Una mujer fue atacada durante un asalto en la zona norte y debió ser hospitalizada. El presunto autor, un adolescente, fue identificado mediante cámaras de seguridad y aprehendido horas después.
Miércoles 25 de Septiembre de 2013 - 08:31 hs
Obesidad y sedentarismo entre mujeres en contexto de encierro
Actualizado: Miércoles 09 de Marzo de 2016 - 20:52 hs
Pensar en salud pública dentro de una cárcel suele asociarse a enfermedades infecto-contagiosas, sin embargo desde la Nutrición también es posible ver qué ocurre tras las rejas. Relevamiento de hábitos alimentarios y actividad física, mediciones antropométricas, análisis de laboratorio y entrevistas sirvieron para hacer un estudio integral de la nutrición de mujeres en contexto de encierro para conocer cómo gravitan los factores de riesgo en enfermedades crónicas no transmisibles.
Lo que está pasando afuera, también está pasando adentro, comenzó a explicar Celeste Nessier, quien desarrolló el estudio como docente de la Universidad Nacional del Litoral (UNL).
La prisión no está ajena a la realidad epidemiológica que estamos viviendo a nivel país. Observamos que seis de cada diez mujeres tenían exceso de peso y solamente una persona en todo el penal presentaba desnutrición, asociada a una patología de base, detalló Nessier.
El trabajo se realizó de modo transversal sobre una comunidad de 30 mujeres de entre 20 y 59 años que purgaban penas en la Unidad Penal Nº 4 de la ciudad de Santa Fe, más conocida como cárcel de mujeres. Los resultados fueron recientemente publicado en la Revista Española de Nutrición Comunitaria.
Queríamos tener una doble aproximación, tanto desde la nutrición como desde su propia percepción. Propusimos pensar cómo era su alimentación y su actividad física antes de ingresar y cuáles eran las percepciones de lo que podían comer y hacer allí dentro, destacó la especialista docente de la Facultad de Bioquímica y ciencias Biológicas (FBCB) de la UNL.
La investigación contó con financiamiento a través de una beca de la Comisión Nacional "Salud Investiga", dependiente del Ministerio de Salud de la Nación.
A la hora de evaluar la alimentación de las mujeres, el trabajo puso en evidencia que al momento del trabajo de campo (finalizado en 2009) la ingesta de calorías diarias era insuficiente para un 70% de las internas, sin embargo el 23,3% presentaba sobrepeso y el 40% obesidad.
Según explicó Nessier, para entender estos valores aparentemente contradictorios es necesario analizar la calidad de la alimentación. En todas las mujeres se observó un consumo de grasas saturadas y de hidratos de carbono simples por encima de las recomendaciones. Registramos una ingesta muy baja de fibras que es uno de los factores dietarios más protectores contra las enfermedades crónicas, resaltó.
En cuanto a la actividad física, el 40% de las internas fueron clasificadas como sedentarias. Esto contrasta con las propuestas de actividades físicas y recreativas que tiene el penal y que están disponibles para las internas. Había una baja adherencia a estas alternativas. Antes de ingresar, la actividad física estaba instalada en la cotidianeidad de las mujeres movilizadas por sus estilos de vida. No era en términos de recreación pero si en torno a sus actividades y eso se pierde al ingresar al penal, contó.
El enfoque de integralidad propuesto en este trabajo no sólo permitió observar la nutrición de las mujeres en el penal sino también el rol que juegan los alimentos en ese entorno particular, donde prácticamente estructura la rutina diaria.
La alimentación es una estrategia más de homogeneización: no hay posibilidades de elección. En la vida diaria uno elige mientras que en el penal entre todas las privaciones está la de decidir qué comer, no porque no haya acceso al alimento sino porque está estandarizado y no hay posibilidad de elegir, argumentó Nessier.
