En su paso por los estudios de LT10, Carlos Paoli —ingeniero en Recursos Hídricos, profesor honorario de la FICH y exdirector del Instituto Nacional del Agua (INA)— abordó el escenario hídrico actual tras la prolongada bajante registrada en los años 2021 y 2022. El especialista aclaró que la situación del río Paraná responde a las proyecciones anticipadas por los organismos meteorológicos e hídricos. "Esta es una crecida importante, pero no es una crecida extraordinaria", puntualizó el profesional para llevar tranquilidad a la población respecto de los caudales en tránsito hacia la zona de Santa Fe.
Al detallar el origen de la creciente, Paoli diferenció el aporte del Paraná Superior respecto del comportamiento de la cuenca del río Iguazú. Explicó que mientras la cuenca superior del Paraná abarca un área cercana al millón de kilómetros cuadrados, la del Iguazú apenas alcanza los 62.000 kilómetros cuadrados. Sin embargo, al tratarse de una cuenca con mucha pendiente y tormentas concentradas, genera picos de crecida muy pronunciados que suben y bajan con rapidez. Esta masa de agua se superpuso con los caudales del Paraná Superior alcanzando valores del orden de los 38.000 metros cúbicos por segundo en la presa de Yacyretá, lo que obliga a los productores ganaderos de las islas a retirar su hacienda de manera preventiva.
En relación con la perspectiva temporal, el exdirector del INA señaló que la persistencia del fenómeno de El Niño mantendrá un régimen de precipitaciones elevado hasta fines del verano o principios de otoño. Pese a ello, contrapuso las lecturas proyectadas —alrededor de los 5,16 metros en el puerto santafesino— con las crecientes históricas y catastróficas de 1983, 1992 y 1998, las cuales superaron largamente los 7 metros de altura. "Estamos relativamente bastante lejos" de esos niveles de desastre, afirmó Paoli, aclarando que la evolución definitiva dependerá de si se producen o no fuertes lluvias locales que coincidan con el pico de la corriente principal.

Consultado sobre la función de las represas hidroeléctricas como Yacyretá o Itaipú, el experto desmitificó los temores que generan las imágenes de vertederos abiertos. Explicó que las presas operan con sus embalses llenos para la producción energética y no poseen capacidad de almacenamiento para retener crecidas de gran magnitud, por lo que deben erogar el agua que ingresa. "Las represas no crean agua" ni aumentan los picos de las crecidas, subrayó el ingeniero, recordando que las máximas inundaciones registradas en la historia de la región ocurrieron cuando aún no existían dichos emprendimientos.
Por otra parte, Paoli alertó sobre el problema recurrente de la ocupación de zonas inundables, fenómeno que suele acentuarse tras varios años continuos de sequía o bajante del río. Advirtió que el asentamiento en sectores vulnerables complica la gestión de emergencias e instó a la ciudadanía y a los productores a guiarse únicamente por los datos de los entes gubernamentales. "Yo creo que hay que prestar mucha atención siempre a los informes de los organismos oficiales" y evitar interpretaciones o informaciones provenientes de fuentes no calificadas.
Finalmente, el docente trazó una distinción técnica entre la dinámica del río Paraná y la de la cuenca del río Salado. Destacó que el Salado cuenta con un sistema de defensas consolidado tras la inundación de 2003 y que su caudal depende de las lluvias que se concentran en la cuenca inferior. Asimismo, resaltó la ventaja operativa que otorga el río Paraná frente a eventuales contingencias, ya que al provenir el agua desde el norte se dispone de "10, 15 días, tenemos mucho más tiempo de previsión" para activar alertas y evacuated sectores insulares a diferencia de la menor ventana de tiempo que ofrece el Salado.