Se trata de hombres de 25, 26, 28 y 35 años. Una denuncia de vecinos alertó al 911 por disturbios y cuando llegaron fueron agredidos con piedras y balas.
Viernes 03 de Abril de 2015 - 21:59 hs
Murakami regresa la ficción con siete relatos sobre la soledad
Dos años después de su última publicación de ficción, Haruki Murakami retoma el género con Hombres sin mujeres, siete magníficos relatos en torno a la soledad, la pérdida y el amor, con historias de hombres deshabitados, atormentados o desamparados, un libro atravesado por la singularidad tan propia del japonés, quien vuelve a recordar por qué despertó fanatismo entre los lectores.
"Un buen día, de repente, te conviertes en un hombre sin mujer. Ese día sobreviene de repente, sin mediar el menor indicio o aviso, sin corazonadas ni presentimientos sin llamar a la puerta y sin carraspeos. Al doblar la esquina, te das cuenta de que ya estás allí. Y no puedes dar marcha atrás. Una vez que doblas la esquina, se convierte en tu único mundo. En ese mundo pasan a decir que eres uno de esos `hombres sin mujeres`. Es un plural gélido".
Con esas palabras, extraídas del cuento homónimo al título del libro, Hombres sin mujeres (Tusquets) se podría delinear el hilo conductor de estos siete relatos, acompasados al ritmo de la escritura de un Haruki Murakami más cercano a ese que despertó el fervor de lectores, con obras como Kafka en la orilla, Tokio Blues o Al sur de la frontera, al oeste del Sol.
Es que, escribe el japonés (Kioto, 1949), "sólo los hombres sin mujeres saben cuán doloroso es, cuánto se sufre por ser un hombre sin mujer". Precisamente en ese relato, el último del libro, Murakami cristaliza aquello que sobrevuela en cada una de estas historias mínimas, no el amor, tampoco el dolor ni la tristeza, sino la pérdida.
A la cabeza del ranking de los libros más vendidos en Argentina (la lógica no difiere de otros países, donde este perpetuo candidato al Nobel de Literatura es también best seller asegurado), Murakami regresa así al plano de la ficción después de la novela Los años de peregrinación de un chico sin color (2013), aunque ya con dos volúmenes de relatos en su haber, Sauce ciego, mujer dormida, y Después del terremoto.
Claro que la soledad, ese condimento o, mejor dicho, esa `condición` omnipresente en la obra del japonés más traducido, o más occidental, reaparece con toda su fuerza: son hombres sin mujeres, abandonados, cohibidos, que las perdieron, que no fueron correspondidos, engañados, incapaces, obsesionados, retraídos y hasta martirizados, muchas veces, por su propia debilidad.
Son, como la marca \\'murakamiana\\' obliga, protagonistas que buscan encajar, que intentan un canal de comunicación, algunos merodean por los bares y las calles en el intento constante de dejar atrás los fantasmas; otros sólo pretenden encontrarse a sí mismos, o transformarse en un otro para desandar el sufrimiento, ese que los persigue a pesar de entreverados juegos mentales para neutralizarlo.
Al igual que la búsqueda latente del amor y, cuando éste desaparece, de la soledad que envuelve como una atmósfera, elementos tan propios de la literatura del japonés, en Hombres sin mujeres Murakami vuelve a traer musicalidad a su narración y además del jazz -ese género que lo convoca siempre-, aparecen guiños a los Beatles con dos relatos que llevan por título Yesterday y Drive my car.
También de Las mil y una noches, con una Sherezade para enamorarse (u obsesionarse), a Franz Kafka con la metamorfosis, o los intentos de un hombre de `metamorfosearse`, o en el caso del título a Ernest Hemingway. Sea como sea, en cada relato Murakami llena de referencias esos pequeños mundos construidos en su imaginación y los convierte en cercanos, conocidos, accesibles.
Con este formato corto –aunque ninguno de los textos tiene menos de 20 páginas-, el autor de De qué hablo cuando hablo de correr deja que el tiempo se detenga con relatos como el protagonizado por Tokai, un cirujano con “mal de amores” guiado por la pregunta “qué demonios soy” y que sostiene que las mujeres tienen “un órgano independiente” con una función muy particular, o Kaufuku, un actor viudo que interpreta a Chejov y busca respuestas imposibles de encontrar.
