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Domingo 30 de Octubre de 2011 - 00:42 hs
Arancedo y la solemnidad de Todos los Santos
En su Mensaje del Arzobispo, monseñor José Marìa Arancedo se refirió a la festividad de los Santos del próximo martes en estos términos
El próximo 1 de noviembre celebramos la Solemnidad de Todos los Santos. Es una Fiesta que tiene un profundo significado para la vida del hombre. Ella nos recuerda que somos peregrinos en este mundo y que hemos sido creados con destino de eternidad. Celebrar hoy a los santos como hermanos nuestros que ya gozan de la plenitud del encuentro con Dios es reconocer que nosotros, como ellos, estamos en camino hacia un destino trascendente.
No somos parte de un mundo cerrado, nuestra condición espiritual reclama, diría, un estado de vida que no esté sujeto a una muerte sin horizontes. Esta certeza sobre la trascendencia del hombre es compartida, incluso, por pensadores ateos que afirman la espiritualidad del hombre. Los cristianos celebramos con gozo esta verdad de fe que da razón a nuestra esperanza.
La vida eterna, como vida definitiva del hombre, no es algo ajeno a nuestra vida presente. Cuando Jesucristo nos habla de ella lo hace en términos del Reino de Dios, como una realidad ya presente pero que se la vive a la espera de su plenitud. Es decir, hoy participamos de esa vida definitiva a la que estamos llamados y que es una vocación personal y universal a todo hombre.
Este es el centro del mensaje de Jesucristo, y es Él quién ha venido a inaugurarlo. Su persona es la referencia y el camino de este Reino. En el encuentro actual con Cristo ya vivimos la vida del Reino de Dios como presencia y esperanza de plenitud hacia la cual estamos en camino.
Cuando Jesucristo quiere definir al Reino de Dios nos habla del Amor a Dios y al prójimo, y cuando nos quiere mostrar su carta o estilo de vida nos enseña las Bienaventuranzas. Este es, precisamente, el evangelio que leemos en la Misa de este día: “Bienaventurados los que tienen alma de pobres, porque a ellos le pertenece el Reino de los Cielos. Bienaventurados los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia. Bienaventurados los afligidos, porque serán consolados.
Bienaventurados lo que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque obtendrán misericordia. Bienaventurados los que tienen un corazón puro, porque verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos” (Mt. 5, 1-12).
Cuando la Iglesia comprueba que una persona ha vivido de acuerdo a este espíritu y en grado superior la declara Santa, es decir, afirma que ya participa en la vida plena del Reino de Dios. Ellos son nuestros amigos que hoy gozan definitivamente junto a Dios del camino y la vida que nos ha comunicado Jesucristo.
A ellos los recordamos, los veneramos y los tenemos como ejemplo. Por ello la Iglesia permite tenerlos como Santos Patronos de nuestras comunidades, parroquias y pueblos. Ellos son para nosotros el testimonio de que han vivido de acuerdo al Evangelio.
Reciban de su Obispo junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en Nuestro Señor Jesucristo.
El próximo 1 de noviembre celebramos la Solemnidad de Todos los Santos. Es una Fiesta que tiene un profundo significado para la vida del hombre. Ella nos recuerda que somos peregrinos en este mundo y que hemos sido creados con destino de eternidad. Celebrar hoy a los santos como hermanos nuestros que ya gozan de la plenitud del encuentro con Dios es reconocer que nosotros, como ellos, estamos en camino hacia un destino trascendente.
No somos parte de un mundo cerrado, nuestra condición espiritual reclama, diría, un estado de vida que no esté sujeto a una muerte sin horizontes. Esta certeza sobre la trascendencia del hombre es compartida, incluso, por pensadores ateos que afirman la espiritualidad del hombre. Los cristianos celebramos con gozo esta verdad de fe que da razón a nuestra esperanza.
La vida eterna, como vida definitiva del hombre, no es algo ajeno a nuestra vida presente. Cuando Jesucristo nos habla de ella lo hace en términos del Reino de Dios, como una realidad ya presente pero que se la vive a la espera de su plenitud. Es decir, hoy participamos de esa vida definitiva a la que estamos llamados y que es una vocación personal y universal a todo hombre.
Este es el centro del mensaje de Jesucristo, y es Él quién ha venido a inaugurarlo. Su persona es la referencia y el camino de este Reino. En el encuentro actual con Cristo ya vivimos la vida del Reino de Dios como presencia y esperanza de plenitud hacia la cual estamos en camino.
Cuando Jesucristo quiere definir al Reino de Dios nos habla del Amor a Dios y al prójimo, y cuando nos quiere mostrar su carta o estilo de vida nos enseña las Bienaventuranzas. Este es, precisamente, el evangelio que leemos en la Misa de este día: “Bienaventurados los que tienen alma de pobres, porque a ellos le pertenece el Reino de los Cielos. Bienaventurados los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia. Bienaventurados los afligidos, porque serán consolados.
Bienaventurados lo que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque obtendrán misericordia. Bienaventurados los que tienen un corazón puro, porque verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos” (Mt. 5, 1-12).
Cuando la Iglesia comprueba que una persona ha vivido de acuerdo a este espíritu y en grado superior la declara Santa, es decir, afirma que ya participa en la vida plena del Reino de Dios. Ellos son nuestros amigos que hoy gozan definitivamente junto a Dios del camino y la vida que nos ha comunicado Jesucristo.
A ellos los recordamos, los veneramos y los tenemos como ejemplo. Por ello la Iglesia permite tenerlos como Santos Patronos de nuestras comunidades, parroquias y pueblos. Ellos son para nosotros el testimonio de que han vivido de acuerdo al Evangelio.
Reciban de su Obispo junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en Nuestro Señor Jesucristo.
Fuente: arbobispado de santa fe
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