La víctima, identificada como Susana, iba a buscar a su nieta cuando fue alcanzada por una "bala perdida". Ante la demora de la ambulancia, fue trasladada por sus propios vecinos.
Lunes 15 de Julio de 2013 - 00:35 hs
El adiós a Roberto Oswald
Un sorpresivo paro cardíaco terminó en la madrugada de ayer con la vida de Roberto Oswald, sin duda el régisseur más prolífico que tuvo el Teatro Colón, realizador de al menos siete puestas de la Tetralogía wagneriana y catorce puestas del Tristán. En el 2011 había presentado su última versión de Lohengrin.
Ya había cumplido 52 años de actividad y se consideraba un profesional antes que un artista. Había ejercido como director técnico del teatro, productor escenográfico y director de producción visual. Montó 80 óperas en el mundo. Fue premiado por la Asociación Verdiana. Recibió el Calderón de la Barca de la Academia Nacional de Bellas Artes y fue declarado ciudadano Ilustre de Buenos Aires.
Sorprendía su falta de vanidad y su generosa disposición para conversar e informar sobre cualquier asunto que se le consultara. Era tan amable a la hora de responder a los cuestionamientos que surgían de sus puestas como duro en el ejercicio de la autocrítica. “Muchas de las cosas que hice las veo hoy envejecidas”, reconocía en una entrevista que concedió a Clarín. “Pero algunas ideas de mis primeras producciones me parecen buenas y hasta hoy trabajo sobre ellas”.
Había nacido el 21 de marzo de 1933 y antes de convertirse en escenógrafo imaginó que su vida se desarrollaría en el laboratorio de un bioquímico o, tal vez en un estudio de abogacía. Pero ninguna de las dos carreras logró torcer su interés por las artes visuales.
“El dibujo y la pintura me apasionaron desde siempre”, contaba. “Mi madre elogiaba todo lo que yo creaba, pero mi padre quería un universitario. Así es como empecé dos carreras, farmacia y abogacía. Y así también las abandoné. Cuando rompí la libreta universitaria, mi padre dejó de hablarme por nueve meses. Mi madre, en secreto, me pasaba dinero para que estudiara y me comprara discos. Yo ya sentía pasión por la ópera pero nunca había pensado en la escenografía. Veía mucho cine, admiraba a Bergman. Entré a Bellas Artes y una vez allí, una profesora observó que mis trabajos eran escenográficos. Esa fue la llave que me abrió este mundo”.
Su primera producción, en 1962, fue una escenografía para Pélleas y Mélisande, con tules y transparencias, materiales que a lo largo de su carrera se convertirían en su marca estética. Diez años después, se asoció con el vestuarista Aníbal Lápiz y recién en 1979 se atrevió a dirigir la puesta.
Tristán e Isolda y Aida eran algunas de sus producciones que más le gustaban. A la lista habría que agregar también su magistral Turandot, estrenada en el Luna Park, sobre el final de la temporada 2006.
Al verlo desplazarse de un lado al otro del inmenso escenario, resolviendo los imprevistos que aparecían con un ánimo juvenil, uno se olvidaba del potencial peligro de su sobrepeso y de sus problemas respiratorios que ayer lo doblegaron finalmente.
Ya había cumplido 52 años de actividad y se consideraba un profesional antes que un artista. Había ejercido como director técnico del teatro, productor escenográfico y director de producción visual. Montó 80 óperas en el mundo. Fue premiado por la Asociación Verdiana. Recibió el Calderón de la Barca de la Academia Nacional de Bellas Artes y fue declarado ciudadano Ilustre de Buenos Aires.
Sorprendía su falta de vanidad y su generosa disposición para conversar e informar sobre cualquier asunto que se le consultara. Era tan amable a la hora de responder a los cuestionamientos que surgían de sus puestas como duro en el ejercicio de la autocrítica. “Muchas de las cosas que hice las veo hoy envejecidas”, reconocía en una entrevista que concedió a Clarín. “Pero algunas ideas de mis primeras producciones me parecen buenas y hasta hoy trabajo sobre ellas”.
Había nacido el 21 de marzo de 1933 y antes de convertirse en escenógrafo imaginó que su vida se desarrollaría en el laboratorio de un bioquímico o, tal vez en un estudio de abogacía. Pero ninguna de las dos carreras logró torcer su interés por las artes visuales.
“El dibujo y la pintura me apasionaron desde siempre”, contaba. “Mi madre elogiaba todo lo que yo creaba, pero mi padre quería un universitario. Así es como empecé dos carreras, farmacia y abogacía. Y así también las abandoné. Cuando rompí la libreta universitaria, mi padre dejó de hablarme por nueve meses. Mi madre, en secreto, me pasaba dinero para que estudiara y me comprara discos. Yo ya sentía pasión por la ópera pero nunca había pensado en la escenografía. Veía mucho cine, admiraba a Bergman. Entré a Bellas Artes y una vez allí, una profesora observó que mis trabajos eran escenográficos. Esa fue la llave que me abrió este mundo”.
Su primera producción, en 1962, fue una escenografía para Pélleas y Mélisande, con tules y transparencias, materiales que a lo largo de su carrera se convertirían en su marca estética. Diez años después, se asoció con el vestuarista Aníbal Lápiz y recién en 1979 se atrevió a dirigir la puesta.
Tristán e Isolda y Aida eran algunas de sus producciones que más le gustaban. A la lista habría que agregar también su magistral Turandot, estrenada en el Luna Park, sobre el final de la temporada 2006.
Al verlo desplazarse de un lado al otro del inmenso escenario, resolviendo los imprevistos que aparecían con un ánimo juvenil, uno se olvidaba del potencial peligro de su sobrepeso y de sus problemas respiratorios que ayer lo doblegaron finalmente.
Fuente: Clarín
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