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Domingo 24 de Noviembre de 2013 - 11:03 hs
Arancedo y la solemnidad de Cristo Rey
Monseñor Arancedo se refirió a la fiesta de Cristo Rey que se celebra este domingo en todo el mundo con la siguiente homilía
Este domingo celebramos la Solemnidad de Cristo Rey con la que se concluye el tiempo ordinario de la liturgia y, además, se clausura el Año de la Fe. Recordemos que se inició el 11 de octubre de 2012, al celebrar los 50 años del Concilio Vaticano II y los 20 años del Catecismo de la Iglesia Católica, para concluirlo en esta solemnidad de Cristo Rey. El Año de la Fe, nos decía el Santo Padre, es: “una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor” (PF. 6).
Ha sido un año de gracia en el que nuestra mirada se enriqueció con el recuerdo y la vivencia del acontecimiento del Concilio Vaticano II, que siempre se nos presenta como: “la gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX. Con el Concilio se nos ha ofrecido una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza” (PF 5). Como un fruto del Concilio nació el Catecismo de la Iglesia Católica, que nos permite alcanzar un conocimiento sistemático del contenido de la fe. Juan Pablo II lo declaró al presentarlo: “como regla segura para la enseñanza de la fe y como instrumento válido y legítimo al servicio de la comunión eclesial” (PF. 11).
En el marco de este año de gracia no podemos dejar de recordar el comienzo del ministerio petrino de nuestro querido Papa Francisco. El lo va clausurar en Roma, nosotros lo haremos en nuestras diócesis. La Iglesia ha vivido y vive este acontecimiento eclesial del ministerio del Santo Padre con una mirada de fe, de gratitud y de compromiso. Es la misma Iglesia fundada por Jesucristo sobre la fe de Pedro y de los Apóstoles, la que vive este hecho con renovado entusiasmo.
En la Iglesia Jesucristo nos ha dejado su presencia en la Palabra y los Sacramentos, que ella como madre lo cuida y nos lo entrega. Esta es su misión. La persona y el ministerio de Pedro, hoy Francisco, forman parte de nuestro sí a Jesucristo: “que es el iniciador y consumador de nuestra fe” (Heb. 12, 2). El mejor regalo que le podemos presentar a Francisco es un renovado compromiso con la vida de comunión, de servicio y de misión en la Iglesia. El quiere un Iglesia humilde y servidora, cercana a nuestros hermanos más necesitados y consciente de que su única riqueza es Jesucristo.
Celebramos a Cristo Rey. Sabemos que su reino no es de este mundo, que se maneja con otras armas, porque no ha venido a ser servido sino para servir. La humildad y la caridad son los rasgos sobresalientes de su reinado. No hay demagogias cuando llama, pide renuncia y no excluye la cruz. Su amor es exigente. Cuando la liturgia busca expresar las notas que definen su reinado nos habla de un: “Reino de la verdad y la vida, Reino de la santidad y la gracia, Reino de justicia, del amor y la paz” (Prefacio de Cristo Rey).
Este Reino no es una utopía inalcanzable sino una realidad que se ha cumplido en Cristo, y a la cual él nos invita. La puerta para ingresar en este Reino no es un estatuto o una doctrina entre otras, sino la persona de Jesucristo.
Reciban de su obispo, junto con mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor
Este domingo celebramos la Solemnidad de Cristo Rey con la que se concluye el tiempo ordinario de la liturgia y, además, se clausura el Año de la Fe. Recordemos que se inició el 11 de octubre de 2012, al celebrar los 50 años del Concilio Vaticano II y los 20 años del Catecismo de la Iglesia Católica, para concluirlo en esta solemnidad de Cristo Rey. El Año de la Fe, nos decía el Santo Padre, es: “una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor” (PF. 6).
Ha sido un año de gracia en el que nuestra mirada se enriqueció con el recuerdo y la vivencia del acontecimiento del Concilio Vaticano II, que siempre se nos presenta como: “la gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX. Con el Concilio se nos ha ofrecido una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza” (PF 5). Como un fruto del Concilio nació el Catecismo de la Iglesia Católica, que nos permite alcanzar un conocimiento sistemático del contenido de la fe. Juan Pablo II lo declaró al presentarlo: “como regla segura para la enseñanza de la fe y como instrumento válido y legítimo al servicio de la comunión eclesial” (PF. 11).
En el marco de este año de gracia no podemos dejar de recordar el comienzo del ministerio petrino de nuestro querido Papa Francisco. El lo va clausurar en Roma, nosotros lo haremos en nuestras diócesis. La Iglesia ha vivido y vive este acontecimiento eclesial del ministerio del Santo Padre con una mirada de fe, de gratitud y de compromiso. Es la misma Iglesia fundada por Jesucristo sobre la fe de Pedro y de los Apóstoles, la que vive este hecho con renovado entusiasmo.
En la Iglesia Jesucristo nos ha dejado su presencia en la Palabra y los Sacramentos, que ella como madre lo cuida y nos lo entrega. Esta es su misión. La persona y el ministerio de Pedro, hoy Francisco, forman parte de nuestro sí a Jesucristo: “que es el iniciador y consumador de nuestra fe” (Heb. 12, 2). El mejor regalo que le podemos presentar a Francisco es un renovado compromiso con la vida de comunión, de servicio y de misión en la Iglesia. El quiere un Iglesia humilde y servidora, cercana a nuestros hermanos más necesitados y consciente de que su única riqueza es Jesucristo.
Celebramos a Cristo Rey. Sabemos que su reino no es de este mundo, que se maneja con otras armas, porque no ha venido a ser servido sino para servir. La humildad y la caridad son los rasgos sobresalientes de su reinado. No hay demagogias cuando llama, pide renuncia y no excluye la cruz. Su amor es exigente. Cuando la liturgia busca expresar las notas que definen su reinado nos habla de un: “Reino de la verdad y la vida, Reino de la santidad y la gracia, Reino de justicia, del amor y la paz” (Prefacio de Cristo Rey).
Este Reino no es una utopía inalcanzable sino una realidad que se ha cumplido en Cristo, y a la cual él nos invita. La puerta para ingresar en este Reino no es un estatuto o una doctrina entre otras, sino la persona de Jesucristo.
Reciban de su obispo, junto con mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor
Fuente: arzobispado de santa fe
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