Con algunas sorpresas, el técnico dio a conocer los 55 nombres que tiene en la prelista.
Domingo 19 de Agosto de 2012 - 20:25 hs
El Evangelio de este domingo de monseñor Arancedo
Esta es la homilía de este domingo de monseñor Arancedo
El evangelio de este domingo nos presenta una de las verdades más profundas de la fe cristiana. Me refiero a la presencia de Jesucristo en el sacramento de la Eucaristía, que es el modo que él ha elegido para quedarse con nosotros: “Este es el sacramento de nuestra fe”, exclamamos con gozo en la celebración de la Misa.
Estamos ante el testamento del Señor, que san Pablo lo vive y lo trasmite diciendo: “Lo que yo recibí del Señor, y mi vez les he trasmitido, es lo siguiente: El Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan, dio gracias, lo partió y dijo: Esto es mi Cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía” (1 Cor. 11, 23). Esta verdad es lo que celebramos en la Santa Misa. Por ello, el Concilio Vaticano II define a la celebración de la Eucaristía, como: “fuente y cumbre de la vida cristiana y de la Iglesia” (S.C. 10).
Las verdades de fe en cuanto se viven en un hombre concreto, necesitan de una base o contexto cultural en el que poder expresarse. La fe en Dios, revelada por Jesucristo, no es algo intimista o sólo espiritual sino que es sacramental, visible, y la celebramos como fuente de vida. Así lo ha querido el Señor. Es cierto que la fe cristiana es independiente de una cultura determinada, prueba de ello es el testimonio de tantos hombres y mujeres que llegan, incluso, al martirio por su fe.
Pero es cierto, también, que la fe se vive y trasmite en el ámbito de una cultura, precisamente por su condición sacramental. Este es un desafío para la fe cristiana. Ella vive en lo concreto de una cultura en la que se encarna y la enriquece desde el Evangelio. Esto se debe a que la fe se vive y asume el tiempo de nuestra historia en la que se encarna, pero no queda encerrada en sus límites, sino que nos abre a una esperanza que la trasciende y que es la vocación última del hombre. La fe nos purifica y libera de toda esclavitud.
Estas reflexiones me permiten valorar el significado de la Misa Dominical como la importancia de ser un día Festivo, tanto para la vida de la fe como de un tiempo dedicado a la familia, al encuentro, la amistad y a las obras de caridad. Es importante recrear una cultura del Domingo como día Festivo. En esto tiene mucho valor el compromiso de la fe que, al conocer la dimensión espiritual del hombre y el significado celebrativo de la fe, le permite mostrar a la sociedad la necesidad de recrear una cultura que no deje al hombre encerrado en un mundo que se defina sólo en términos de comercio.
En este sentido la fe, al rescatar la dimensión humana y espiritual del hombre, le recuerda un deber a la sociedad. Cuando se pierde el significado del Domingo se empobrece el marco que sostiene una cultura de valores que cuida y eleva al hombre. En esto tienen mucha responsabilidad el Estado como las diversas Cámaras de Comercio. Jerarquizar la semana no es una pérdida para nadie, por el contrario, es signo de madurez política y de una cultura que pone al hombre en el centro.
Reciban de su obispo junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor que nos invita a santificar el Domingo.
El evangelio de este domingo nos presenta una de las verdades más profundas de la fe cristiana. Me refiero a la presencia de Jesucristo en el sacramento de la Eucaristía, que es el modo que él ha elegido para quedarse con nosotros: “Este es el sacramento de nuestra fe”, exclamamos con gozo en la celebración de la Misa.
Estamos ante el testamento del Señor, que san Pablo lo vive y lo trasmite diciendo: “Lo que yo recibí del Señor, y mi vez les he trasmitido, es lo siguiente: El Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan, dio gracias, lo partió y dijo: Esto es mi Cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía” (1 Cor. 11, 23). Esta verdad es lo que celebramos en la Santa Misa. Por ello, el Concilio Vaticano II define a la celebración de la Eucaristía, como: “fuente y cumbre de la vida cristiana y de la Iglesia” (S.C. 10).
Las verdades de fe en cuanto se viven en un hombre concreto, necesitan de una base o contexto cultural en el que poder expresarse. La fe en Dios, revelada por Jesucristo, no es algo intimista o sólo espiritual sino que es sacramental, visible, y la celebramos como fuente de vida. Así lo ha querido el Señor. Es cierto que la fe cristiana es independiente de una cultura determinada, prueba de ello es el testimonio de tantos hombres y mujeres que llegan, incluso, al martirio por su fe.
Pero es cierto, también, que la fe se vive y trasmite en el ámbito de una cultura, precisamente por su condición sacramental. Este es un desafío para la fe cristiana. Ella vive en lo concreto de una cultura en la que se encarna y la enriquece desde el Evangelio. Esto se debe a que la fe se vive y asume el tiempo de nuestra historia en la que se encarna, pero no queda encerrada en sus límites, sino que nos abre a una esperanza que la trasciende y que es la vocación última del hombre. La fe nos purifica y libera de toda esclavitud.
Estas reflexiones me permiten valorar el significado de la Misa Dominical como la importancia de ser un día Festivo, tanto para la vida de la fe como de un tiempo dedicado a la familia, al encuentro, la amistad y a las obras de caridad. Es importante recrear una cultura del Domingo como día Festivo. En esto tiene mucho valor el compromiso de la fe que, al conocer la dimensión espiritual del hombre y el significado celebrativo de la fe, le permite mostrar a la sociedad la necesidad de recrear una cultura que no deje al hombre encerrado en un mundo que se defina sólo en términos de comercio.
En este sentido la fe, al rescatar la dimensión humana y espiritual del hombre, le recuerda un deber a la sociedad. Cuando se pierde el significado del Domingo se empobrece el marco que sostiene una cultura de valores que cuida y eleva al hombre. En esto tienen mucha responsabilidad el Estado como las diversas Cámaras de Comercio. Jerarquizar la semana no es una pérdida para nadie, por el contrario, es signo de madurez política y de una cultura que pone al hombre en el centro.
Reciban de su obispo junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor que nos invita a santificar el Domingo.
Fuente: arzobispado de santa fe
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