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Viernes 07 de Diciembre de 2012 - 00:36 hs
El presidente egipcio sacó los tanques a la calle
Mursi enfrenta protestas porque se adjudicó superpoderes. Pide “superar las diferencias”, pero crece la tensión.
El gobierno de Mohamed Mursi decidió endurecer su posición frente a las protestas y ordenó a la Guardia Republicana, un cuerpo de elite del Ejército, impedir el desarrollo de nuevas manifestaciones frente al Palacio presidencial. Los militares evacuaron los alrededores del complejo, desplegaron sus tanques en las calles cercanas e instalaron retenes con alambres de púa, en una clara advertencia de que se aplicará mano dura.
En medio de la tensión que vive el país, y como si sus decisiones no hubiesen sido las que generaron el descontento popular, Mursi dio un discurso por televisión donde l lamó a los egipcios a “superar sus diferencias” y a que “unan sus manos” por encima de sus discrepancias políticas. Pero en ningún momento se refirió al polémico decreto que le otorga superpoderes, ni a la nueva Constitución, tan cuestionada.
El presidente, después de sostener que respeta la libertad de expresión, advirtió que “no tolerará que haya asesinatos o actos de vandalismo” , y acusó a los opositores de generar violencia y de haber asaltado el edificio gubernamental durante la protesta del miércoles. De esa manera, Mursi se refirió a la sangrienta jornada del día anterior donde hubo siete muertos y más de 700 heridos a raíz de la batalla campal entre opositores y oficialistas islámicos que salieron a defender al mandatario, representante del movimiento de los Hermanos Musulmanes. Tras la intervención de las fuerzas de seguridad, que dispersaron a los manifestantes con gases lacrimógenos y bastonazos, las peleas entre los bandos rivales continuaron esporádicamente durante la noche: para atacarse usaron palos, bombas molotov y piedras.
El alcance y la intensidad de los choques marcaron el punto más alto de la crisis egipcia, enfrentando a la Hermandad Musulmana y los islamistas ultraconservadores, por un lado, contra los liberales, izquierdistas y cristianos por el otro. La violencia se extendió a otras partes del país.
Manifestantes opositores asaltaron e incendiaron las oficinas de la Hermandad en Suez e Ismailia, al este de El Cairo, y hubo fuertes enfrentamientos en la ciudad industrial de Mahalla.
Ayer por la mañana en El Cairo, y después del ultimátum que les dio el ejército, comenzaron a retirarse muchos manifestantes que habían pasado la noche ante el Palacio presidencial. Sólo un reducido grupo se quedó en la zona. Otros decidieron continuar la concentración en una plaza cercana, a unos 300 metros del lugar, gritando “el pueblo quiere la caída del régimen”. La imagen general de los últimos días repetía, casi en forma idéntica, el escenario de la revuelta popular que derrocó el año pasado al dictador Hosni Mubarak.
El general Mohammed Zaki, jefe de la Guardia Republicana, se mostró conciliador y dijo que no usarían la fuerza contra los manifestantes. Sin embargo ubicó cinco tanques en las calles que dan al edificio de gobierno, nueve vehículos blindados y un gran número de soldados bien pertrechados.
La crisis política y la forma de enfrentarla le generó problemas internos a Mursi.
Cuatro de sus consejeros renunciaron el miércoles y ayer se sumó un prominente asesor , Rafik Habib, quien provenía del sector cristiano.
Egipto está inmerso en una grave crisis política desde el pasado 22 de noviembre, cuando Mursi firmó un decreto que amplía sus poderes y los exime de control judicial, una situación que de hecho le otorga potestades autocráticas. La oposición, que lo acusa de autoritario, protesta también contra el proyecto de nueva Constitución que se someterá a referéndum el próximo 15 de diciembre. La nueva Carta Magna, según sus detractores, ofrece pocas garantías a la libertad de expresión y religiosa, y abre la vía a una aplicación más amplia de la ley islámica.
El marco económico en el cual se desarrolla esta situación es también crítico.
