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Miércoles 11 de Septiembre de 2013 - 20:52 hs
\\"El Diario del Peludo\\": luces y sombras sobre Irigoyen en 1930
El diálogo se establece entre un funcionario del gobierno radical (Fito Yanelli) dedicado a seleccionar las noticias de prensa que luego leerá el mandatario y un canillita con opiniones políticas agudas (Victorio D`Alessandro), donde el tema parece ser el mantenimiento del orden democrático contra el "contubernio" de las fuerzas conservadoras y sediciosas.
Todo sucede en el segundo y trunco mandato de Yrigoyen, apodado "el Peludo" por sus contrincantes en el supuesto de que recluido en la Casa Rosada y sólo rodeado por sus acólitos, se negaba a reconocer un exterior candente.
Ese exterior candente era el propuesto por los medios de comunicación de la época, concretamente el diario Crítica entre otros periódicos, en una intencionalidad a la que no es difícil descubrirle vínculos con estos días.
Así, se vincula la decadencia de aquel gobierno con el desabastecimiento de mercaderías y hasta la caída al Riachuelo de un tranvía lleno de obreros que se dirigía desde Avellaneda a Capital, meses antes del golpe de Uriburu.
Cualquiera puede asociar aquellos fenómenos mediáticos con los contemporáneos, con la diferencia de que el periodismo de 1930 -Natalio Botana conspiró desde su diario para la caída de Yrigoyen- no contaba con la parafernalia comunicacional de hoy.
La pieza incorpora el drama personal del funcionario -muy ortodoxo, muy fanático de las consignas del radicalismo-, engañado por su mujer con un profesor de tango y lo enfrenta con el idealismo del muchacho, al que por su origen judío cataloga livianamente de anarquista.
El personaje tiene sus vaivenes, dista de ser simpático aunque muestre una humanidad tangible, y por momentos se muestra como un cómico de balneario, pero la pieza apoya sobre él una indefinición ideológica que la coloca en un peligroso filo de navaja.
A Yrigoyen se le pueden reprochar cosas serias -Osvaldo Bayer lo responsabiliza del fusilamiento de 1.500 obreros en la Patagonia- pero es difícil creer que haya atentado contra la "libertad de prensa" secuestrando paquetes de diarios en boca de las rotativas.
Esa fantasía vincula los hechos desestabilizadores que iniciaron la etapa militar de la política argentina con las nuevas estrategias comunicacionales, que quizá una platea demasiado permeable puede recibir como un pase libre para el festejo.
Las cosas se aclaran sobre el final, aunque el joven presuntamente ácrata se sorprenda por el apoyo popular a los militares que avanzan sobre la Casa Rosada en aquel funesto 6 de septiembre, cuando el funcionario pronuncia una metáfora sobre el porvenir inmediato, pero quizá sea un poco tarde para el espectáculo.
El director Gonzalo De María deja correr bien su propio texto en el difícil escenario de El Camarín, mucho más ancho que profundo, y sitúa la acción hacia los extremos, con un eficiente Yanelli en un personaje servido a su estilo y la sensible presencia de D`Alessandro.
Todo sucede en el segundo y trunco mandato de Yrigoyen, apodado "el Peludo" por sus contrincantes en el supuesto de que recluido en la Casa Rosada y sólo rodeado por sus acólitos, se negaba a reconocer un exterior candente.
Ese exterior candente era el propuesto por los medios de comunicación de la época, concretamente el diario Crítica entre otros periódicos, en una intencionalidad a la que no es difícil descubrirle vínculos con estos días.
Así, se vincula la decadencia de aquel gobierno con el desabastecimiento de mercaderías y hasta la caída al Riachuelo de un tranvía lleno de obreros que se dirigía desde Avellaneda a Capital, meses antes del golpe de Uriburu.
Cualquiera puede asociar aquellos fenómenos mediáticos con los contemporáneos, con la diferencia de que el periodismo de 1930 -Natalio Botana conspiró desde su diario para la caída de Yrigoyen- no contaba con la parafernalia comunicacional de hoy.
La pieza incorpora el drama personal del funcionario -muy ortodoxo, muy fanático de las consignas del radicalismo-, engañado por su mujer con un profesor de tango y lo enfrenta con el idealismo del muchacho, al que por su origen judío cataloga livianamente de anarquista.
El personaje tiene sus vaivenes, dista de ser simpático aunque muestre una humanidad tangible, y por momentos se muestra como un cómico de balneario, pero la pieza apoya sobre él una indefinición ideológica que la coloca en un peligroso filo de navaja.
A Yrigoyen se le pueden reprochar cosas serias -Osvaldo Bayer lo responsabiliza del fusilamiento de 1.500 obreros en la Patagonia- pero es difícil creer que haya atentado contra la "libertad de prensa" secuestrando paquetes de diarios en boca de las rotativas.
Esa fantasía vincula los hechos desestabilizadores que iniciaron la etapa militar de la política argentina con las nuevas estrategias comunicacionales, que quizá una platea demasiado permeable puede recibir como un pase libre para el festejo.
Las cosas se aclaran sobre el final, aunque el joven presuntamente ácrata se sorprenda por el apoyo popular a los militares que avanzan sobre la Casa Rosada en aquel funesto 6 de septiembre, cuando el funcionario pronuncia una metáfora sobre el porvenir inmediato, pero quizá sea un poco tarde para el espectáculo.
El director Gonzalo De María deja correr bien su propio texto en el difícil escenario de El Camarín, mucho más ancho que profundo, y sitúa la acción hacia los extremos, con un eficiente Yanelli en un personaje servido a su estilo y la sensible presencia de D`Alessandro.
Fuente: Telam
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