Los chicos crecieron. Algunos tienen barba, otros perdieron el pelo y muchos formaron sus propias familias. Sin embargo, cuando se cruzan con Juan Carlos Beltramino, todavía reconocen al médico que los atendía de pequeños. Se acercan, lo abrazan y le cuentan quiénes son. Para el reconocido pediatra santafesino, ya jubilado, esos encuentros conservan una alegría íntima, de esas que sobreviven al cierre de un consultorio.
En el Día del Pediatra, y un día después de su cumpleaños, Beltramino visitó los estudios de LT10. La conversación reunió recuerdos de una vocación nacida entre los escombros del tornado de San Justo, nombres entrañables de la medicina santafesina y preocupaciones que siguen intactas. Porque dejar de atender no significó dejar de mirar lo que les pasa a los chicos.
“Me sorprende”, reconoció sobre aquellos pacientes que hoy lo buscan para saludarlo. Después resumió, con sencillez, lo que le producen esos abrazos: “Eso es gratificante”.
Una vocación entre los escombros
La pediatría no había sido una elección inevitable. Mientras estudiaba en Córdoba, también le interesaban la infectología y la neurología. Además, tenía un hermano y un cuñado pediatras: otra especialidad parecía abrirle un camino propio.
Pero en enero de 1973, cuando acababa de rendir sus últimas materias, el tornado de San Justo cambió sus planes. Viajó como voluntario y, en un hospital parcialmente destruido, los médicos de mayor experiencia le encomendaron la atención de los chicos.
En medio de aquella emergencia descubrió dos certezas que marcarían su vida: “Me gustaba realmente mucho atender los chicos”, recordó. La otra fue tan decisiva como esa primera intuición: “Me faltaba muchísima formación”.
La respuesta fue buscar una residencia. Quería aprender, prepararse y estar a la altura de una responsabilidad que ya había sentido de cerca. Aquella experiencia dolorosa terminó por señalarle una profesión que, décadas después, todavía define como apasionante.
Los maestros que siguen presentes
En su recorrido no estuvo solo. Al recordar a quienes lo formaron, Beltramino mencionó a sus compañeros de residencia, a sus residentes superiores y a su hermano Daniel. Después quiso detenerse en cuatro nombres de la pediatría santafesina.
Evocó a Francisco Menchaca, a quien recordó como creador y director del primer hospital de niños de Santa Fe y como un gran organizador. También a Federico Milia, pionero en tratamientos que permitieron enfrentar cuadros de deshidratación cuando todavía se llevaban muchas vidas infantiles.
“Era un tipo muy cascarrabia, pero una gran persona y un gran maestro”, lo describió. En esa combinación de carácter y reconocimiento apareció un recuerdo cercano, lejos de los homenajes solemnes.
A Ángel Espedaletti, su jefe en clínica médica, lo definió como “un ser entrañable”, capaz y generoso para enseñar. Y recordó a Abel Argento, su instructor de residentes, por impulsar la primera terapia intensiva de Santa Fe en el hospital de niños y por enseñarles a dializar a pequeños pacientes con síndrome urémico hemolítico.
Los nombres fueron también una manera de agradecer: detrás de cada médico hubo otros que compartieron conocimientos, asumieron riesgos y abrieron caminos.
La memoria frente al olvido
El paso del tiempo también le permite advertir una paradoja. Según recordó, sus maestros imaginaban que, en el siglo XXI, las vacunas y los antibióticos habrían dejado atrás buena parte de los problemas infectocontagiosos. Sin embargo, señaló que la resistencia bacteriana y la desconfianza hacia la vacunación alteraron aquel pronóstico.
“El éxito de las vacunas un poco conspiró contra el temor que había esas enfermedades”, reflexionó. Para Beltramino, muchos padres jóvenes no conocieron de cerca padecimientos que otras generaciones de pediatras vieron en sus consultorios y hospitales.
Por eso entiende que los profesionales de mayor trayectoria tienen una tarea: contar cómo eran aquellas enfermedades y qué cambió con las inmunizaciones. También pidió más educación y advirtió sobre el alcance que adquiere la desinformación en las redes sociales.
Su preocupación por la prevención lo llevó, además, a investigar junto con una médica de terapia intensiva las lesiones provocadas por la caída de arcos de fútbol. Relató casos con consecuencias gravísimas y cuestionó que el cuidado dependa únicamente de un cartel que prohíba colgarse del travesaño. Los chicos juegan; los adultos deben garantizarles un entorno seguro.
Escuchar también es cuidar
La charla se extendió hacia la pobreza, la educación y las oportunidades. Beltramino planteó que la caída de la natalidad no se tradujo, por sí sola, en mejores condiciones para las infancias. Reclamó espacios donde los chicos puedan aprender, alimentarse, hacer sus tareas y practicar deportes de manera segura.
“En realidad me trajeron para hablar de medicina y parece que estamos hablando de otra cosa, pero esto hace a la salud”, expresó. En esa frase quedó condensada una mirada construida durante años: el cuidado empieza antes de una consulta y continúa mucho después.
Mientras tanto, los mensajes de los oyentes acercaban otras historias. Una madre escribió que lo escuchaba con emoción porque había sido el pediatra de sus hijas; una de ellas también eligió esa especialidad. Una antigua secretaria lo recordó como un gran ser humano. Otros agradecieron al profesional y a la persona.
Antes de despedirse, Beltramino quiso saludar a los pediatras que siguen en actividad. Para ellos dejó un consejo que reúne experiencia y afecto: incorporar las nuevas tecnologías sin abandonar lo esencial. “Escuchar, observar y hablar con las familias y con los chicos”. Las herramientas cambian; aquella forma de cuidar sigue encontrando respuesta en un abrazo.