Claro que todos estos hombres son protagonistas, pero en verdad, o en forma ilusoria, fugaz y hasta a veces difusa, son las mujeres las verdaderas protagonistas, son ellas quienes se aparecen en cada momento de sus soledades para atormentarlos, enamorarlos o imposibilitarlos, porque no hay dudas que la vitalidad de estos hombres pasa por ellas.
"Un buen día, de repente, te conviertes en un hombre sin mujer. Ese día sobreviene de repente, sin mediar el menor indicio o aviso, sin corazonadas ni presentimientos sin llamar a la puerta y sin carraspeos. Al doblar la esquina, te das cuenta de que ya estás allí. Y no puedes dar marcha atrás. Una vez que doblas la esquina, se convierte en tu único mundo. En ese mundo pasan a decir que eres uno de esos `hombres sin mujeres`. Es un plural gélido".
Con esas palabras, extraídas del cuento homónimo al título del libro, Hombres sin mujeres (Tusquets) se podría delinear el hilo conductor de estos siete relatos, acompasados al ritmo de la escritura de un Haruki Murakami más cercano a ese que despertó el fervor de lectores, con obras como Kafka en la orilla, Tokio Blues o Al sur de la frontera, al oeste del Sol.
Es que, escribe el japonés (Kioto, 1949), "sólo los hombres sin mujeres saben cuán doloroso es, cuánto se sufre por ser un hombre sin mujer". Precisamente en ese relato, el último del libro, Murakami cristaliza aquello que sobrevuela en cada una de estas historias mínimas, no el amor, tampoco el dolor ni la tristeza, sino la pérdida.
A la cabeza del ranking de los libros más vendidos en Argentina (la lógica no difiere de otros países, donde este perpetuo candidato al Nobel de Literatura es también best seller asegurado), Murakami regresa así al plano de la ficción después de la novela Los años de peregrinación de un chico sin color (2013), aunque ya con dos volúmenes de relatos en su haber, Sauce ciego, mujer dormida, y Después del terremoto.
Claro que la soledad, ese condimento o, mejor dicho, esa `condición` omnipresente en la obra del japonés más traducido, o más occidental, reaparece con toda su fuerza: son hombres sin mujeres, abandonados, cohibidos, que las perdieron, que no fueron correspondidos, engañados, incapaces, obsesionados, retraídos y hasta martirizados, muchas veces, por su propia debilidad.
Son, como la marca \\'murakamiana\\' obliga, protagonistas que buscan encajar, que intentan un canal de comunicación, algunos merodean por los bares y las calles en el intento constante de dejar atrás los fantasmas; otros sólo pretenden encontrarse a sí mismos, o transformarse en un otro para desandar el sufrimiento, ese que los persigue a pesar de entreverados juegos mentales para neutralizarlo.
Al igual que la búsqueda latente del amor y, cuando éste desaparece, de la soledad que envuelve como una atmósfera, elementos tan propios de la literatura del japonés, en Hombres sin mujeres Murakami vuelve a traer musicalidad a su narración y además del jazz -ese género que lo convoca siempre-, aparecen guiños a los Beatles con dos relatos que llevan por título Yesterday y Drive my car.
También de Las mil y una noches, con una Sherezade para enamorarse (u obsesionarse), a Franz Kafka con la metamorfosis, o los intentos de un hombre de `metamorfosearse`, o en el caso del título a Ernest Hemingway. Sea como sea, en cada relato Murakami llena de referencias esos pequeños mundos construidos en su imaginación y los convierte en cercanos, conocidos, accesibles.
Con este formato corto –aunque ninguno de los textos tiene menos de 20 páginas-, el autor de De qué hablo cuando hablo de correr deja que el tiempo se detenga con relatos como el protagonizado por Tokai, un cirujano con “mal de amores” guiado por la pregunta “qué demonios soy” y que sostiene que las mujeres tienen “un órgano independiente” con una función muy particular, o Kaufuku, un actor viudo que interpreta a Chejov y busca respuestas imposibles de encontrar.
Claro que todos estos hombres son protagonistas, pero en verdad, o en forma ilusoria, fugaz y hasta a veces difusa, son las mujeres las verdaderas protagonistas, son ellas quienes se aparecen en cada momento de sus soledades para atormentarlos, enamorarlos o imposibilitarlos, porque no hay dudas que la vitalidad de estos hombres pasa por ellas.
Fuente: telam
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