Hay entrevistas que funcionan como una conversación y otras que se parecen más a un concierto íntimo. Lo que ocurrió en los estudios de LT10 con Alfonso Bekes tuvo algo de ambas cosas. Apenas sonaron los primeros acordes de la guitarra acústica, el ritmo frenético de la tarde pareció bajar un cambio. La música ocupó el aire y el estudio se transformó en otra cosa: un refugio breve contra la velocidad cotidiana.
Invitado al programa Universos en escena para hablar de su presente artístico y compartir algunas interpretaciones en vivo, el músico y docente del Instituto Superior de Música fue hilando recuerdos, influencias y reflexiones sobre el oficio de tocar. Todo con la misma naturalidad con la que después hizo sonar "Golondrinas" o "La Pomeña".
“Yo empecé a tocar la viola para tocar canciones. Era lo que más me interesaba”, contó Bekes mientras reconstruía un recorrido marcado por el rock progresivo, la guitarra clásica y la música popular argentina.
La historia, explicó, comenzó en una casa atravesada por la literatura y la música. “Mi viejo toca el piano y lee bastante bien a primera vista”, recordó. Y enseguida apareció una imagen que parece salida de una novela generacional: “Mi vieja, cuando estaba embarazada de mí, escuchaba Kamikaze de Spinetta en loop”.
Antes de la guitarra hubo dibujos, discos y reuniones adolescentes donde la música era casi una religión compartida. “Teníamos un grupo de amigos muy particular en Concordia. Nos juntábamos a escuchar música. Básicamente eran fiestas, pero el germen estaba dentro del rock progresivo”, relató entre risas. Led Zeppelin, Yes, King Crimson y Emerson, Lake & Palmer eran parte de ese paisaje. “De ahí nadie puede salir normal”, lanzó.
Bekes recordó especialmente a Carlos Rossi, el primer profesor que lo ayudó a entender que la música no tenía fronteras rígidas. “Me daba improvisación, blues, jazz, rock y también partituras del Renacimiento. Era una apertura total”, explicó.
Pero hubo un momento bisagra. Ocurrió cuando tenía 14 años y vio tocar en Concordia a la guitarrista Silvina López. “La música en vivo va por otro carril”, dijo. “Yo ya escuchaba cosas de guitarra clásica, pero verla tocar a ella me cambió bastante. Ahí dije: ‘Bueno, yo quiero sonar así’”.
Ese descubrimiento terminaría llevándolo años después a Santa Fe para estudiar en el Instituto Superior de Música y, más adelante, a formar parte del grupo de Raúl “Negro” Barboza. “Yo tenía 21 años y el Negro creo que 40. Estaba viviendo el sueño del pibe, literalmente”, recordó.
La charla fue avanzando como avanzan algunas zapadas: sin apuro y dejando que las historias aparezcan solas. Bekes habló de concursos de guitarra clásica en Europa, de grabaciones caseras y del momento exacto en que decidió abandonar la idea de un disco como intérprete para lanzarse a componer su propia música.
“Me cayó la ficha de que yo el disco lo iba a grabar en mi casa”, contó. Y enseguida apareció otra definición que resume buena parte de su búsqueda artística: “Quería que mi primer disco fuera como creador, como compositor”.
En el estudio de LT10 también hubo tiempo para tocar. Primero llegó una delicada versión de “Golondrinas”, incluida en Alma Criolla, su último trabajo discográfico. Después sonó “La Pomeña”, reinterpretada desde una mirada más cercana al jazz y a la exploración tímbrica de la guitarra.
Mientras hablaba sobre el instrumento, Bekes describió la relación física y emocional que mantiene con la guitarra casi como un vínculo inevitable. “La guitarra tiene algo que pocos instrumentos tienen, que es el contacto directo de la yema del dedo en la producción del sonido”, explicó. Y agregó una frase que dejó en silencio por un momento el estudio: “No hay manera de disfrazarse de nada”.
En varios tramos de la entrevista apareció también la dimensión docente de su trabajo. Bekes, que da clases en el Instituto Superior de Música, aseguró que lo más importante no pasa por la técnica, sino por despertar una búsqueda personal en cada alumno.
“Principalmente darles la punta para que vayan a enamorarse de algo”, resumió. “Si no está eso, por más libro de técnica, por más ejercicio o plataforma, estamos en problemas”.
El músico también habló sobre las dificultades actuales para escuchar música con atención en tiempos dominados por la velocidad digital. “Lo difícil hoy es tener las ganas y la voluntad de escuchar música”, reflexionó. Aun así, lejos de cualquier mirada nostálgica, reivindicó la curiosidad y el descubrimiento permanente. “Invito a todos a acercarse a escuchar discos, investigar y encontrar cosas nuevas”, dijo.
Antes de de despedirse, dejó otra idea que terminó funcionando como síntesis de toda la charla: “Como músicos tenemos la responsabilidad de honrar ese contacto con lo divino, con lo que está fuera del ámbito de lo verbal. Si nos olvidamos de eso, estamos en el horno”.