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LT10 - Falleció a los 104 años
Jueves 06 de Diciembre de 2012 - 10:09 hs
Miguel Irigoyen: “Niemeyer fue un poeta de la arquitectura”
Fue uno de los más emblemáticos exponentes de la arquitectura moderna latinoamericana. El brasileño murió en un hospital de Río de Janeiro, donde estaba internado desde hace más de un mes. Niemeyer diseño el Puerto de la Música de Rosario.
Murió ayer el gran creador de Brasilia: Oscar Niemeyer. A los 104 años de edad, y con una fama que trascendió largamente las fronteras brasileñas, el arquitecto dejó en esa capital federal, inaugurada en 1961, las huellas de su fe comunista.
Desde mayo venía con la salud fragilizada. Había tenido una neumonía que lo llevó, entonces, a terapia intensiva. En octubre último, su cuadro volvió a deteriorarse con un proceso de deshidratación aguado. Esta vez no resistió la internación, que se produjo hace unos días.
En diálogo con LT10, Miguel Irigoyen, vicerrector de la UNL y decano de la FADU, expresó que “Niemeyer ya era un mito antes de su muerte. Era conmovedor verlo trabajar con 100 años. Recordemos que a los 103 años hizo el proyecto para el Puerto de la Música de Rosario. Nadie podía creer la vitalidad de este hombre”.
Además, Miguel Irigoyen agregó que “si bien Niemeyer era muy audaz en sus diseños es justo decir que la arquitectura brasileña es muy audaz, sobre todo desde lo estructural. Niemeyer fue un grande de la arquitectura moderna. Es un referente en Latinoamérica pero va más allá de Brasil”.
Consultado sobre lo que significó el traslado de la capital de Brasil y el diseño arquitectónico de Brasilia, el decano de la FADU señaló que “hay que pensar que llevaron al capital al medio de la selva. Y para lograr esta proeza contaron con arquitectos de vanguardia como Lucio Costa en la planificación de la ciudad y Niemeyer a cargo de las obras más emblemáticas”.
Finalmente, Miguel Irigoyen remarcó que “Niemeyer es un poeta de la arquitectura, de una sensibilidad notable y de un gran compromiso político”.
Niemeyer era un carioca puro, nacido en el barrio de Laranjeiras. Graduado de arquitecto en 1934 pasó a trabajar con el urbanista que iba a diseñar la futura capital brasileña Lúcio Costa. En 1966, dos años después del golpe de Estado que habría de derribar a Joao Goulart, y ya como arquitecto laureado, Niemeyer debió exiliarse en París. Desde allí proyectó la sede del Partido Comunista Francés y realizó obras en Argelia. Con la amnistía de 1979, decretada por el propio régimen militar, pudo retornar a Río donde habría de construir el Sambódromo. Poco después habría de recibir el premio Pritzker (el Nobel de arquitectura). Datan de ese mismo año, 1988, la creación del Memorial de América Latina en San Pablo, una de los símbolos de la megalópolis paulista.
En los años 90, realizó el Museo de Arte Contemporáneo de Niteroi, una joya arquitectónica. A él pertenecen todos los grandes edificios de Brasilia, desde el Palacio del Planalto (la casa de gobierno) hasta la Catedral, uno de los grandes símbolos de su maestría.
Niemeyer fue uno de los referentes más emblemáticos de la arquitectura moderna latinoamericana del Siglo XX y un hombre que siempre se dejó llevar por sus ideas y sus convicciones, un creador que hace tiempo ya había asegurado su lugar en el mítico panteón de los más grandes arquitectos de la historia de la humanidad.
A pesar de su éxito y consagración finales, así como de sus más que exitosos comienzos, Niemeyer conoció el ostracismo y la presecución por sus ideas políticas.
Su obra siempre fue una profesión de fe humanista. Durante una conferencia en su honor, André Maalraux, excritor y ex ministro de Cultura de Francia, señaló: El mundo todavía espera muchas formas nuevas de usted”. Eran tiempo del exilio de Niemeyer en París, donde encontró sociego en 1967, impedido de trabajar en su propio país. Perseguido y fustigado por sus vínculos con el gobierno constiucional de presidente Juscelino Kubitschek, Niemeyer nunca repudió sus convicciones. En 1945, ingresó al Partido Cominista y declaró: “La arquitectura no tiene mas importancia que otras cosas de la vida del hombre. Nada se compara a la lucha por un mundo mejor, sin clases”. A los que procamaban a Brasilia como la ciudad del futuro, Niemeyer les decía: “Nuestra sociedad todavía es la del pasado”.
En 1940, el jóven Niemeyer conoció al alcalde de Belo Horizonte, Juscelino Kubitschek, y recibió su primer encargo importante: el proecto de una iglesia y un casino a orillas del Lago de Pampulha. La producción de Niemeyer fue sorprendente. Las líneas de la pequeña iglesia eran sublimes y la relación con el paisaje inmediata.
