Belgrano sigue negociando para quedarse con el arquero uruguayo, pero todavía está lejos de la opción de compra. Mientras tanto, comenzaron a surgir sondeos de otros clubes
LT10 - Argentina ganó en el debut mundialista
Lunes 16 de Junio de 2014 - 05:49 hs
"Primero hay que saber sufrir", por Gustavo Mazzi
Actualizado: Viernes 11 de Marzo de 2016 - 14:42 hs
Se sufrió, pero se ganó. Es muy posible que a esta Selección sea más sencilla explicarla y entenderla desde lo estadístico, que desde un abordaje más conceptual. Algunos números y datos del equipo de Sabella muestran mayor contundencia que las conclusiones que podrían surgir del análisis futbolístico, que sin dudas divide las opiniones y no tiene a nadie conforme. La falta de solidez defensiva será tema de debate nacional permanente. Si no asumimos que al igual que el país, el fútbol tiene un desigual reparto de las riquezas, con evidente asimetría entre los recursos con los que se cuentan para ocupar los distintos sitios del campo, entonces seguiremos sin llegar a lo profundo del tema. No abundan los buenos defensores y se nota una gran diferencia con el exuberante ataque.
En este debut mundialista ante Bosnia, y fundamentalmente en el primer tiempo, se vio un equipo estremadamente cauteloso, con muchas fisuras en todas sus líneas, aislados unos de otros. Lejos de la estética y muy cerca de sus limitaciones. Enredados en la confusión, los roces y el nerviosismo del debut. Hubo responsabilidad de un técnico con tendencia exagerada a defender, ante un rival que estaba más dispuesto a esperar que a atacar, aun cuando desde los 3 minutos ya Argentina estaba en ventaja. El cotejo invita a la revisión y al cambio, desde la estrategia del conductor, hasta la actitud y performance de los futbolistas elegidos. Quedó claro en el segundo tiempo, como pocas veces ha de apreciarse, que se pueden ocupar los mismos espacios del campo, pero con jugadores de diferentes características y eso define el estilo del equipo. Sobre eso hay que insistir y buscar la tan mentada solidez.
Es probable que la Argentina tenga más gol que juego, más efectividad que control de los partidos. Se ilumina en el área contraria y a veces se oscurece en la propia. En el medio, esa zona del campo donde se cocinan los encuentros, el seleccionado lo transita con más apuro e imprecisión que elaboración. No faltan quienes señalan que un panorama similar se vio durante las gestiones de Maradona y Batista, quienes nunca dieron el salto para cubrir la distancia que hay entre una serie de resultados prometedores y la consolidación de una estructura de juego. Pero como esto recién comienza, el crédito está abierto, avalado por el 2 a 1, que deja conformes a los atolondrados resultadistas que entienden que siempre “lo importante es ganar, no importa cómo”.
Igual que en procesos anteriores, en este ciclo también advertimos como habitan dos equipos en uno. El poder de gol nos motiva, ilusiona y hasta tranquiliza. Pero cuando perdemos la pelota, hay desorientación, angustia, nerviosismo y hasta pánico, dentro y fuera de la cancha. Seguimos dudando y sospechando. Inseguros. Eso, inseguros. Aún con Messi, Higuaín, Agüero y Di María jugando para nosotros. Que haya cuatro exponentes al servicio continuo del gol y de la construcción del juego en los últimos 30 metros permite hablar más de una diversidad que de una dependencia. No es lo mismo estar atado a la puntería de un centrodelantero que disponer de un abanico de variantes. El líder futbolístico no está solo ni le faltan compañeros para entenderse, pero debemos estar mejor balanceados. Messi siempre es capaz de responder a las grandes expectativas que genera con algún destello, aunque aporte poco. Su influencia es tan grande e inevitable como necesaria para este equipo.
