El Lobo mendocino, ya eliminado, recibe a un Halcón que está obligado a ganar para seguir soñando con los octavos de final.
Martes 09 de Abril de 2013 - 13:52 hs
Leonardo Boff: “Con el nuevo papa no habrá olor a altares, sino olor a pueblo”
Con el papa Francisco “no habrá nada de olor de altares ni de palacios, sino olor a pueblo”. Así lo afirma el exsacerdote franciscano brasileño Leonardo Boff, un referente mundial de la teología de la liberación, quien no duda en acusar a Benedicto XVI- hoy papa emérito tras renunciar en febrero pasado- de “exterminar” más de 50 años de ecumenismo.
Genésio Darci Boff -Leonardo es su seudónimo-, de 74 años, colgó la sotana en 1992, sofocado por las intensas presiones del Vaticano para silenciarle por su insistencia de difundir la teología de la liberación y su opción preferencial por los pobres, y se retiró de la Orden de los Frailes Menores o franciscanos donde su premisa esencial había sido “hambre de Dios sí, hambre de pan no”.
Desde San José de Costa Rica, a donde ha viajado para una visita académica de una semana, el teólogo asegura a EL PAíS que la elección del cardenal argentino Jorge Mario Bergoglio es un elemento renovador, después de los papados de Juan Pablo II (1978-2005) y Benedicto XVI (2005-2013), a los que califica de “fundamentalistas”.
Pregunta. ¿Por qué es optimista frente al futuro de la Iglesia Católica con el nuevo papa?
Respuesta. Porque venimos de una tradición de dos papas muy conservadores. En cierta manera, el cardenal (Joseph) Ratzinger en la última fase de su papado era fundamentalista y claramente fundamentalista. Un papa que descabezó a más de 100 teólogos, altamente represivo, controlador de las doctrinas y sin ningún sentido de carisma, de pueblo, de pastor. Venimos de una tradición que no producía esperanza, más bien miedo, preocupación. La teología no producía prácticamente nada porque era muy vigilada.
Ahora viene uno que es pastor, que dice que lo importante es la opción por los pobres, la justicia social, disminuir las desigualdades, cuidar de la tierra que está amenazada, se pone en medio del pueblo y viene con un mensaje muy claro a los sacerdotes. Los sacerdotes tienen que ser servidores del pueblo, con olor de ovejas. Nada de olor de altares ni de palacios. Sino olor de pueblo. Ha dado señales de que algo va a ser diferente.
P. En 2006, el sacerdote jesuita español Jon Sobrino fue castigado por Benedicto XVI porque supuestamente en sus libros falseó la figura de Jesús y exaltó su humanidad por encima de su divinidad. Roma le prohibió enseñar en instituciones católicas y publicar libros sin previa autorización eclesiástica. Sobrino fue olor de pueblo y no de palacio, pero le castigaron.
R. La reprimenda a Sobrino (se durante casi un año) fue tan dura que entre los teólogos más serios de Roma y de muchos obispos y cardenales encontró grandes críticas. Ratzinger retiró después gran parte de las penas que se le impusieron: le permitieron seguir trabajando, escribiendo y ahora estuvo en Brasil dando charlas. El profesor más importante de cristología de Roma escribió un análisis de la condena a Sobrino, mostrando que era una injusticia intolerable. Roma tuvo miedo y tuvo que retroceder, pero con otros fue implacable, fue cruel y sin piedad, y especialmente con un español, José María Castillo, de Granada, uno de los más brillantes teólogos españoles. Le han silenciado, le han prohibido hablar, escribir, sin darle ninguna razón, sin condenar ningún libro. Simplemente es un castigo personal. Y él casi se desesperó, porque cada uno tiene derecho a saber de dónde viene el golpe. Y ni eso le han querido dejar saber.
P. ¿Podrá el papa Francisco enfrentarse solo a los grandes poderes de este mundo que están incluso insertados en el Vaticano y arremeter esta misión?
R. Yo creo que solo, no, porque el Vaticano, el papa y los vicarías son verdaderos ministerios. Es un cuerpo de dirección que el papa va a elegir y con el cual va a gobernar la Iglesia. Él ya anunció que va a presidir en la Caridad. El otro [Ratzinger], no: decidió mandar bajo el derecho canónico de una monarquía absolutista con plenos poderes que alejaba todas las demás iglesias y exterminó 50 años de ecumenismo. Ratzinger lleva esa sombra en su biografía, negando el título de Iglesia a todas las demás iglesias y [diciendo] que tienen elementos eclesiales pero no son iglesias, que Iglesia solo es la Iglesia Católica. Pero Francisco, no.
P. ¿Qué diferencias ha marcado con respecto a su predecesor?
R. Primero, no se presentó como papa, se presentó como Obispo de Roma. Eso recupera la tradición del Primer Milenio, donde Roma -porque allí están enterrados Pedro y Pablo- tenía la presidencia de la caridad sobre las iglesias. Y Francisco recupera esa tradición. Cuando habla de Ratzinger y pide oraciones, no dice “vamos a rezar por el papa emérito”. No. Dice: “Vamos a rezar por el Obispo de Roma emérito”. De cierta manera lo rebajó al sentido verdadero, teológico, de que él no pasa de Obispo de Roma y accidentalmente es papa. Porque en el Obispo de Roma cabe el animar las demás iglesias y no está por encima de ellas.
Hay ahí dimensiones teológicas en las que se ve que, como teólogo y jesuita, conoce bien la historia de la Iglesia y sabe utilizar los términos para decir que ahora será un gobierno más colegiado. Y ahí hay dos instrumentos que creó el Concilio Vaticano II (196-1965) y fueron totalmente arrasados. Primero, la colegialidad de los obispos, que son las conferencias continentales con las nacionales para juntos definir su camino. Y en segundo lugar, el Sínodo de los Obispos que, servía para gobernar la Iglesia. Pero (con Ratzinger) fueron reunidos cada tres años como instancia consultiva sin ningún poder de decisión. Y creo que Francisco va a activar eso, que ya está decidido desde el Concilio Vaticano II.