El país aún no se pudo recuperar de la debacle que dejó la revolución contra Mubarak y, para colmo, se vio impactada por la crisis mundial. Precios altos y sueldos bajos, más una alta desocupación que afecta particularmente a los jóvenes –ocho de cada diez no encuentran empleo–, incentiva el malestar popular.
En medio de la tensión que vive el país, y como si sus decisiones no hubiesen sido las que generaron el descontento popular, Mursi dio un discurso por televisión donde l lamó a los egipcios a “superar sus diferencias” y a que “unan sus manos” por encima de sus discrepancias políticas. Pero en ningún momento se refirió al polémico decreto que le otorga superpoderes, ni a la nueva Constitución, tan cuestionada.
El presidente, después de sostener que respeta la libertad de expresión, advirtió que “no tolerará que haya asesinatos o actos de vandalismo” , y acusó a los opositores de generar violencia y de haber asaltado el edificio gubernamental durante la protesta del miércoles. De esa manera, Mursi se refirió a la sangrienta jornada del día anterior donde hubo siete muertos y más de 700 heridos a raíz de la batalla campal entre opositores y oficialistas islámicos que salieron a defender al mandatario, representante del movimiento de los Hermanos Musulmanes. Tras la intervención de las fuerzas de seguridad, que dispersaron a los manifestantes con gases lacrimógenos y bastonazos, las peleas entre los bandos rivales continuaron esporádicamente durante la noche: para atacarse usaron palos, bombas molotov y piedras.
El alcance y la intensidad de los choques marcaron el punto más alto de la crisis egipcia, enfrentando a la Hermandad Musulmana y los islamistas ultraconservadores, por un lado, contra los liberales, izquierdistas y cristianos por el otro. La violencia se extendió a otras partes del país.
Manifestantes opositores asaltaron e incendiaron las oficinas de la Hermandad en Suez e Ismailia, al este de El Cairo, y hubo fuertes enfrentamientos en la ciudad industrial de Mahalla.
Ayer por la mañana en El Cairo, y después del ultimátum que les dio el ejército, comenzaron a retirarse muchos manifestantes que habían pasado la noche ante el Palacio presidencial. Sólo un reducido grupo se quedó en la zona. Otros decidieron continuar la concentración en una plaza cercana, a unos 300 metros del lugar, gritando “el pueblo quiere la caída del régimen”. La imagen general de los últimos días repetía, casi en forma idéntica, el escenario de la revuelta popular que derrocó el año pasado al dictador Hosni Mubarak.
El general Mohammed Zaki, jefe de la Guardia Republicana, se mostró conciliador y dijo que no usarían la fuerza contra los manifestantes. Sin embargo ubicó cinco tanques en las calles que dan al edificio de gobierno, nueve vehículos blindados y un gran número de soldados bien pertrechados.
La crisis política y la forma de enfrentarla le generó problemas internos a Mursi.
Cuatro de sus consejeros renunciaron el miércoles y ayer se sumó un prominente asesor , Rafik Habib, quien provenía del sector cristiano.
Egipto está inmerso en una grave crisis política desde el pasado 22 de noviembre, cuando Mursi firmó un decreto que amplía sus poderes y los exime de control judicial, una situación que de hecho le otorga potestades autocráticas. La oposición, que lo acusa de autoritario, protesta también contra el proyecto de nueva Constitución que se someterá a referéndum el próximo 15 de diciembre. La nueva Carta Magna, según sus detractores, ofrece pocas garantías a la libertad de expresión y religiosa, y abre la vía a una aplicación más amplia de la ley islámica.
El marco económico en el cual se desarrolla esta situación es también crítico.
El país aún no se pudo recuperar de la debacle que dejó la revolución contra Mubarak y, para colmo, se vio impactada por la crisis mundial. Precios altos y sueldos bajos, más una alta desocupación que afecta particularmente a los jóvenes –ocho de cada diez no encuentran empleo–, incentiva el malestar popular.
Fuente: Clarín
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