Colón se volvió de Caseros con un empate que dejó sensaciones mezcladas. Porque el 1-1 ante Estudiantes de Buenos Aires mostró otra vez a un equipo competitivo, con personalidad y chances claras para ganar, aunque también expuso una dificultad que se repite demasiado seguido: sostener las ventajas fuera de casa. En medio de ese escenario apareció otra vez Ignacio Lago.
El delantero volvió a ser el jugador más peligroso del equipo de Ezequiel Medrán y fue el encargado de abrir el partido con un gol que encendió la ilusión rojinegra en Buenos Aires. Una definición que también tuvo su explosión del otro lado del micrófono, con el apasionado relato de Tano Piccinino, que acompañó el desahogo sabalero en una cancha compleja.
La jugada llegó en uno de los mejores momentos de Colón dentro del partido. El equipo había conseguido soltarse, empezar a dominar y encontrar espacios ante un rival intenso. Cuando Lago apareció para romper el cero, el grito tuvo ese tono de alivio y esperanza que transmite cada vez que el Sabalero golpea en partidos cerrados. Porque no era un gol más.
Era el tanto que, por algunos minutos, dejaba a Colón encaminado hacia un triunfo valioso fuera de Santa Fe y lo acomodaba todavía mejor en la pelea por la cima de la zona A de la Primera Nacional. Sin embargo, el festejo duró menos de lo esperado. Estudiantes reaccionó antes del descanso y logró encontrar el empate en un tramo donde el equipo rojinegro perdió firmeza defensiva y empezó a sufrir el ritmo físico del encuentro.
Aun así, el equipo de Medrán volvió a competir hasta el final y hasta tuvo situaciones claras para quedarse con algo más, incluyendo remates que terminaron en los palos. Por eso el empate dejó esa sensación extraña: bronca por no haberlo ganado, pero también conformidad por sumar en una cancha difícil y seguir arriba.