Es por esto que las entrevistadas recalcaron el valor positivo de participar en la elaboración de los alimentos dentro de la cocina del penal. Como esa tarea estaba a cargo de las propias internas, quienes participaban tenían la capacidad de definir qué comer, detalló.
En sus conclusiones, el artículo plantea la necesidad de implementar programas de detección, control y seguimiento de las patologías crónicas no transmisibles desde el ingreso al Sistema Penitenciario junto a la promoción de estilos de vida saludables que puedan ser instituidos en los dispositivos carcelarios.
Lo que está pasando afuera, también está pasando adentro, comenzó a explicar Celeste Nessier, quien desarrolló el estudio como docente de la Universidad Nacional del Litoral (UNL).
La prisión no está ajena a la realidad epidemiológica que estamos viviendo a nivel país. Observamos que seis de cada diez mujeres tenían exceso de peso y solamente una persona en todo el penal presentaba desnutrición, asociada a una patología de base, detalló Nessier.
El trabajo se realizó de modo transversal sobre una comunidad de 30 mujeres de entre 20 y 59 años que purgaban penas en la Unidad Penal Nº 4 de la ciudad de Santa Fe, más conocida como cárcel de mujeres. Los resultados fueron recientemente publicado en la Revista Española de Nutrición Comunitaria.
Queríamos tener una doble aproximación, tanto desde la nutrición como desde su propia percepción. Propusimos pensar cómo era su alimentación y su actividad física antes de ingresar y cuáles eran las percepciones de lo que podían comer y hacer allí dentro, destacó la especialista docente de la Facultad de Bioquímica y ciencias Biológicas (FBCB) de la UNL.
La investigación contó con financiamiento a través de una beca de la Comisión Nacional "Salud Investiga", dependiente del Ministerio de Salud de la Nación.
A la hora de evaluar la alimentación de las mujeres, el trabajo puso en evidencia que al momento del trabajo de campo (finalizado en 2009) la ingesta de calorías diarias era insuficiente para un 70% de las internas, sin embargo el 23,3% presentaba sobrepeso y el 40% obesidad.
Según explicó Nessier, para entender estos valores aparentemente contradictorios es necesario analizar la calidad de la alimentación. En todas las mujeres se observó un consumo de grasas saturadas y de hidratos de carbono simples por encima de las recomendaciones. Registramos una ingesta muy baja de fibras que es uno de los factores dietarios más protectores contra las enfermedades crónicas, resaltó.
En cuanto a la actividad física, el 40% de las internas fueron clasificadas como sedentarias. Esto contrasta con las propuestas de actividades físicas y recreativas que tiene el penal y que están disponibles para las internas. Había una baja adherencia a estas alternativas. Antes de ingresar, la actividad física estaba instalada en la cotidianeidad de las mujeres movilizadas por sus estilos de vida. No era en términos de recreación pero si en torno a sus actividades y eso se pierde al ingresar al penal, contó.
El enfoque de integralidad propuesto en este trabajo no sólo permitió observar la nutrición de las mujeres en el penal sino también el rol que juegan los alimentos en ese entorno particular, donde prácticamente estructura la rutina diaria.
La alimentación es una estrategia más de homogeneización: no hay posibilidades de elección. En la vida diaria uno elige mientras que en el penal entre todas las privaciones está la de decidir qué comer, no porque no haya acceso al alimento sino porque está estandarizado y no hay posibilidad de elegir, argumentó Nessier.
Es por esto que las entrevistadas recalcaron el valor positivo de participar en la elaboración de los alimentos dentro de la cocina del penal. Como esa tarea estaba a cargo de las propias internas, quienes participaban tenían la capacidad de definir qué comer, detalló.
En sus conclusiones, el artículo plantea la necesidad de implementar programas de detección, control y seguimiento de las patologías crónicas no transmisibles desde el ingreso al Sistema Penitenciario junto a la promoción de estilos de vida saludables que puedan ser instituidos en los dispositivos carcelarios.
Fuente: unl
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