Su fama creció internacionalmente y en 1952 fue invitado a participar en el proyecto del edificio de las Naciones Unidas en Nueva York con arquitectos famosos como el suizo francés Le Corbusier. Dos años mas tarde, su casa en Río de Janeiro completaría su naciente fama. Al punto que en 1956, el entonces presidente Kubitschek lo combocó para diseñar los principales edificios de una nueva ciudad: Brasilia.
Dicen que también Niemeyer metió su mano prodigiosa en los dibujos que dejó Le Corbusier para el Ministerio de Educación de Río de Janeiro, una de las pocas obras del suizo en Sudamérica (La otra es la casa Curutchet en La Plata, Argentina).
Hace unos años, cuando era un jóven de 93 años, en entrevista exclusiva con Clarín, se le preguntó si pensaba que su arquitectura es un ejemplo que se debía repetir. “No veo a mi arquitectura como un modelo ideal. --contesto-- Es una arquitectura desenvuelta, cubierta de curvas que siento cercana a la arquitectura colonial brasileña. Pero es apenas mi arquitectura. Por eso es que no me interesa la opinón de los demás, no porque los desprecie, sino porque confío en mi intuición”.
Niemeyer fue el último testimonio de un tiempo en el que la arquitectura se proponía como sinónimo de progreso, democracia y justicia social. Eran los tiempos más mesiánicos de lo que se llamó el Movimiento Moderno. Sus grandes mesías eran los Le Corbusier, los Mies Van der Rohe y los Walter Gropius, entre otros.
En los últimos 10 años, su vida profesional volvió a cobrar fama y diseminó proyectos por todo el mundo. Hasta en nuestro Rosario está pendiente un proyecto suyo: el Puerto de la Música, un complejo cultural con sala de conciertos, centro de exposiciones y escuela de música a la vera del río Paraná.
Para Oscar Riberio de Almeida Niemeyer Soares, antes de ser Niemeyer a secas (o como prefieren en el Brasil: Oscar) el compromiso ideológico era fundamental. Pero en sus comienzos, él era apenas un candidato a aprendiz de brujo. Un joven entusiasta oriundo de un país exótico y postergado que tenía ideas novedosas. Así y todo, con su dinámica impredecible, la historia le dio la oportunidad de convertirse en un creador absoluto. Lo puso en el podio de los realizadores modernos, le dio tiempo y talento. Y, además, quiso que sobreviviera a todos sus maestros con suficiente humor como para sonreirles con benevolencia. A pesar de su éxito en la profesión que abrazó como única, Niemeyer siempre afirmó que la arquitectura no era lo más importante del mundo, ni siquiera lo era la política, por la que sufrió varios años en el exilio. Niemeyer decía que, para él, lo más importante era la vida.
Desde mayo venía con la salud fragilizada. Había tenido una neumonía que lo llevó, entonces, a terapia intensiva. En octubre último, su cuadro volvió a deteriorarse con un proceso de deshidratación aguado. Esta vez no resistió la internación, que se produjo hace unos días.
En diálogo con LT10, Miguel Irigoyen, vicerrector de la UNL y decano de la FADU, expresó que “Niemeyer ya era un mito antes de su muerte. Era conmovedor verlo trabajar con 100 años. Recordemos que a los 103 años hizo el proyecto para el Puerto de la Música de Rosario. Nadie podía creer la vitalidad de este hombre”.
Además, Miguel Irigoyen agregó que “si bien Niemeyer era muy audaz en sus diseños es justo decir que la arquitectura brasileña es muy audaz, sobre todo desde lo estructural. Niemeyer fue un grande de la arquitectura moderna. Es un referente en Latinoamérica pero va más allá de Brasil”.
Consultado sobre lo que significó el traslado de la capital de Brasil y el diseño arquitectónico de Brasilia, el decano de la FADU señaló que “hay que pensar que llevaron al capital al medio de la selva. Y para lograr esta proeza contaron con arquitectos de vanguardia como Lucio Costa en la planificación de la ciudad y Niemeyer a cargo de las obras más emblemáticas”.
Finalmente, Miguel Irigoyen remarcó que “Niemeyer es un poeta de la arquitectura, de una sensibilidad notable y de un gran compromiso político”.
Niemeyer era un carioca puro, nacido en el barrio de Laranjeiras. Graduado de arquitecto en 1934 pasó a trabajar con el urbanista que iba a diseñar la futura capital brasileña Lúcio Costa. En 1966, dos años después del golpe de Estado que habría de derribar a Joao Goulart, y ya como arquitecto laureado, Niemeyer debió exiliarse en París. Desde allí proyectó la sede del Partido Comunista Francés y realizó obras en Argelia. Con la amnistía de 1979, decretada por el propio régimen militar, pudo retornar a Río donde habría de construir el Sambódromo. Poco después habría de recibir el premio Pritzker (el Nobel de arquitectura). Datan de ese mismo año, 1988, la creación del Memorial de América Latina en San Pablo, una de los símbolos de la megalópolis paulista.
