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Sábado 11 de Junio de 2011 - 23:15 hs
Arancedo y Pentecostés
En su Mensaje del Arzobispo semanal, monseñor José María Arancedo se refirió a la festividad de Pentecostés que pone fin al tiempo pascual en estos términos
Con la celebración de Pentecostés, a cincuenta días de la Pascua, llega a su plenitud la obra de Jesucristo. Comprender el significado de Pentecostés, como presencia viva y actuante del Espíritu de Cristo Resucitado, es comprender la riqueza y lo propio de la vida cristiana. Jesucristo no nos ha dejado una doctrina sino una vida, o mejor dicho, nos ha dejado su Evangelio como Vida Nueva. La misión del Espíritu Santo es comunicarnos como gracia la obra de Jesucristo.
Él no nos enseña nada nuevo, su misión es convertir en vida todo lo que Jesucristo nos enseñó. La vida cristiana, lejos de todo voluntarismo, es el testimonio de la presencia de Dios. San Agustín que había comprendido dónde está la fuerza del cristiano decía: Señor, no me des un mandamiento porque no tengo fuerza para cumplirlo, dame tu gracia, dame tu Espíritu y después pídeme lo que quieras.
Querer hacer del cristianismo un manual de buena conducta es desconocer lo que le es propio. Su verdad es respuesta a la realidad del hombre en cuanto ser necesitado de una presencia que lo sane. Hay en el hombre una herida que debe ser sanada, una unidad que debe ser reconstruida, esta es la obra de Jesucristo. Hay un sueño del hombre naturalmente bueno que no responde a la realidad, porque desconoce la fragilidad de la condición humana junto a su grandeza.
San Pablo expresaba esta condición del hombre diciendo: hago el mal que no quiero y dejo de hacer el bien que quiero, hay en mi interior, decía, una lucha de la que no me puedo librar con mis solas fuerzas (cfr. Rom.7, 14-25). Nos cuesta hablar del pecado, sin embargo, es una realidad que limita al hombre, deteriora sus relaciones y crea situaciones de pecado en la vida de la sociedad. La obra de Jesucristo está orientada, precisamente, a reconstruir en el hombre la imagen de hijo de Dios herida por el pecado. Esta obra que se cumple en Jesucristo, se hace vida por la acción del Espíritu Santo.
Cuando Jesucristo se despide de los apóstoles les dice: “yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo” (Mt. 28, 20). Este estar con nosotros se hace realidad por medio del Espíritu Santo. Él actúa interiormente como gracia que nos sana y eleva espiritualmente, pero necesita de nuestra apertura o docilidad. Sin su presencia no hay vida cristiana. La mejor actitud frente a la misión del Espíritu Santo es un clima de oración. Me permito compartir la secuencia que rezamos en la liturgia de Pentecostés: Ven, Espíritu Santo, y envía un rayo de tu luz. Ven, Padre de los pobres, ven a darnos tus dones, ven a darnos tu luz.
Consolador lleno de bondad, dulce huésped del alma, suave alivio de los hombres. Tú eres descanso en el trabajo, templanza en las pasiones, alegría en nuestro llanto. Sin tu ayuda divina nos hay nada en el hombre, nada que sea inocente. Lava nuestras manchas, riega nuestra aridez, sana nuestras heridas. Suaviza nuestra dureza, elimina con tu calor nuestra frialdad, corrige nuestros desvíos. El hombre nuevo crea nuevas relaciones y revierte aquella situación de pecado. Esta es la obra del Espíritu Santo.
Con la alegría y la esperanza de celebrar un nuevo Pentecostés les hago llegar junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor
Con la celebración de Pentecostés, a cincuenta días de la Pascua, llega a su plenitud la obra de Jesucristo. Comprender el significado de Pentecostés, como presencia viva y actuante del Espíritu de Cristo Resucitado, es comprender la riqueza y lo propio de la vida cristiana. Jesucristo no nos ha dejado una doctrina sino una vida, o mejor dicho, nos ha dejado su Evangelio como Vida Nueva. La misión del Espíritu Santo es comunicarnos como gracia la obra de Jesucristo.
Él no nos enseña nada nuevo, su misión es convertir en vida todo lo que Jesucristo nos enseñó. La vida cristiana, lejos de todo voluntarismo, es el testimonio de la presencia de Dios. San Agustín que había comprendido dónde está la fuerza del cristiano decía: Señor, no me des un mandamiento porque no tengo fuerza para cumplirlo, dame tu gracia, dame tu Espíritu y después pídeme lo que quieras.
Querer hacer del cristianismo un manual de buena conducta es desconocer lo que le es propio. Su verdad es respuesta a la realidad del hombre en cuanto ser necesitado de una presencia que lo sane. Hay en el hombre una herida que debe ser sanada, una unidad que debe ser reconstruida, esta es la obra de Jesucristo. Hay un sueño del hombre naturalmente bueno que no responde a la realidad, porque desconoce la fragilidad de la condición humana junto a su grandeza.
San Pablo expresaba esta condición del hombre diciendo: hago el mal que no quiero y dejo de hacer el bien que quiero, hay en mi interior, decía, una lucha de la que no me puedo librar con mis solas fuerzas (cfr. Rom.7, 14-25). Nos cuesta hablar del pecado, sin embargo, es una realidad que limita al hombre, deteriora sus relaciones y crea situaciones de pecado en la vida de la sociedad. La obra de Jesucristo está orientada, precisamente, a reconstruir en el hombre la imagen de hijo de Dios herida por el pecado. Esta obra que se cumple en Jesucristo, se hace vida por la acción del Espíritu Santo.
Cuando Jesucristo se despide de los apóstoles les dice: “yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo” (Mt. 28, 20). Este estar con nosotros se hace realidad por medio del Espíritu Santo. Él actúa interiormente como gracia que nos sana y eleva espiritualmente, pero necesita de nuestra apertura o docilidad. Sin su presencia no hay vida cristiana. La mejor actitud frente a la misión del Espíritu Santo es un clima de oración. Me permito compartir la secuencia que rezamos en la liturgia de Pentecostés: Ven, Espíritu Santo, y envía un rayo de tu luz. Ven, Padre de los pobres, ven a darnos tus dones, ven a darnos tu luz.
Consolador lleno de bondad, dulce huésped del alma, suave alivio de los hombres. Tú eres descanso en el trabajo, templanza en las pasiones, alegría en nuestro llanto. Sin tu ayuda divina nos hay nada en el hombre, nada que sea inocente. Lava nuestras manchas, riega nuestra aridez, sana nuestras heridas. Suaviza nuestra dureza, elimina con tu calor nuestra frialdad, corrige nuestros desvíos. El hombre nuevo crea nuevas relaciones y revierte aquella situación de pecado. Esta es la obra del Espíritu Santo.
Con la alegría y la esperanza de celebrar un nuevo Pentecostés les hago llegar junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor
Fuente: arzobispado de santa fe
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