La obra de 195 metros cuadrados lleva la firma del artista Martín Ron y fue realizada en el marco de su 55º aniversario de Zivals.
Lunes 26 de Noviembre de 2012 - 00:25 hs
Patagonia: el agujero de ozono redujo las lluvias y ya afecta a los bosques
Un grupo de investigadores del Conicet reveló que el agujero en la capa de ozono produjo un desplazamiento de los vientos en el hemisferio sur. Y que esto derivó en una alteración de los patrones de lluvias, que redujeron su duración e intensidad en los bosques patagónicos . Los resultados publicados en la prestigiosa revista Nature Geoscience indican que se alcanzó la tasa de crecimiento más baja de los últimos 600 años .
Para un ciclo normal, los ecosistemas boscosos en la Patagonia, que cobijan especies como el ciprés, la araucaria, el alerce y el coihue, necesitan recibir abundantes precipitaciones . Su disminución complicará la conservación de estas especies a través del aumento en focos de incendios, eventos de mortalidad, falta de regeneración de nuevos brotes y una menor capacidad de recuperación frente a otras presiones ambientales como el pastoreo intensivo.
“Las lluvias abundantes del sector norte de la Patagonia se desplazaron más al sur y por lo tanto llueve menos en el área ”, advierte Ricardo Villalba, investigador principal del Conicet en el Instituto Argentino de Nivología, Glaciología y Ciencias Ambientales (IANIGLA) y autor principal del estudio.
Lo curioso es que los árboles que crecían en las montañas muy húmedas y frías de Nueva Zelanda y Tasmania, al sur de Australia, habían registrado también crecimientos inusuales durante las últimas décadas, pero a diferencia de lo que se registraba en los Andes Patagónicos, estos árboles habían tenido su mayor crecimiento desde el 1700.
“Mientras que en Tasmania y Nueva Zelanda llevó a un aumento en la temperatura y favoreció el crecimiento de las especies, en Chile y Argentina produjo una disminución de las precipitaciones ”, sintetizó Antonio Lara, del Laboratorio de Dendrocronología y Cambio Global de la Universidad Austral de Chile.
Para dar una respuesta a este interrogante, se estudiaron las variaciones de los anillos de más de 3.000 ejemplares de seis especies de Argentina, Chile, Nueva Zelanda y Tasmania. Su análisis mostró que los patrones de crecimiento entre 1950 y 2000 son significativamente diferentes a los registrados en los últimos 250 años, y que en los últimos seis siglos no habían mostrado un crecimiento tan reducido .
El agujero en la capa de ozono, según explica la investigación, tuvo influencia en la Oscilación Antártica del Hemisferio Sur, un fenómeno que controla la variabilidad climática en el hemisferio. Así generó que se desplazaran hacia el sur los vientos del oeste, que son los que traen las precipitaciones.
Las variaciones en los anillos de los árboles que crecen en los Andes Patagónicos brindan la posibilidad de colocar estos cambios climáticos en el contexto de los últimos siglos y por lo tanto dar respuesta a este interrogante, explican los científicos (ver “Un reservorio ...” ).
“El desafío es que los niveles de ozono vuelvan a sus valores normales. Desde la aplicación del protocolo de Montreal se observa una estabilización. Y si bien no crece, tampoco se observa una reducción. Si todo se llegara a normalizar, para volver a los niveles de hace 50 años, cuando no se había iniciado la destrucción, habría que esperar hasta 2050 ”, sostiene Villalba.
Para un ciclo normal, los ecosistemas boscosos en la Patagonia, que cobijan especies como el ciprés, la araucaria, el alerce y el coihue, necesitan recibir abundantes precipitaciones . Su disminución complicará la conservación de estas especies a través del aumento en focos de incendios, eventos de mortalidad, falta de regeneración de nuevos brotes y una menor capacidad de recuperación frente a otras presiones ambientales como el pastoreo intensivo.
“Las lluvias abundantes del sector norte de la Patagonia se desplazaron más al sur y por lo tanto llueve menos en el área ”, advierte Ricardo Villalba, investigador principal del Conicet en el Instituto Argentino de Nivología, Glaciología y Ciencias Ambientales (IANIGLA) y autor principal del estudio.
Lo curioso es que los árboles que crecían en las montañas muy húmedas y frías de Nueva Zelanda y Tasmania, al sur de Australia, habían registrado también crecimientos inusuales durante las últimas décadas, pero a diferencia de lo que se registraba en los Andes Patagónicos, estos árboles habían tenido su mayor crecimiento desde el 1700.
“Mientras que en Tasmania y Nueva Zelanda llevó a un aumento en la temperatura y favoreció el crecimiento de las especies, en Chile y Argentina produjo una disminución de las precipitaciones ”, sintetizó Antonio Lara, del Laboratorio de Dendrocronología y Cambio Global de la Universidad Austral de Chile.
Para dar una respuesta a este interrogante, se estudiaron las variaciones de los anillos de más de 3.000 ejemplares de seis especies de Argentina, Chile, Nueva Zelanda y Tasmania. Su análisis mostró que los patrones de crecimiento entre 1950 y 2000 son significativamente diferentes a los registrados en los últimos 250 años, y que en los últimos seis siglos no habían mostrado un crecimiento tan reducido .
El agujero en la capa de ozono, según explica la investigación, tuvo influencia en la Oscilación Antártica del Hemisferio Sur, un fenómeno que controla la variabilidad climática en el hemisferio. Así generó que se desplazaran hacia el sur los vientos del oeste, que son los que traen las precipitaciones.
Las variaciones en los anillos de los árboles que crecen en los Andes Patagónicos brindan la posibilidad de colocar estos cambios climáticos en el contexto de los últimos siglos y por lo tanto dar respuesta a este interrogante, explican los científicos (ver “Un reservorio ...” ).
“El desafío es que los niveles de ozono vuelvan a sus valores normales. Desde la aplicación del protocolo de Montreal se observa una estabilización. Y si bien no crece, tampoco se observa una reducción. Si todo se llegara a normalizar, para volver a los niveles de hace 50 años, cuando no se había iniciado la destrucción, habría que esperar hasta 2050 ”, sostiene Villalba.
Fuente: Clarín
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