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Sábado 03 de Septiembre de 2011 - 21:05 hs
Advierten que la autoexigencia puede convertirse en un síntoma que arruina la salud
Quienes lo sufren como síntoma poseen un nivel de aspiración tan alto “que los mantiene en estado de constante ansiedad, tensión, y posterior angustia y frustración, que puede provocar un malestar significativo y condicionar su vida familiar, afectiva y laboral”, explicó la licenciada Silvana María Kovacic.
Otra característica de los autoexigentes es la imposibilidad de delegar funciones y la previsión permanente, ya que necesitan planificar situaciones y buscan siempre la excelencia aunque para ello deban cancelar actividades de descanso, ocio y resignar tiempo a las relaciones sociales.
Para Gisela Holc, psicóloga especialista en trastornos de ansiedad, la persona perfeccionista suele fijarse objetivos tan altos que suele dificultar su concreción o, bien, para realizarlos debe dedicarle mucho tiempo y lo hace con un alto grado de tensión.
“Quien lo padece no suele darse cuenta de lo desmesurado de su objetivo, pero sus familiares y amigos íntimos sí lo notan”, explicó.
La autocrítica también es una constante. “Es como si siempre faltara algo, nada es suficiente. En estos casos el modo de percibir la realidad se ve afectada por un mecanismo selectivo a través del cual los logros y aciertos se minimizan. Esto ocurre en personas de diferente sexo y edades que ven disminuida su autoestima”, indicó Kovacic.
Las especialistas aconsejan aprender a evitar la frustración, ya que al no alcanzar las metas fijadas se generan emociones vinculadas a la rabia, agresividad e irritabilidad. Cuando esas emociones se interiorizan, se pueden generar patologías como el síndrome de colon irritable, migrañas, hipertensión, o fatiga crónica.
Entre las causas que despiertan esta conducta, aparecen los mandatos relacionados al “deber ser” que son “los debería. Debería haber estudiado más, debería haberme dedicado más, debería haberme concentrado más. La persona trata de satisfacer esos ‘debería’ en todo lo que hace, y tiende a ignorar señales de cansancio y a no reconocer sus propios límites impuestos por la realidad”, sostuvo Kovacic.
Influyen, también una serie de factores como el temperamento, la historia del sujeto y el contexto que predisponen a las personas a ser autoexigentes.“Se obligan a actuar cada vez mejor y buscan la aprobación y el reconocimiento de los demás, llevando también el rol de `juez´ de los otros”, subrayó la psicóloga.
Sin embargo, el exceso de exigencia es vista como una virtud o rasgo positivo en las personas. Esta idea aparece asociada a un contexto social que “remarca la eficacia y el progreso relacionados con el crecimiento personal y la voluntad por superarse”.
En ese marco, “la persona ingresa a un terreno en el que la exigencia se hace cada vez mayor, dado que su rendimiento debe ser perfecto. Es ahí donde podríamos decir, que algo sano y virtuoso se constituye en patológico”, advirtió.
La licenciada explicó que en el tratamiento clínico es importante evaluar los objetivos que se plantean haciendo hincapié en el reconocimiento de los pensamientos inflexibles y acciones “posibles”.
Sobre este mismo punto, Holc sostuvo que “no está mal desear la excelencia, siempre y cuando uno no pierda de vista el sentido de lo que hace y adecuándolo a las posibilidades, recursos y límites de quien lo llevará a cabo”.
La idea, entonces, es proponer al exigente no preocuparse por los resultados sino estar atento al proceso y “poner el acento en el sentido que tienen las cosas y darles la importancia que verdaderamente tienen”, concluyó.
Otra característica de los autoexigentes es la imposibilidad de delegar funciones y la previsión permanente, ya que necesitan planificar situaciones y buscan siempre la excelencia aunque para ello deban cancelar actividades de descanso, ocio y resignar tiempo a las relaciones sociales.
Para Gisela Holc, psicóloga especialista en trastornos de ansiedad, la persona perfeccionista suele fijarse objetivos tan altos que suele dificultar su concreción o, bien, para realizarlos debe dedicarle mucho tiempo y lo hace con un alto grado de tensión.
“Quien lo padece no suele darse cuenta de lo desmesurado de su objetivo, pero sus familiares y amigos íntimos sí lo notan”, explicó.
La autocrítica también es una constante. “Es como si siempre faltara algo, nada es suficiente. En estos casos el modo de percibir la realidad se ve afectada por un mecanismo selectivo a través del cual los logros y aciertos se minimizan. Esto ocurre en personas de diferente sexo y edades que ven disminuida su autoestima”, indicó Kovacic.
Las especialistas aconsejan aprender a evitar la frustración, ya que al no alcanzar las metas fijadas se generan emociones vinculadas a la rabia, agresividad e irritabilidad. Cuando esas emociones se interiorizan, se pueden generar patologías como el síndrome de colon irritable, migrañas, hipertensión, o fatiga crónica.
Entre las causas que despiertan esta conducta, aparecen los mandatos relacionados al “deber ser” que son “los debería. Debería haber estudiado más, debería haberme dedicado más, debería haberme concentrado más. La persona trata de satisfacer esos ‘debería’ en todo lo que hace, y tiende a ignorar señales de cansancio y a no reconocer sus propios límites impuestos por la realidad”, sostuvo Kovacic.
Influyen, también una serie de factores como el temperamento, la historia del sujeto y el contexto que predisponen a las personas a ser autoexigentes.“Se obligan a actuar cada vez mejor y buscan la aprobación y el reconocimiento de los demás, llevando también el rol de `juez´ de los otros”, subrayó la psicóloga.
Sin embargo, el exceso de exigencia es vista como una virtud o rasgo positivo en las personas. Esta idea aparece asociada a un contexto social que “remarca la eficacia y el progreso relacionados con el crecimiento personal y la voluntad por superarse”.
En ese marco, “la persona ingresa a un terreno en el que la exigencia se hace cada vez mayor, dado que su rendimiento debe ser perfecto. Es ahí donde podríamos decir, que algo sano y virtuoso se constituye en patológico”, advirtió.
La licenciada explicó que en el tratamiento clínico es importante evaluar los objetivos que se plantean haciendo hincapié en el reconocimiento de los pensamientos inflexibles y acciones “posibles”.
Sobre este mismo punto, Holc sostuvo que “no está mal desear la excelencia, siempre y cuando uno no pierda de vista el sentido de lo que hace y adecuándolo a las posibilidades, recursos y límites de quien lo llevará a cabo”.
La idea, entonces, es proponer al exigente no preocuparse por los resultados sino estar atento al proceso y “poner el acento en el sentido que tienen las cosas y darles la importancia que verdaderamente tienen”, concluyó.
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