Colón apretó el acelerador y entró en un territorio límite. La pretemporada dejó de ser progresiva para convertirse en una prueba de resistencia. Esa instancia donde el cuerpo protesta y la cabeza empieza a definir quién está listo para competir. Desde este lunes, el plantel vive la fase más extrema del trabajo físico, con jornadas de alta intensidad, concentración y un horizonte cercano que ya asoma en Uruguay
El escenario es el predio 4 de Junio, convertido por estos días en un laboratorio de exigencia. Dobles turnos, cargas controladas pero máximas y descansos en el Hotel de Campo componen una rutina pensada para llevar al futbolista al borde, pero sin cruzarlo. No es casualidad: Colón necesita reconstruirse desde la base tras una temporada 2025 donde el desgaste físico fue una deuda demasiado visible.
El mensaje de Ezequiel Medrán es tan claro como directo: sin sustento físico no hay proyecto posible en una Primera Nacional larga, áspera y sin margen para la improvisación. Pero el DT va más allá del cronómetro y los GPS. Sabe que este momento también define la química del grupo, sobre todo en un plantel que sufrió un recambio profundo y que todavía está en proceso de reconocerse.
Por eso, la convivencia, el cansancio compartido y la exigencia cotidiana no son daños colaterales: son parte del plan. Históricamente, los equipos que compiten en serio se construyen en estas semanas incómodas, cuando el esfuerzo es colectivo y el margen de confort desaparece.
La rutina se extenderá hasta el sábado, y el domingo marcará un nuevo capítulo. Colón cruzará el río rumbo a Paysandú, donde disputará dos amistosos en el marco de la Serie Río de La Plata. Allí, con piernas cargadas y músculos al límite, empezará a verse si este sacrificio inicial se transforma en carácter, identidad y competitividad. Porque en esta etapa, Colón no solo entrena: se está forjando.