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Domingo 09 de Diciembre de 2012 - 23:30 hs
Arancedo destacó la figura de María como peregrina de la fe
El mensaje semanal de monseñor José María Arancedo estuvo dedicado a María y fue dicho en éstos términos:
La figura del la Virgen María se nos presenta, en el marco del Año de la Fe, como una imagen cercana a nuestra condición de peregrinos. Ella participa de nuestra misma condición humana, aunque reconozcamos en ella una intervención única de Dios. Esto lo vemos desde su Inmaculada Concepción, que hoy celebramos; en la Anunciación del Señor y el Nacimiento de su Hijo, como en su Tránsito o Asunción a los cielos. Esto no la aleja de nosotros, sino que vemos en ella una acción especial de Dios hacia quién iba a ser la madre de su Hijo.
Siempre que hablamos de María nos movemos en el ámbito del misterio y del obrar de Dios. Esta convicción mantuvo la fe de los primeros cristianos. María no engendró a un hombre decían, sino al Hijo de Dios. Podemos decir que es la mujer elegida por Dios para que se cumpla la etapa última de la historia de la salvación de Dios, es decir, el nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo. Ella es reconocida, nos dice el Concilio Vaticano II: “como miembro sobreeminente y del todo singular en la Iglesia”, para concluir que en la santa Iglesia: “ocupa, después de Cristo, el lugar más alto y el más cercano a nosotros” (L.G. 53-54).
Si bien este camino de Dios hace de ella una mujer única en nuestra historia, existe también otro camino que la hace muy cercana a nosotros, a nuestro propio caminar, me refiero al camino de su fe, que lo llamaría su camino evangélico. El Concilio Vaticano nos la presenta en el marco del Misterio de Cristo y de la Iglesia, como modelo y anticipo de nuestra vida y destino trascendente: “Así también, nos dice, la Bienaventurada Virgen María avanzó en la peregrinación de la fe” (L.G. 58). Si la fe es para nosotros: “la garantía de los bienes que se esperan y la plena certeza de las realidades que no se ven” (Heb. 11, 1), también lo fue para María.
Ella, como nosotros, caminó en la fe. Esto no significa ver claramente y excluir toda duda, sino apoyarse en la Palabra de Dios que es la fuente de nuestra confianza y fuerza en nuestro caminar. Como Pablo, ella diría: “sé en quién he puesto mi confianza” (2 Tim. 1, 12). Este peregrinar en la fe la acompañó toda su vida hasta llegar al pie de la cruz. La fe es el don que nos ayuda a no caer en la tentación de lo mágico y en la solución inmediata, y a vivir con la esperanza del que está en camino en este mundo. La fe, que nace del encuentro con Jesucristo, nos introduce en la verdad plena de lo que somos como hijos de Dios, y nos abre el horizonte de la vida eterna como vocación ú ltima del hombre.
Desde esta dimensión podemos leer y comprender el camino evangélico de la Virgen que peregrinaba en el silencio y riqueza de su fe. Para ella, también, el don de la fe no le daba respuestas mágicas a sus preguntas e incertidumbres, sino razones que sostenían su camino y la alegría de su esperanza. Para venerar a la Santísima Virgen María no tenemos que hacerla Dios, sino reconocer en ella la obra de Dios y su peregrinar en la fe. Ella ocupa, por ello: “el lugar más alto y el más cercano a nosotros”.
Acerquémonos a saludarla en su día con las palabras de su prima santa Isabel: “Feliz de ti por haber creído” (Lc. 1, 45). Reciban de su obispo junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor Jesús y María Santísima.
La figura del la Virgen María se nos presenta, en el marco del Año de la Fe, como una imagen cercana a nuestra condición de peregrinos. Ella participa de nuestra misma condición humana, aunque reconozcamos en ella una intervención única de Dios. Esto lo vemos desde su Inmaculada Concepción, que hoy celebramos; en la Anunciación del Señor y el Nacimiento de su Hijo, como en su Tránsito o Asunción a los cielos. Esto no la aleja de nosotros, sino que vemos en ella una acción especial de Dios hacia quién iba a ser la madre de su Hijo.
Siempre que hablamos de María nos movemos en el ámbito del misterio y del obrar de Dios. Esta convicción mantuvo la fe de los primeros cristianos. María no engendró a un hombre decían, sino al Hijo de Dios. Podemos decir que es la mujer elegida por Dios para que se cumpla la etapa última de la historia de la salvación de Dios, es decir, el nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo. Ella es reconocida, nos dice el Concilio Vaticano II: “como miembro sobreeminente y del todo singular en la Iglesia”, para concluir que en la santa Iglesia: “ocupa, después de Cristo, el lugar más alto y el más cercano a nosotros” (L.G. 53-54).
Si bien este camino de Dios hace de ella una mujer única en nuestra historia, existe también otro camino que la hace muy cercana a nosotros, a nuestro propio caminar, me refiero al camino de su fe, que lo llamaría su camino evangélico. El Concilio Vaticano nos la presenta en el marco del Misterio de Cristo y de la Iglesia, como modelo y anticipo de nuestra vida y destino trascendente: “Así también, nos dice, la Bienaventurada Virgen María avanzó en la peregrinación de la fe” (L.G. 58). Si la fe es para nosotros: “la garantía de los bienes que se esperan y la plena certeza de las realidades que no se ven” (Heb. 11, 1), también lo fue para María.
Ella, como nosotros, caminó en la fe. Esto no significa ver claramente y excluir toda duda, sino apoyarse en la Palabra de Dios que es la fuente de nuestra confianza y fuerza en nuestro caminar. Como Pablo, ella diría: “sé en quién he puesto mi confianza” (2 Tim. 1, 12). Este peregrinar en la fe la acompañó toda su vida hasta llegar al pie de la cruz. La fe es el don que nos ayuda a no caer en la tentación de lo mágico y en la solución inmediata, y a vivir con la esperanza del que está en camino en este mundo. La fe, que nace del encuentro con Jesucristo, nos introduce en la verdad plena de lo que somos como hijos de Dios, y nos abre el horizonte de la vida eterna como vocación ú ltima del hombre.
Desde esta dimensión podemos leer y comprender el camino evangélico de la Virgen que peregrinaba en el silencio y riqueza de su fe. Para ella, también, el don de la fe no le daba respuestas mágicas a sus preguntas e incertidumbres, sino razones que sostenían su camino y la alegría de su esperanza. Para venerar a la Santísima Virgen María no tenemos que hacerla Dios, sino reconocer en ella la obra de Dios y su peregrinar en la fe. Ella ocupa, por ello: “el lugar más alto y el más cercano a nosotros”.
Acerquémonos a saludarla en su día con las palabras de su prima santa Isabel: “Feliz de ti por haber creído” (Lc. 1, 45). Reciban de su obispo junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor Jesús y María Santísima.
Fuente: arzobispado de santa fe
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