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Domingo 16 de Agosto de 2015 - 00:40 hs
Yo sí creo en las hadas: el encanto sin fin de los clásicos infantiles
Los chicos del siglo XVIII y los que juegan a la PlayStation tienen algo en común: la fascinación por Caperucita Roja o los cuentos de Grimm; claves de una literatura al margen del tiempo.
Actualizado: Jueves 10 de Marzo de 2016 - 02:17 hs
El cuento de hadas es un clásico. Entra a la vida del lector en los días de la primera infancia. Es la forma de relato que nació entre chamanes, magos, al pie del fogón de los hechiceros de cada pueblo. Fue viajero, en sus comienzos giró de boca en boca. Atravesó el paso del tiempo, las modas. La imprenta fue el primer formato tecnológico que permitió preservarlos en las distintas lenguas. Llegó de pie y bien nutrido hasta estos días de iPods y tablets. Frente a la carrera de conseguirlo todo a sólo un touch de pantalla, el cuento de hadas condensa el misterio narrativo que atrapa como pocos la atención de los chicos. Reúne en una misma narración aspectos tenebrosos, mórbidos. Tan lúdico como sabio, logra que cada generación siga invocándolo, lo pida y lo desee.
¿Qué tiene entonces el cuento de hadas que apenas alguien pronuncia el "Había una vez..." los corazones empiezan a galopar al ritmo de esa historia que se inicia? ¿Qué tan distintos son frente a esos villanos los niños del siglo XVIII de los que meriendan, juegan a la Play Station y ven frente la TV cómo la cámara muestra la superficie de Plutón? ¿Por qué motivos es un relato escuchado, leido y pedido desde siempre?
En tanto producción humana, mantiene vivo el impulso capaz de enfrentarse a los miedos más primitivos. Acaso el cuento conserve en su ADN algo de aquella primera magia fundadora: el encantamiento. El tiempo se detiene y el lector, encantado, no se mueve, se queda ahí, a la espera de que a La Bella Durmiente la despierte el elegido de su corazón, que Caperucita Roja se cruce al lobo, que la chica de Barba Azul se anime a abrir la puerta. En las historias en las que entra a escena lo maravilloso, cualquier cosa puede suceder. Acá no iría eso de que el asesino es el mayordomo, pero se sabe, porque se cumple más de tres veces, que el encantado siempre es el lector.
La Bella Durmiente, Rapunzel, Cenicienta, por nombrar algunos pocos, no tuvieron, en el principio, la estructura con la que hoy los conocemos, como tampoco la manera de ser nombrados. En su libro El irresistible cuento de hadas, Jack Zipes analiza la evolución del cuento maravilloso desde las diferentes culturas. Confirma que D\\'Aulnoy usó el término por primera vez en 1697, en el libro que llamó Les contes de fées, cuentos sobre hadas. Zipes revisa las narraciones de Perrault, de los hermanos Grimm y Hans Christian Andersen. En todos, el cuento de hadas le pide al lector que crea en lo sobrenatural, en la posibilidad de que cualquier cosa pueda ocurrir.
Marcela Carranza es licenciada en Letras y máster en libros y literatura para niños por la Universidad Autónoma de Barcelona, y cocoordina la biblioteca infantil y juvenil Juanito Laguna. Para Carranza, "a los niños aún les está permitido transitar de la fantasía a la realidad sin resquemores. Los niños, a diferencia de la mayoría de los adultos, saben que «todo puede suceder». Lo saben porque los niños juegan, y el juego es el lugar de la libertad, el lugar de la ensoñación sin límites. En el juego, como en los cuentos, caben todas las posibilidades. Por eso sólo los niños pueden viajar con Peter Pan al País del Nunca Jamás, un mundo donde todo es posible, incluso volar".
