En Unión el reloj corre, pero algunas situaciones permanecen congeladas en Unión. Mientras los mercados están prontos bajar sus persianas —el de la Liga Profesional ya cerrado y el de la Primera Nacional va entrando en la recta final—, el futuro de Claudio Corvalán y Enzo Roldán sigue envuelto en un silencio incómodo.
La ecuación es simple y, a la vez, bloquea cualquier avance: no hay ofertas. Sin un destino, el defensor no contempla la rescisión de su contrato, pese a que el diálogo con la dirigencia es fluido y respetuoso. Desde lo profesional nadie suelta una cuerda sin saber dónde caer.
El problema es que el escenario también aprieta al club. Corvalán no entra en la planificación deportiva de Leonardo Madelón y, además, sostiene uno de los contratos más elevados del plantel. A comienzos de 2025 firmó un vínculo por dos temporadas, quizás el acuerdo más fuerte de su carrera, y no está dispuesto a resignarlo sin certezas. Unión, en cambio, necesita oxígeno financiero y liberar una ficha que hoy no utiliza. Dos intereses legítimos, un mismo punto muerto.

En paralelo, Enzo Roldán transita un camino similar. Su contrato vence en diciembre y tampoco asoma un horizonte claro. Entrena en un grupo alterno, lejos del radar del entrenador, y sin señales de que vaya a ser tenido en cuenta. Un activo que se desliza hacia la nada, con el riesgo latente de que el club vuelva a perder patrimonio, tal como pasó con Ezequiel Cañete.

En Unión, las urgencias deportivas conviven con decisiones estructurales que no admiten demasiadas dilaciones y, el tiempo, esta vez, no juega para nadie, sino aparecen clubes interesados, que es lo que más preocupa.