A 50 años del golpe de Estado de 1976, el debate sobre memoria, verdad y justicia vuelve al centro de la escena en la Argentina. En Santa Fe, una de las voces con peso propio en ese proceso es la de Griselda Tessio, quien no solo atravesó los golpes de Estado en su vida personal, sino que también investigó delitos de lesa humanidad como fiscal federal.
Su mirada parte de una certeza: aún hay mucho por esclarecer. “Sí, queda bastante por investigar”, plantea al ser consultada sobre lo que todavía falta conocer de aquel período. En ese sentido, cuestiona las discusiones actuales en torno a la llamada “memoria completa” y redefine el concepto: “Nosotros también queremos memoria completa, porque tienen que decir dónde están los restos de los miles y miles de desaparecidos que todavía no hemos encontrado”.
Esa deuda, remarca, también alcanza a los niños apropiados durante la dictadura. “Tienen que decir dónde están los 300 y algo de niños que ya no son niños”, advierte, al describir una realidad atravesada por la incertidumbre y el paso del tiempo. Incluso señala que muchas de las abuelas que iniciaron esa búsqueda ya fallecieron: “Hay que pensar que de las Madres de Plaza de Mayo quedan tres y de las Abuelas de Plaza de Mayo quedan dos”.
Al abordar el contexto previo al golpe, Tessio no esquiva el debate sobre la violencia política de la época. Reconoce que “los crímenes de la Triple A, por ejemplo, fueron muy poco investigados”, pero rechaza equiparaciones: “No a la teoría de los dos demonios, porque no es lo mismo un Estado criminal con todos los recursos que organizaciones subversivas”.
En su recorrido personal aparece también el vínculo con el retorno democrático. Recuerda su primer encuentro con Raúl Alfonsín en plena campaña y una frase que, en ese momento, le pareció improbable: “Aseguraba que iba a sentar a los militares en el banquillo de los acusados”. Confiesa que dudó: “Este hombre es un delirante, no va a poder hacer eso”, pero el tiempo le dio la razón al entonces candidato. “Lo hizo y abrió otra etapa”, afirma, y va más allá en su definición: “Alfonsín funda la democracia”.
Esa valoración se sostiene en el rol que tuvo la sociedad en momentos críticos. “Lo acompañó el pueblo”, subraya sobre el respaldo que tuvo el Gobierno democrático frente a los levantamientos militares. Y destaca que ese apoyo no fue partidario sino transversal: “Esa multitud que estuvo en Plaza de Mayo no era toda radical, era el pueblo”.
El eje de su mensaje se proyecta hacia las nuevas generaciones. Lejos de la idea de desinterés, asegura que los jóvenes están comprometidos: “Los jóvenes estamos en la lucha, discutimos, pensamos, debatimos, vamos a las marchas”, cita a partir de una discusión que escuchó en su entorno familiar. Para Tessio, ese involucramiento es una señal positiva en un contexto complejo.
En ese camino, asigna un rol clave a la educación. “La escuela es la cuna para que esos jóvenes entiendan lo que es la democracia”, sostiene, y plantea que el sistema educativo debe ser el espacio donde se transmitan estos procesos históricos. También destaca el impacto de herramientas culturales como el cine, que permite acercar esos relatos a los más chicos.
Sobre los crímenes de la dictadura, insiste en que aún quedan aspectos por investigar. Menciona particularmente los “vuelos de la muerte”, una de las prácticas más estremecedoras del terrorismo de Estado: “Se habla de 2000 prisioneros arrojados de los aviones”, recuerda, y advierte que la mayoría de las víctimas nunca fue recuperada. “Ahí hay muchas víctimas. ¿Dónde están? ¿Quiénes son todos esos?”, se pregunta.
A medio siglo del golpe, su reflexión combina memoria, justicia y presente. La necesidad de seguir investigando, de sostener el compromiso democrático y de evitar relativizaciones atraviesa todo su planteo. En un contexto donde resurgen debates y tensiones, Tessio deja una advertencia clara: sin verdad completa, la historia sigue abierta.