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Viernes 24 de Abril de 2015 - 17:12 hs
Descubren que la depresión deja marcas en el ADN
Los investigadores se toparon con estas huellas en el material genético casi de forma inesperada pero advirtieron que podría servir para mejorar los tratamientos para este trastorno.
La depresión mayor viene con una firma metabólica inesperada que ofrece una nueva visión de la naturaleza de este trastorno del estado de ánimo tanto en humanos como en ratones. Y esa huella puede ofrecer una forma objetiva de medir y monitorear la salud mental en el nivel molecular, según una investigación, publicada en el último número de Current Biology.
Mientras se centraban en la búsqueda de genes que aumentan el riesgo de depresión en mujeres, un equipo de investigadores de Oxford encontraron que muchas de las mujeres afectadas por este trastorno también tenían detrás experiencia adversa en la infancia, incluido el abuso sexual.
Y además vieron algo bastante inusual en el ADN. Las muestras tomadas de las mujeres con antecedentes de depresión relacionada con el estrés contenían más ADN mitocondrial que los controles, resalta Jonathan Flint, que lidera la investigación. “Nuestro hallazgo más notable es que la cantidad de ADN mitocondrial varíaba en respuesta al estrés“.
Las mitocondrias son las centrales de energía de las células. Y un aumento en el ADN mitocondrial sugiere un cambio en la mitocondria y en la producción de energía celular, aclara Flint. “Vimos un vínculo inesperado entre la producción de energía celular y la depresión mayor,una patología que se clasifica como un trastorno del estado de ánimo.”
“Nos sorprendió la observación de que había una diferencia en el ADN mitocondrial. Hasta el punto de que nos llevó mucho tiempo convencernos a nosotros mismos de que ese hallazgo era real, y no un artefacto de la investigación”, señala Flint.
La huella en los telómeros
El hallazgo impulsó a Flint y su equipo a evaluar otro fenómeno asociado con la depresión en los estudios anteriores. Los telómeros, secuencias de ADN repetidas que “rematan” los extremos de los cromosomas, se acortan con cada división celular (y por tanto su longitud está relacionada con la edad). Los cambios en el metabolismo se han asociado con alteraciones en la tasa de envejecimiento, por lo que los investigadores se preguntaron si podrían ver un cambio en el desgaste de los telómeros también.
Para probar estas hipótesis más, el equipo de Flint se sirvió de ratones de laboratorio que fueron sometidos a cuatro semanas de estrés. Los estudios en ratones demostraron que el estrés causaba ambos cambios (en la tasa de envejecimiento y el acortamiento de los telómeros. Pero además, comprobaron que esos cambios eran parcialmente reversibles y estaban provocados por la la hormona del estrés corticosterona.
Flint dice que los cambios moleculares que observaron podrían reflejar la manera en que el organismo hace frente a los principales factores de estrés ambiental. Cuando el cerebro percibe una amenaza – ya sea la escasez de alimento o una historia de abuso, por ejemplo – puede iniciar una serie de cambios metabólicos de protección. “La depresión podría en cierto sentido considerarse una reacción metabólica al estrés percibido“, argumenta Flint.
Biomarcadores de la depresión
Los investigadores también esperan que los cambios moleculares pueden servir como biomarcadores de estrés y sus consecuencias. Y apuntan, por ejemplo, a que una disminución en los niveles de ADN mitocondrial se podría utilizar como un indicador de éxito de un tratamiento psicológico o farmacológico.
Sin embargo, advierten que de momento su hallazgo no pasa de ser “solo una instantánea de la relación entre los marcadores moleculares y la depresión”. El siguiente paso, “averiguar cómo cambian esos marcadores antes, durante y después de la depresión. Esa información nos dirá mucho acerca de su utilidad clínica.”
La depresión mayor se caracteriza por la presencia de cinco (o más) de los siguientes síntomas durante un período de 2 semanas, que representan un cambio respecto a la actividad previa: estado de ánimo depresivo, pérdida de interés o de la capacidad para el placer; pérdida importante de peso sin régimen o aumento del mismo; insomnio o hipersomnia casi a diario; agitación o enlentecimiento psicomotores; fatiga o pérdida de energía; sentimientos de inutilidad o de culpa excesivos o inapropiados (que pueden ser delirantes); disminución de la capacidad para pensar o concentrarse, o indecisión; pensamientos recurrentes de muerte (no sólo temor a la muerte), o ideación suicida recurrente.
