El diseñador argentino Benito Fernández apuntó contra Zara y Bad Bunny por el lanzamiento de una nueva colección y anunció acciones legales. La polémica explotó en redes sociales, donde cientos de usuarios reaccionaron con ironías y memes.
Miércoles 29 de Abril de 2015 - 18:36 hs
Costos e impuestos están complicando al libro argentino
Los editores cuentan sus problemas.Las ediciones argentinas se volvieron caras para adentro y poco competitivas para afuera.
La Feria del Libro cuenta con varios halagos a su favor. Que es “el evento cultural más grande de Latinoamérica” o que se trata de “la fiesta de los lectores”. Sin embargo, en el acto inaugural, el presidente de la Fundación El Libro, Martín Gremmelspacher, aseguró: “Un estancamiento de las ventas afecta la rentabilidad de los libreros medianos y pequeños, que no pueden recuperar el IVA de alquileres y del papel porque el libro está exento. Esperamos que las ventas de libros al exterior no sigan perdiendo competitividad y que se deje de exigir el análisis de plomo a los textos de ISBN extranjero”.
El mundo editorial, marcado a la vez por la concentración de decenas de sellos en un mismo grupo económico y por el surgimiento de editoriales independientes, se enfrenta a desafíos versátiles, según la escala de negocios de cada participante.
“No se puede reflexionar en chiquito si no cambian las condiciones macroeconómicas: lo que más afecta en Argentina a la industria del libro es el contexto económico. Un país con este nivel de pobreza y exclusión es poco viable, y eso atañe a las industrias culturales”, explica Damián Tabarovksy, director de Mardulce editora -una editorial mediana-, y agrega: “Se necesita un contexto más tranquilo y, más en lo micro, le sacaría el IVA a los insumos para fabricar libros”.
En la misma dirección, Ezequiel Fanego, editor de la pequeña editorial Caja Negra, asegura: “Los precios argentinos se volvieron menos competitivos en el mundo, especialmente en los últimos dos años. En nuestras primeras ferias teníamos margen para aumentar un poco los precios cuando vendíamos al exterior, y ahora no: el precio del libro argentino es el más alto de la región. Hubo mucho aumento de los costos, especialmente del papel”. Malena Rey, también de Caja Negra, señala otro problema: “Es increíble que algunos libros que podés hojear en el stand de México no los puedas comprar porque están restringidos por la AFIP o por la Aduana”.
“Pude entrar todo lo que quise, pero los trámites se volvieron muy burocráticos. Tuve que hacer los pedidos para la Feria entre diciembre y enero. La Afip pide información, por lo que todo tarda unos dos meses. Otro desafío son los altos costos de papel y de imprenta que hacen que el libro no esté siendo competitivo en el exterior: un libro argentino cuesta entre 25 y 30 dólares, y uno mexicano o español, entre 20 y 22 dólares”, explica Gabriel Waldhuter, presidente de la comisión de Profesionales de la Fundación El Libro y a cargo del stand que lleva su apellido en el que se consiguen más de 5.000 títulos importados –vale la pena para pasar por allí-. Francisco Gorostiaga, editor de libros infantiles en Urano, cuenta: “Hay que mejorar los canales de distribución, pensar cómo hacer para que el libro llegue a todos lados. No darle prioridad sólo a las novedades porque eso hace que otros libros no tengan espacio: para eso hay que generar cierta paciencia en el sector, no sacar un libro de la estantería porque no se vende rápido. Pensar más en el long-seller”.
Juan Ignacio Boido, director editorial en Argentina de un gigante internacional, Penguin Random House, sostiene: “Están abriendo cada vez más puntos de venta de libros: supermercados, farmacias. Hay un público potencialmente lector que, cuando el libro llega a él, se siente interpelado y lo compra, así que un desafío es conseguir que los libros vayan más a otros lados. A la vez, el lector es cada vez menos pasivo respecto de la industria editorial. Los lectores más jóvenes, por ejemplo, piden que se publique a determinado autor, que se lo traiga al país, sobre todo a través de las redes sociales. Hay que saber escuchar esa nueva demanda”.
En medio de la Feria, algunos de sus actores principales piensan en cómo sostener una industria que, como todas, enfrenta complicaciones macroeconómicas y desafíos propios de su época.
El mundo editorial, marcado a la vez por la concentración de decenas de sellos en un mismo grupo económico y por el surgimiento de editoriales independientes, se enfrenta a desafíos versátiles, según la escala de negocios de cada participante.
“No se puede reflexionar en chiquito si no cambian las condiciones macroeconómicas: lo que más afecta en Argentina a la industria del libro es el contexto económico. Un país con este nivel de pobreza y exclusión es poco viable, y eso atañe a las industrias culturales”, explica Damián Tabarovksy, director de Mardulce editora -una editorial mediana-, y agrega: “Se necesita un contexto más tranquilo y, más en lo micro, le sacaría el IVA a los insumos para fabricar libros”.
En la misma dirección, Ezequiel Fanego, editor de la pequeña editorial Caja Negra, asegura: “Los precios argentinos se volvieron menos competitivos en el mundo, especialmente en los últimos dos años. En nuestras primeras ferias teníamos margen para aumentar un poco los precios cuando vendíamos al exterior, y ahora no: el precio del libro argentino es el más alto de la región. Hubo mucho aumento de los costos, especialmente del papel”. Malena Rey, también de Caja Negra, señala otro problema: “Es increíble que algunos libros que podés hojear en el stand de México no los puedas comprar porque están restringidos por la AFIP o por la Aduana”.
“Pude entrar todo lo que quise, pero los trámites se volvieron muy burocráticos. Tuve que hacer los pedidos para la Feria entre diciembre y enero. La Afip pide información, por lo que todo tarda unos dos meses. Otro desafío son los altos costos de papel y de imprenta que hacen que el libro no esté siendo competitivo en el exterior: un libro argentino cuesta entre 25 y 30 dólares, y uno mexicano o español, entre 20 y 22 dólares”, explica Gabriel Waldhuter, presidente de la comisión de Profesionales de la Fundación El Libro y a cargo del stand que lleva su apellido en el que se consiguen más de 5.000 títulos importados –vale la pena para pasar por allí-. Francisco Gorostiaga, editor de libros infantiles en Urano, cuenta: “Hay que mejorar los canales de distribución, pensar cómo hacer para que el libro llegue a todos lados. No darle prioridad sólo a las novedades porque eso hace que otros libros no tengan espacio: para eso hay que generar cierta paciencia en el sector, no sacar un libro de la estantería porque no se vende rápido. Pensar más en el long-seller”.
Juan Ignacio Boido, director editorial en Argentina de un gigante internacional, Penguin Random House, sostiene: “Están abriendo cada vez más puntos de venta de libros: supermercados, farmacias. Hay un público potencialmente lector que, cuando el libro llega a él, se siente interpelado y lo compra, así que un desafío es conseguir que los libros vayan más a otros lados. A la vez, el lector es cada vez menos pasivo respecto de la industria editorial. Los lectores más jóvenes, por ejemplo, piden que se publique a determinado autor, que se lo traiga al país, sobre todo a través de las redes sociales. Hay que saber escuchar esa nueva demanda”.
En medio de la Feria, algunos de sus actores principales piensan en cómo sostener una industria que, como todas, enfrenta complicaciones macroeconómicas y desafíos propios de su época.
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