Genésio Darci Boff -Leonardo es su seudónimo-, de 74 años, colgó la sotana en 1992, sofocado por las intensas presiones del Vaticano para silenciarle por su insistencia de difundir la teología de la liberación y su opción preferencial por los pobres, y se retiró de la Orden de los Frailes Menores o franciscanos donde su premisa esencial había sido “hambre de Dios sí, hambre de pan no”.
Desde San José de Costa Rica, a donde ha viajado para una visita académica de una semana, el teólogo asegura a EL PAíS que la elección del cardenal argentino Jorge Mario Bergoglio es un elemento renovador, después de los papados de Juan Pablo II (1978-2005) y Benedicto XVI (2005-2013), a los que califica de “fundamentalistas”.
Pregunta. ¿Por qué es optimista frente al futuro de la Iglesia Católica con el nuevo papa?
Respuesta. Porque venimos de una tradición de dos papas muy conservadores. En cierta manera, el cardenal (Joseph) Ratzinger en la última fase de su papado era fundamentalista y claramente fundamentalista. Un papa que descabezó a más de 100 teólogos, altamente represivo, controlador de las doctrinas y sin ningún sentido de carisma, de pueblo, de pastor. Venimos de una tradición que no producía esperanza, más bien miedo, preocupación. La teología no producía prácticamente nada porque era muy vigilada.
Ahora viene uno que es pastor, que dice que lo importante es la opción por los pobres, la justicia social, disminuir las desigualdades, cuidar de la tierra que está amenazada, se pone en medio del pueblo y viene con un mensaje muy claro a los sacerdotes. Los sacerdotes tienen que ser servidores del pueblo, con olor de ovejas. Nada de olor de altares ni de palacios. Sino olor de pueblo. Ha dado señales de que algo va a ser diferente.
P. En 2006, el sacerdote jesuita español Jon Sobrino fue castigado por Benedicto XVI porque supuestamente en sus libros falseó la figura de Jesús y exaltó su humanidad por encima de su divinidad. Roma le prohibió enseñar en instituciones católicas y publicar libros sin previa autorización eclesiástica. Sobrino fue olor de pueblo y no de palacio, pero le castigaron.
R. La reprimenda a Sobrino (se durante casi un año) fue tan dura que entre los teólogos más serios de Roma y de muchos obispos y cardenales encontró grandes críticas. Ratzinger retiró después gran parte de las penas que se le impusieron: le permitieron seguir trabajando, escribiendo y ahora estuvo en Brasil dando charlas. El profesor más importante de cristología de Roma escribió un análisis de la condena a Sobrino, mostrando que era una injusticia intolerable. Roma tuvo miedo y tuvo que retroceder, pero con otros fue implacable, fue cruel y sin piedad, y especialmente con un español, José María Castillo, de Granada, uno de los más brillantes teólogos españoles. Le han silenciado, le han prohibido hablar, escribir, sin darle ninguna razón, sin condenar ningún libro. Simplemente es un castigo personal. Y él casi se desesperó, porque cada uno tiene derecho a saber de dónde viene el golpe. Y ni eso le han querido dejar saber.
P. ¿Podrá el papa Francisco enfrentarse solo a los grandes poderes de este mundo que están incluso insertados en el Vaticano y arremeter esta misión?
R. Yo creo que solo, no, porque el Vaticano, el papa y los vicarías son verdaderos ministerios. Es un cuerpo de dirección que el papa va a elegir y con el cual va a gobernar la Iglesia. Él ya anunció que va a presidir en la Caridad. El otro [Ratzinger], no: decidió mandar bajo el derecho canónico de una monarquía absolutista con plenos poderes que alejaba todas las demás iglesias y exterminó 50 años de ecumenismo. Ratzinger lleva esa sombra en su biografía, negando el título de Iglesia a todas las demás iglesias y [diciendo] que tienen elementos eclesiales pero no son iglesias, que Iglesia solo es la Iglesia Católica. Pero Francisco, no.
P. ¿Qué diferencias ha marcado con respecto a su predecesor?
R. Primero, no se presentó como papa, se presentó como Obispo de Roma. Eso recupera la tradición del Primer Milenio, donde Roma -porque allí están enterrados Pedro y Pablo- tenía la presidencia de la caridad sobre las iglesias. Y Francisco recupera esa tradición. Cuando habla de Ratzinger y pide oraciones, no dice “vamos a rezar por el papa emérito”. No. Dice: “Vamos a rezar por el Obispo de Roma emérito”. De cierta manera lo rebajó al sentido verdadero, teológico, de que él no pasa de Obispo de Roma y accidentalmente es papa. Porque en el Obispo de Roma cabe el animar las demás iglesias y no está por encima de ellas.
Hay ahí dimensiones teológicas en las que se ve que, como teólogo y jesuita, conoce bien la historia de la Iglesia y sabe utilizar los términos para decir que ahora será un gobierno más colegiado. Y ahí hay dos instrumentos que creó el Concilio Vaticano II (196-1965) y fueron totalmente arrasados. Primero, la colegialidad de los obispos, que son las conferencias continentales con las nacionales para juntos definir su camino. Y en segundo lugar, el Sínodo de los Obispos que, servía para gobernar la Iglesia. Pero (con Ratzinger) fueron reunidos cada tres años como instancia consultiva sin ningún poder de decisión. Y creo que Francisco va a activar eso, que ya está decidido desde el Concilio Vaticano II.
Fuente: elpais.com
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