Mientras se centraban en la búsqueda de genes que aumentan el riesgo de depresión en mujeres, un equipo de investigadores de Oxford encontraron que muchas de las mujeres afectadas por este trastorno también tenían detrás experiencia adversa en la infancia, incluido el abuso sexual.
Y además vieron algo bastante inusual en el ADN. Las muestras tomadas de las mujeres con antecedentes de depresión relacionada con el estrés contenían más ADN mitocondrial que los controles, resalta Jonathan Flint, que lidera la investigación. “Nuestro hallazgo más notable es que la cantidad de ADN mitocondrial varíaba en respuesta al estrés“.
Las mitocondrias son las centrales de energía de las células. Y un aumento en el ADN mitocondrial sugiere un cambio en la mitocondria y en la producción de energía celular, aclara Flint. “Vimos un vínculo inesperado entre la producción de energía celular y la depresión mayor,una patología que se clasifica como un trastorno del estado de ánimo.”
“Nos sorprendió la observación de que había una diferencia en el ADN mitocondrial. Hasta el punto de que nos llevó mucho tiempo convencernos a nosotros mismos de que ese hallazgo era real, y no un artefacto de la investigación”, señala Flint.
La huella en los telómeros
El hallazgo impulsó a Flint y su equipo a evaluar otro fenómeno asociado con la depresión en los estudios anteriores. Los telómeros, secuencias de ADN repetidas que “rematan” los extremos de los cromosomas, se acortan con cada división celular (y por tanto su longitud está relacionada con la edad). Los cambios en el metabolismo se han asociado con alteraciones en la tasa de envejecimiento, por lo que los investigadores se preguntaron si podrían ver un cambio en el desgaste de los telómeros también.
Para probar estas hipótesis más, el equipo de Flint se sirvió de ratones de laboratorio que fueron sometidos a cuatro semanas de estrés. Los estudios en ratones demostraron que el estrés causaba ambos cambios (en la tasa de envejecimiento y el acortamiento de los telómeros. Pero además, comprobaron que esos cambios eran parcialmente reversibles y estaban provocados por la la hormona del estrés corticosterona.
Flint dice que los cambios moleculares que observaron podrían reflejar la manera en que el organismo hace frente a los principales factores de estrés ambiental. Cuando el cerebro percibe una amenaza – ya sea la escasez de alimento o una historia de abuso, por ejemplo – puede iniciar una serie de cambios metabólicos de protección. “La depresión podría en cierto sentido considerarse una reacción metabólica al estrés percibido“, argumenta Flint.
Biomarcadores de la depresión
Los investigadores también esperan que los cambios moleculares pueden servir como biomarcadores de estrés y sus consecuencias. Y apuntan, por ejemplo, a que una disminución en los niveles de ADN mitocondrial se podría utilizar como un indicador de éxito de un tratamiento psicológico o farmacológico.
Sin embargo, advierten que de momento su hallazgo no pasa de ser “solo una instantánea de la relación entre los marcadores moleculares y la depresión”. El siguiente paso, “averiguar cómo cambian esos marcadores antes, durante y después de la depresión. Esa información nos dirá mucho acerca de su utilidad clínica.”
La depresión mayor se caracteriza por la presencia de cinco (o más) de los siguientes síntomas durante un período de 2 semanas, que representan un cambio respecto a la actividad previa: estado de ánimo depresivo, pérdida de interés o de la capacidad para el placer; pérdida importante de peso sin régimen o aumento del mismo; insomnio o hipersomnia casi a diario; agitación o enlentecimiento psicomotores; fatiga o pérdida de energía; sentimientos de inutilidad o de culpa excesivos o inapropiados (que pueden ser delirantes); disminución de la capacidad para pensar o concentrarse, o indecisión; pensamientos recurrentes de muerte (no sólo temor a la muerte), o ideación suicida recurrente.
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