Sociedad - Fiaca

Jueves 07 de Mayo de 2026 - 11:15 hs

Mínimo esfuerzo: ¿es pereza por naturaleza o evitamos gastar energía?

Un estudio destaca que no es lo mismo que alguien no quiera esforzarse a que no le encuentre el sentido a hacerlo.

Durante décadas, buena parte de la psicología y la neurociencia sostuvieron que los seres humanos tendemos a hacer el menor esfuerzo posible, ya que esforzarse resultaba, en sí mismo, desagradable.

Ahora, una reciente investigación internacional sostiene que las personas no rechazamos la acción, si no que simplemente evitamos gastar energía cuando no ve una recompensa clara.

El estudio, publicado en Neuroscience & Biobehavioral Reviews, propone mirar el problema desde otro ángulo: las personas no evitarían el esfuerzo por naturaleza; evitarían, sobre todo, el esfuerzo desperdiciado, según analizaron desde la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ).

En ese sentido, no es lo mismo decir que alguien no quiere esforzarse que decir que no le encuentra el sentido a hacerlo.

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La ley del mínimo esfuerzo

El trabajo consistió en una revisión crítica de literatura científica. Los autores analizaron evidencias de dos grandes campos: el desarrollo infantil y los estudios sobre el llamado “principio del mínimo esfuerzo” en animales y adultos. 

Ese principio sostiene, en términos simples, que cuando hay dos caminos posibles para lograr lo mismo, los organismos suelen elegir el menos costoso. Allí es donde los investigadores hallaron que esa preferencia por el camino más fácil surgió sobre todo cuando las recompensas eran equivalentes. 

En otras palabras: si dos opciones daban exactamente lo mismo, tenía sentido elegir la que exigía menos. Nadie en su sano juicio caminaría diez cuadras para comprar el mismo pan que se vende en la esquina al mismo precio, ejemplifican desde la UNQ e indican que no se trata de vagancia, si no de administración básica de recursos.

Costo - beneficio

El estudio plantea que el esfuerzo funciona más como un costo que como una condena: cuando el balance entre costo y beneficio resulta favorable, las personas pueden esforzarse con decisión e incluso con placer.

De esta manera, destacan, se desarma la caricatura del humano como animal perezoso. Porque, si el esfuerzo fuera desagradable por naturaleza, sería difícil explicar por qué millones de personas corren maratones, aprenden piano, estudian carreras eternas, escalan montañas o pasan horas frente a un tablero de ajedrez. Nadie hace todo eso porque sea fácil. Lo hace porque, de algún modo, vale.

El caso de los bebés

Si el rechazo al esfuerzo fuera innato, debería verse muy temprano. Sin embargo, los estudios revisados por los autores mostraron otra cosa: bebés y niños pequeños no evitaron espontáneamente esforzarse. Al contrario, muchas veces exploraron, insistieron y asociaron el esfuerzo con satisfacción.

Un ejemplo citado en el estudio es muy ilustrativo: bebés de 10 meses que, después de observar a un adulto perseverar en una tarea difícil, aumentaron sus propios intentos para resolver un problema. Más adelante, cerca de los seis años, otros trabajos mostraron que los chicos sonreían más después de lograr algo difícil que cuando la tarea era sencilla. Como si la resistencia vencida agregara sabor al triunfo. 

La conclusión es que los niños no llegan al mundo con alergia al esfuerzo, si no que aprenderían con el tiempo a ahorrar energía cuando perciben que una tarea no conduce a nada o que el premio no compensa el desgaste.

Qué pasa con los adultos

Volvió a aparecer el mismo patrón: la gente no siempre eligió la pasividad. De hecho, varios trabajos mostraron que muchas personas prefirieron participar activamente antes que permanecer ociosas, y que la actividad podía asociarse con mayor bienestar que la inacción. El problema no era moverse, pensar o insistir. El problema era hacerlo para nada.

¿Cómo puede ser que la biología empuje al mínimo esfuerzo y, al mismo tiempo, tanta gente busque actividades exigentes? 
Para los científicos, esta paradoja se disuelve cuando se deja de tratar al esfuerzo como algo necesariamente desagradable y se lo entiende como una inversión. 

En la escuela, en el trabajo o en los sistemas de salud, tal vez el desafío no sea solamente hacer todo más liviano, más rápido y más fácil. Tal vez también sea mostrar por qué vale la pena. Una tarea pesada puede volverse insoportable si parece inútil; una tarea difícil puede volverse tolerable, e incluso estimulante, si se percibe como justa, necesaria o conectada con un logro.

La investigación también ayudó a separar dos planos que suelen confundirse. Una cosa es desconectarse de una tarea porque no se le encuentra sentido. Otra, muy distinta, es padecer una verdadera aversión al esfuerzo, como puede ocurrir en ciertos cuadros clínicos vinculados con alteraciones motivacionales y mecanismos neurobiológicos específicos. 

En conclusión, muchas veces, cuando alguien no se esfuerza, tal vez no está fallando su carácter, si no que está haciendo una cuenta: cuánto cuesta, cuánto devuelve, para qué sirve. 

Fuente: LT10 - NA

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