Argentina terminó celebrando una victoria tan legítima y fundamental como sufrida. Similar a cuando recibíamos la prueba en el colegio, hoy la calificación apenas alcanzó el "aprobado", palabra que ofrece múltiples lecturas. Es mucho menos que el "excelente" de Holanda y ni siquiera alcanza la categoría del "muy bueno" de Italia. Pero supera al "insuficiente" de Brasil, o el “reprobado” de España. Si podemos mirar un poco más allá, tal vez entendamos que en algunos casos, esa crítica que a todos nos duele por las fallas evidentes, puede ayudarnos a pensar y sobre todo a revisar viejos errores. Estamos a tiempo de cambiar y con chances de triunfar, aunque "primero hay que saber sufrir".
En este debut mundialista ante Bosnia, y fundamentalmente en el primer tiempo, se vio un equipo estremadamente cauteloso, con muchas fisuras en todas sus líneas, aislados unos de otros. Lejos de la estética y muy cerca de sus limitaciones. Enredados en la confusión, los roces y el nerviosismo del debut. Hubo responsabilidad de un técnico con tendencia exagerada a defender, ante un rival que estaba más dispuesto a esperar que a atacar, aun cuando desde los 3 minutos ya Argentina estaba en ventaja. El cotejo invita a la revisión y al cambio, desde la estrategia del conductor, hasta la actitud y performance de los futbolistas elegidos. Quedó claro en el segundo tiempo, como pocas veces ha de apreciarse, que se pueden ocupar los mismos espacios del campo, pero con jugadores de diferentes características y eso define el estilo del equipo. Sobre eso hay que insistir y buscar la tan mentada solidez.
Es probable que la Argentina tenga más gol que juego, más efectividad que control de los partidos. Se ilumina en el área contraria y a veces se oscurece en la propia. En el medio, esa zona del campo donde se cocinan los encuentros, el seleccionado lo transita con más apuro e imprecisión que elaboración. No faltan quienes señalan que un panorama similar se vio durante las gestiones de Maradona y Batista, quienes nunca dieron el salto para cubrir la distancia que hay entre una serie de resultados prometedores y la consolidación de una estructura de juego. Pero como esto recién comienza, el crédito está abierto, avalado por el 2 a 1, que deja conformes a los atolondrados resultadistas que entienden que siempre “lo importante es ganar, no importa cómo”.
Igual que en procesos anteriores, en este ciclo también advertimos como habitan dos equipos en uno. El poder de gol nos motiva, ilusiona y hasta tranquiliza. Pero cuando perdemos la pelota, hay desorientación, angustia, nerviosismo y hasta pánico, dentro y fuera de la cancha. Seguimos dudando y sospechando. Inseguros. Eso, inseguros. Aún con Messi, Higuaín, Agüero y Di María jugando para nosotros. Que haya cuatro exponentes al servicio continuo del gol y de la construcción del juego en los últimos 30 metros permite hablar más de una diversidad que de una dependencia. No es lo mismo estar atado a la puntería de un centrodelantero que disponer de un abanico de variantes. El líder futbolístico no está solo ni le faltan compañeros para entenderse, pero debemos estar mejor balanceados. Messi siempre es capaz de responder a las grandes expectativas que genera con algún destello, aunque aporte poco. Su influencia es tan grande e inevitable como necesaria para este equipo.
Argentina terminó celebrando una victoria tan legítima y fundamental como sufrida. Similar a cuando recibíamos la prueba en el colegio, hoy la calificación apenas alcanzó el "aprobado", palabra que ofrece múltiples lecturas. Es mucho menos que el "excelente" de Holanda y ni siquiera alcanza la categoría del "muy bueno" de Italia. Pero supera al "insuficiente" de Brasil, o el “reprobado” de España. Si podemos mirar un poco más allá, tal vez entendamos que en algunos casos, esa crítica que a todos nos duele por las fallas evidentes, puede ayudarnos a pensar y sobre todo a revisar viejos errores. Estamos a tiempo de cambiar y con chances de triunfar, aunque "primero hay que saber sufrir".
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