En los años 90, realizó el Museo de Arte Contemporáneo de Niteroi, una joya arquitectónica. A él pertenecen todos los grandes edificios de Brasilia, desde el Palacio del Planalto (la casa de gobierno) hasta la Catedral, uno de los grandes símbolos de su maestría.
Niemeyer fue uno de los referentes más emblemáticos de la arquitectura moderna latinoamericana del Siglo XX y un hombre que siempre se dejó llevar por sus ideas y sus convicciones, un creador que hace tiempo ya había asegurado su lugar en el mítico panteón de los más grandes arquitectos de la historia de la humanidad.
A pesar de su éxito y consagración finales, así como de sus más que exitosos comienzos, Niemeyer conoció el ostracismo y la presecución por sus ideas políticas.
Su obra siempre fue una profesión de fe humanista. Durante una conferencia en su honor, André Maalraux, excritor y ex ministro de Cultura de Francia, señaló: El mundo todavía espera muchas formas nuevas de usted”. Eran tiempo del exilio de Niemeyer en París, donde encontró sociego en 1967, impedido de trabajar en su propio país. Perseguido y fustigado por sus vínculos con el gobierno constiucional de presidente Juscelino Kubitschek, Niemeyer nunca repudió sus convicciones. En 1945, ingresó al Partido Cominista y declaró: “La arquitectura no tiene mas importancia que otras cosas de la vida del hombre. Nada se compara a la lucha por un mundo mejor, sin clases”. A los que procamaban a Brasilia como la ciudad del futuro, Niemeyer les decía: “Nuestra sociedad todavía es la del pasado”.
En 1940, el jóven Niemeyer conoció al alcalde de Belo Horizonte, Juscelino Kubitschek, y recibió su primer encargo importante: el proecto de una iglesia y un casino a orillas del Lago de Pampulha. La producción de Niemeyer fue sorprendente. Las líneas de la pequeña iglesia eran sublimes y la relación con el paisaje inmediata.
Su fama creció internacionalmente y en 1952 fue invitado a participar en el proyecto del edificio de las Naciones Unidas en Nueva York con arquitectos famosos como el suizo francés Le Corbusier. Dos años mas tarde, su casa en Río de Janeiro completaría su naciente fama. Al punto que en 1956, el entonces presidente Kubitschek lo combocó para diseñar los principales edificios de una nueva ciudad: Brasilia.
Dicen que también Niemeyer metió su mano prodigiosa en los dibujos que dejó Le Corbusier para el Ministerio de Educación de Río de Janeiro, una de las pocas obras del suizo en Sudamérica (La otra es la casa Curutchet en La Plata, Argentina).
Hace unos años, cuando era un jóven de 93 años, en entrevista exclusiva con Clarín, se le preguntó si pensaba que su arquitectura es un ejemplo que se debía repetir. “No veo a mi arquitectura como un modelo ideal. --contesto-- Es una arquitectura desenvuelta, cubierta de curvas que siento cercana a la arquitectura colonial brasileña. Pero es apenas mi arquitectura. Por eso es que no me interesa la opinón de los demás, no porque los desprecie, sino porque confío en mi intuición”.
Niemeyer fue el último testimonio de un tiempo en el que la arquitectura se proponía como sinónimo de progreso, democracia y justicia social. Eran los tiempos más mesiánicos de lo que se llamó el Movimiento Moderno. Sus grandes mesías eran los Le Corbusier, los Mies Van der Rohe y los Walter Gropius, entre otros.
En los últimos 10 años, su vida profesional volvió a cobrar fama y diseminó proyectos por todo el mundo. Hasta en nuestro Rosario está pendiente un proyecto suyo: el Puerto de la Música, un complejo cultural con sala de conciertos, centro de exposiciones y escuela de música a la vera del río Paraná.
Para Oscar Riberio de Almeida Niemeyer Soares, antes de ser Niemeyer a secas (o como prefieren en el Brasil: Oscar) el compromiso ideológico era fundamental. Pero en sus comienzos, él era apenas un candidato a aprendiz de brujo. Un joven entusiasta oriundo de un país exótico y postergado que tenía ideas novedosas. Así y todo, con su dinámica impredecible, la historia le dio la oportunidad de convertirse en un creador absoluto. Lo puso en el podio de los realizadores modernos, le dio tiempo y talento. Y, además, quiso que sobreviviera a todos sus maestros con suficiente humor como para sonreirles con benevolencia. A pesar de su éxito en la profesión que abrazó como única, Niemeyer siempre afirmó que la arquitectura no era lo más importante del mundo, ni siquiera lo era la política, por la que sufrió varios años en el exilio. Niemeyer decía que, para él, lo más importante era la vida.
Fuente: Clarín
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