El Tatengue jugará en Córdoba, luego del gran golpe que dio en Mendoza al eliminar a Independiente Rivadavia, el mejor equipo de la fase regular.
Sábado 02 de Julio de 2011 - 23:41 hs
La humildad de Jesucristo, según Arancedo
El arzobispo de Santa Fe, monseñor José María Arancedo dedicó su homilía semanal al tema del Evangelio de este domingo en estos términos:
Este domingo la liturgia nos habla de la humildad y lo hace desde Jesucristo, que se nos presenta como: “paciente y humilde de corazón” (Mt. 11, 29). Jesucristo no consideró su condición divina como algo que debía guardar celosamente, nos decía san Pablo, sino que: “haciéndose semejante a los hombres… se humilló hasta aceptar la muerte” (Flp. 2, 7-8). Esto tiene un significado ejemplar. Podemos decir que la humildad es el supuesto de las demás virtudes, es “mater et caput” (madre y cabeza) de todas las virtudes.
El conocimiento de la verdad, en cuanto valor que eleva y hace libre al hombre, necesita de la humildad. Si la fuente de la libertad está en la verdad: “conocerán la verdad y la verdad los hará libres”, nos dice san Juan (Jn. 8, 32), en este sentido, la verdad, necesita de la humildad como camino para ser alcanzada.
Es significativa la reflexión que presenta Juan Pablo II cuando al hablar del camino hacia la verdad nos propone: “la vida de santidad que resplandece, dice, en tantos miembros del pueblo de Dios frecuentemente humildes y escondidos a los ojos de los hombres, la que constituye el camino más simple y fascinante en el que se nos concede percibir inmediatamente la belleza de la verdad, la fuerza liberadora del amor de Dios…” (V.S. 107). Podríamos decir que el Santo Padre no hace más que aplicar la luminosidad del Evangelio de hoy, cuando leemos: “Te alabo, Padre, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños” (Mt. 11, 25).
Ponderar la virtud de la humildad en un mundo acostumbrado a valorar el éxito inmediato, el tener más en términos materiales, parecería que no es algo aconsejable, sin embargo, ella es la clave que da sentido a su deseo de felicidad y de realización, porque se alimenta, precisamente, de la verdad. ¡Cuántas angustias se sanarían en el corazón del hombre de hoy que vive angustiado, si asumiera con humildad la riqueza de su verdad!
En la aparente debilidad de la humildad está la verdadera sabiduría y fortaleza del hombre, porque ella es el camino que le permite conocerse y valorar las cosas y las personas. El humilde no vive pendiente de los éxitos de los demás, sino que conoce y ama lo que es y lo que tiene. El problema que preocupa al humilde no es dominar, tener más, sino lo que es valioso y la respuesta que ese valor le exige. Su enemigo es el orgullo y la soberbia, más que la impureza, porque nos impiden descubrir lo valioso y convivir con el éxito ajeno.
El humilde todo lo que posee lo vive como un don que engendra gratitud y libertad, como dice san Pablo: “Qué tienes que no hayas recibido. Y si los ha recibido, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido? (1 Cor. 4, 7). La humildad es causa y preserva en nosotros la alegría del don recibido. Por ello, diría que Jesucristo es maestro que salva desde su humildad.
Deseándoles un fin de semana en compañía de sus familias y amigos, reciban de su Obispo junto a mis oraciones, mi bendición en el Señor.
Este domingo la liturgia nos habla de la humildad y lo hace desde Jesucristo, que se nos presenta como: “paciente y humilde de corazón” (Mt. 11, 29). Jesucristo no consideró su condición divina como algo que debía guardar celosamente, nos decía san Pablo, sino que: “haciéndose semejante a los hombres… se humilló hasta aceptar la muerte” (Flp. 2, 7-8). Esto tiene un significado ejemplar. Podemos decir que la humildad es el supuesto de las demás virtudes, es “mater et caput” (madre y cabeza) de todas las virtudes.
El conocimiento de la verdad, en cuanto valor que eleva y hace libre al hombre, necesita de la humildad. Si la fuente de la libertad está en la verdad: “conocerán la verdad y la verdad los hará libres”, nos dice san Juan (Jn. 8, 32), en este sentido, la verdad, necesita de la humildad como camino para ser alcanzada.
Es significativa la reflexión que presenta Juan Pablo II cuando al hablar del camino hacia la verdad nos propone: “la vida de santidad que resplandece, dice, en tantos miembros del pueblo de Dios frecuentemente humildes y escondidos a los ojos de los hombres, la que constituye el camino más simple y fascinante en el que se nos concede percibir inmediatamente la belleza de la verdad, la fuerza liberadora del amor de Dios…” (V.S. 107). Podríamos decir que el Santo Padre no hace más que aplicar la luminosidad del Evangelio de hoy, cuando leemos: “Te alabo, Padre, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños” (Mt. 11, 25).
Ponderar la virtud de la humildad en un mundo acostumbrado a valorar el éxito inmediato, el tener más en términos materiales, parecería que no es algo aconsejable, sin embargo, ella es la clave que da sentido a su deseo de felicidad y de realización, porque se alimenta, precisamente, de la verdad. ¡Cuántas angustias se sanarían en el corazón del hombre de hoy que vive angustiado, si asumiera con humildad la riqueza de su verdad!
En la aparente debilidad de la humildad está la verdadera sabiduría y fortaleza del hombre, porque ella es el camino que le permite conocerse y valorar las cosas y las personas. El humilde no vive pendiente de los éxitos de los demás, sino que conoce y ama lo que es y lo que tiene. El problema que preocupa al humilde no es dominar, tener más, sino lo que es valioso y la respuesta que ese valor le exige. Su enemigo es el orgullo y la soberbia, más que la impureza, porque nos impiden descubrir lo valioso y convivir con el éxito ajeno.
El humilde todo lo que posee lo vive como un don que engendra gratitud y libertad, como dice san Pablo: “Qué tienes que no hayas recibido. Y si los ha recibido, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido? (1 Cor. 4, 7). La humildad es causa y preserva en nosotros la alegría del don recibido. Por ello, diría que Jesucristo es maestro que salva desde su humildad.
Deseándoles un fin de semana en compañía de sus familias y amigos, reciban de su Obispo junto a mis oraciones, mi bendición en el Señor.
Fuente: arzobispado de santa fe
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