Esa zona de permiso es el antepasado de lo que después el psicoanálisis retomaría como la importancia del desear. Permitirse ir hasta el sueño más imposible, porque se puede cumplir. Soñar es también con el temor. El escritor Guillermo Saavedra, autor también de varios volúmenes de cuentos para chicos, en el ensayo Grandeza y eficacia en los cuentos clásicos, preparado para el Proyecto de Lectura para Primer Ciclo, elaborado por el área de Literatura Infantil y Juvenil de Editorial Santillana, se detuvo en la importancia del relato sin filtros: "Lejos de ser el motivo de la violencia del mundo, los cuentos tradicionales constituyen una mediación simbólica con esa violencia, permitiendo a los niños asimilarla y digerirla en su imaginación antes que experimentarla en la realidad de sus vidas. Son una vacuna o una dosis homeopática que, inoculada en su dosis adecuada, genera anticuerpos contra esos males".
Lo atroz, lejos de asustar a los niños, los retiene al pie de la historia. Hansel y Gretel están por ser comidos por la bruja del bosque; Barba Azul es un cuento superpoblado de femicidios; Caperucita Roja, una historia de rebeldía que la lleva a la boca del lobo. En esto de dejar que la historia se cuente sin diluirla, el escritor Pablo De Santis, autor de El último espía, El inventor de juegos, entre otros libros de literatura juvenil, considera lo siguiente: "Es bueno enseñarles cosas a los niños, pero creo que para hacerlo hay que dejar de lado la ficción. La ficción es el terreno de la duda, no la hora de la lección. No sé si es bueno o no que los cuentos tengan moraleja, pero lo que seguramente es malo es que la moraleja aparezca antes que el cuento. Porque cuando eso ocurre, la ficción misma aparece simplemente como la débil ilustración de una idea".
Familiaridad litreraria
Aun frente a posibles momentos crudos, el niño pide siempre seguir ahí, quizás intuye que más allá del miedo, el protagonista podrá sortear eso a lo que se enfrenta.
Ana Guillot, autora de Buscando el final feliz, recorre aquello que Vladimir Propp trabajó sobre los cuentos. Propp encontró varios elementos en común. Definió 31 puntos para acercarse al porqué de las estructuras. Guillot cruzó puntos con textos: "Alejamiento [uno de los miembros de la familia se aleja de la casa] (...); información [el agresor recibe información] «Señora Reina, tú eres como una estrella, pero Blancanieves es mil veces más bella» (?); fechoría [el agresor daña a unos de los miembros de la familia o le causa perjuicios]: «Llévate a la niña al bosque; no quiero tenerla más tiempo ante mis ojos. La matarás, y en prueba de haber cumplido mi orden, me traerás sus pulmones y su hígado» (?); boda [el héroe se casa y asciende al trono]". Este análisis revela la vuelta del orillo, de cuánto hay detrás de cada una de las historias que parecieran sonar simples. "En los cuentos populares, como Caperucita Roja o La Cenicienta -destaca De Santis-, los cuentos aparecen pulidos por generaciones, que despojan el texto de lo innecesario y refuerzan aquello que es más vívido. Eso hace que sean cuentos muy fáciles de recordar, porque presentan una sucesión de escenas imborrables: la calabaza convertida en carroza, el reloj que da las doce, el zapatito de cristal."
Si bien en estas historias las heroínas pincelan la silueta de los estereotipos: la sumisa, la hacendosa, y otros personajes parecidos, entregan al cuento pura pulsión de vida a la hora de fortalecerse en el duelar. Cenicienta es huérfana, pierde a la madre, al padre, su casa, su mundo frente al avance ambicioso de la madrastra.
Sí, después la puede un zapato de cristal, pero quién podría decirle algo, si al menos por un segundo no se pusiera en sus zapatos, los de antes, los que usó para atravesar todos los duelos.
En eso, los cuentos de hadas nutren y fortalecen el amor a las historias como fuente de comprensión y placer por la ficción. Y seguirán contándose, porque el deseo humano es misterioso. Antes, ahora, siempre.
Fuente: La Nación
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