consecuencias” de la intolerancia por la “cultura del honor” como valor supremo, que no da lugar a la derrota. Las prácticas violentas son tantas como las condiciones que permiten que esas acciones se lleven a cabo en torno al espectáculo deportivo.
Es tal la locura, que las muertes hoy no son más que un simple número frío que aumenta la estadística. Los extremos en que se mueve el fútbol y muchos de sus hinchas, no solamente los barrasbravas, han superado límites insospechados. Entre la pasión infinita y la exaltación por perder, todo puede suceder. La barbarie se aleja de las tribunas e invade definitiva y dolorosamente todos los ámbitos, porque la violencia es moneda corriente en una sociedad cada vez más intolerante y mucho más irracional, si se trata de convivir con el dolor propio de la derrota y el festejo ajeno después del resonante triunfo.
Los criterios y verdades que hablan del fútbol como una resultante del comportamiento de esta casta en la que vivimos resultan ciertos, pero no alcanza con la verdad teórica, sin respuestas prácticas. El popular deporte muestra su peor cara cada fin de semana, dejando en evidencia que la situación, que siempre estuvo desmadrada, sigue expuesta al antojo de quienes quieran atentar contra el circunstancial rival de turno, en el lugar que sea y sin medir consecuencias. Mientras tanto se siguen dando manotazos de ahogado sin severidad ni rigurosidad.
La pregunta que ya lleva décadas y no encuentra respuestas efectivas en las prácticas es, cómo se detiene esta esquizofrenia de la que todos formamos parte. Pareciera que nadie quiere saberlo ni mucho menos terminar con todo esto. Siento una profunda pena, porque hemos convertido al fútbol en un espacio de situaciones extremas, sin términos medios y obligado al desgarro permanente.
La utilización del fútbol como herramienta política y de propaganda, también debe mostrar esta imagen que nos pertenece. Deben hacerse cargo los gobernantes, porque también esto forma parte del patrimonio de la pasión más popular del país. Y mientras lloramos otros muertos, pateamos la pelota para adelante, con los clubes fundidos, con una estructura que no soporta más fracasos, con masivas convocatorias de acreedores y con cada vez más denuncias de administraciones fraudulentas. Todo esto es el combustible para un incendio que obviamente no se televisa y que solo deja ver “el humo”, que por tan repetido, intoxica las previas y los entretiempos de cada cotejo.
Reitero que no deseo los goles de rehén, ni los partidos con audio radial y sin imagen de pelota en la tele, pero de la misma manera quiero como prioridad, ver la fiesta sin sangre, los clubes ordenados, los impúdicos dirigentes juzgados y la TV sin “cuidados” por lo que muestra o deja de mostrar.
El fútbol y sus aliados siguen exhibiendo su incapacidad, negligencia, complicidad, falta de autoridad y pasividad para aplicar los controles unánimemente declamados e irresponsablemente omitidos, por todos y todas. Llegará el momento en que patearemos las cenizas, mientras algunos seguirán planteando reuniones y armando secretarías para buscar las siempre postergadas soluciones de fondo. Desde estas líneas seguiremos lamentando la ferocidad, la brutalidad y el salvajismo con la que ahora se dirimen las diferencias por los colores o por un resultado deportivo. Y continuaremos escribiendo artículos que al menos contemplen la vergüenza y muestren la dignidad del escritor, a salvo de tanta complicidad, pero muy poca cosa para tanto daño, para tamaña avería... Y será desgraciadamente, hasta la próxima muerte.
No importa ya quien atacó primero. No importa si los muertos son de uno u otro bando. No importa el último discurso sesudo que instiga a terminar con este flagelo y a erradicar “a los violentos”. No importa el Señor que se saca el problema de encima o el que acusa al otro por ser el gran responsable. La tragedia cotidiana detrás de la pelota no puede resumirse en la “pasión desmedida” y mucho menos rendirse a las “lógicas consecuencias” de la intolerancia por la “cultura del honor” como valor supremo, que no da lugar a la derrota. Las prácticas violentas son tantas como las condiciones que permiten que esas acciones se lleven a cabo en torno al espectáculo deportivo.
Es tal la locura, que las muertes hoy no son más que un simple número frío que aumenta la estadística. Los extremos en que se mueve el fútbol y muchos de sus hinchas, no solamente los barrasbravas, han superado límites insospechados. Entre la pasión infinita y la exaltación por perder, todo puede suceder. La barbarie se aleja de las tribunas e invade definitiva y dolorosamente todos los ámbitos, porque la violencia es moneda corriente en una sociedad cada vez más intolerante y mucho más irracional, si se trata de convivir con el dolor propio de la derrota y el festejo ajeno después del resonante triunfo.
Los criterios y verdades que hablan del fútbol como una resultante del comportamiento de esta casta en la que vivimos resultan ciertos, pero no alcanza con la verdad teórica, sin respuestas prácticas. El popular deporte muestra su peor cara cada fin de semana, dejando en evidencia que la situación, que siempre estuvo desmadrada, sigue expuesta al antojo de quienes quieran atentar contra el circunstancial rival de turno, en el lugar que sea y sin medir consecuencias. Mientras tanto se siguen dando manotazos de ahogado sin severidad ni rigurosidad.
La pregunta que ya lleva décadas y no encuentra respuestas efectivas en las prácticas es, cómo se detiene esta esquizofrenia de la que todos formamos parte. Pareciera que nadie quiere saberlo ni mucho menos terminar con todo esto. Siento una profunda pena, porque hemos convertido al fútbol en un espacio de situaciones extremas, sin términos medios y obligado al desgarro permanente.
La utilización del fútbol como herramienta política y de propaganda, también debe mostrar esta imagen que nos pertenece. Deben hacerse cargo los gobernantes, porque también esto forma parte del patrimonio de la pasión más popular del país. Y mientras lloramos otros muertos, pateamos la pelota para adelante, con los clubes fundidos, con una estructura que no soporta más fracasos, con masivas convocatorias de acreedores y con cada vez más denuncias de administraciones fraudulentas. Todo esto es el combustible para un incendio que obviamente no se televisa y que solo deja ver “el humo”, que por tan repetido, intoxica las previas y los entretiempos de cada cotejo.
Reitero que no deseo los goles de rehén, ni los partidos con audio radial y sin imagen de pelota en la tele, pero de la misma manera quiero como prioridad, ver la fiesta sin sangre, los clubes ordenados, los impúdicos dirigentes juzgados y la TV sin “cuidados” por lo que muestra o deja de mostrar.
El fútbol y sus aliados siguen exhibiendo su incapacidad, negligencia, complicidad, falta de autoridad y pasividad para aplicar los controles unánimemente declamados e irresponsablemente omitidos, por todos y todas. Llegará el momento en que patearemos las cenizas, mientras algunos seguirán planteando reuniones y armando secretarías para buscar las siempre postergadas soluciones de fondo. Desde estas líneas seguiremos lamentando la ferocidad, la brutalidad y el salvajismo con la que ahora se dirimen las diferencias por los colores o por un resultado deportivo. Y continuaremos escribiendo artículos que al menos contemplen la vergüenza y muestren la dignidad del escritor, a salvo de tanta complicidad, pero muy poca cosa para tanto daño, para tamaña avería... Y será desgraciadamente, hasta la próxima muerte.
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