El Tatengue ajusta detalles en la previa del duelo contra el Fortín. Dudas en ataque, cambios en el esquema y una sola certeza: no puede fallar si quiere seguir en zona de playoffs
Miércoles 11 de Septiembre de 2013 - 09:35 hs
Raphael en seis noches en Madrid
Pues eso, tal y como él mismo pregunta en cada uno de sus shows: ¿qué sabe nadie? ¿Qué sabe nadie de nadie ni de nada, a pesar de las inacabables legiones de todólogos pululando por las calles, por los taxis, por las tabernas, por los estadios, por las redacciones y por los teatros? ¿Qué sabe nadie de todos nosotros, teniendo en cuenta que cada día nos escondemos más, y más que nos vamos a esconder? Y, atención, ¿qué sabe nadie de este señor embutido en negro que acaba de zambullirse en escena como si fuera Antoñete en la vuelta al ruedo tras matar al toro blanco?
Tantos años después, tal que 53, ¿qué sabemos de Raphael, que sigue cantando al mundo su arsenal de quimeras, amores, desastres del alma y guerras de los sentimientos? Poco, solo lo que el mito misterioso deja entrever, aunque lo haga a golpe de estruendo y de susurro. Raphael destilado en seis noches madrileñas: el de siempre, lo de siempre, para los de siempre, que le reclaman exactamente eso, lo de siempre, para qué experimentar con la gaseosa a estas alturas de curso, cuando se es un asidero inconfundible de cierta España en tiempos en los que los asideros, nadie lo negará, ya vienen escaseando.
Raphael ayer, corregido y aumentado: 41 canciones sobre el escenario del Teatro de La Zarzuela, uno de sus refugios preferidos, “donde todo empezó”, aclaró. Tres horas lanzando alaridos —despejen dudas: 70 años, sí; la voz permanece, sí—, confesando derrotas, celebrando la vida. La vida le ha ido bien a Rafael Martos desde que hace cuarenta añazos le dijo al baranda de su discográfica que quería ponerse en el Rafael el premonitorio, y desde luego nada neutro, ph, porque quería ser internacional y cosmogónico. Lo es en cierto modo: un mundo en sí mismo. También es la quintaesencia de una españolidad entendida como racial, desastrosa, caótica, insoportable por tiempos, irresistible a ratos, realmente increíble, en el sentido de ver a Raphael sobre un escenario y no creerse uno lo que está viendo.
No existe nada imposible para el que sabe luchar, canta este animal escénico, este fenómeno paranormal digno de tesis doctoral que ayer puso patas arriba el patio de butacas, los anfiteatros, las plateas, los pasillos y hasta los excusados del templo lírico y chico de la calle de Jovellanos. El primer segmento del capítulo madrileño (hasta el domingo) de la gira Mi gran noche era, de entrada, desde sus primeros compases y sus primeras luces, eso: un delantero centro poniendo el balón en el punto de penalti con el portero desmayado y dispuesto a dejarse meter todos los goles del mundo. No sabemos si Raphael cuenta sus actuaciones por orgasmos, que dirían Mick Jagger y compañía, pero a veces lo parece. Su público, el de ayer, sin ir más lejos, desde luego parecía sumido en uno perenne, de tres horas, vaya, vaya.
Todo empezó con Si ha de ser así y todo acabó con Como yo te amo. En medio, cuatro decenas de canciones como cuatro estallidos. Y todos o casi todos (curioso: se dejó en el tintero el Yo soy aquel) sus hits. Digan lo que digan, Estuve enamorado, En carne viva, Escándalo, Desde aquel día, Poco a poco… Invariablemente, el público se levantaba de su butaca como catapultas, impulsadas por Raphael, que miraba desde su atalaya las banderolas españolas y las banderolas rusas, los carteles de “Te quiero” y las cintas de “Raphael.com”, los móviles inmortalizándole, las abuelas dando palmas, las familias enteras bailando al son de la noche, de una noche de es-cán-da-lo en el alargado final del verano.
Y toda la panoplia gestual de esas manos pequeñitas y esa melena al viento: desplantes, miradas de reojo, indiferencias, andares toreros, cara de embeleso… cantando andando, o sentado sobre el piano, o en una silla, o en un sillón de ruedas, correteando por el escenario, desplegando sus coreografías de siempre, el molinete de los dedos, el cimbreo de las caderas, la mirada en trance, los amagos de llorar.
Una big band de calidad (guitarra, bajo, piano, trompeta, trombón…) arropó al artista, que en varias ocasiones se dirigió al patio de butacas para confesar “qué bien se está en casa”, después de un agotador periplo por América y un no menos agotador verano español.
Los asideros no abundan. Raphael es uno: ofrece al mismo tiempo certezas y embrujo. Estando como están las cosas, ese es un mérito indiscutible que hay que concederle a este señor. Su público lo sabe. Y se agarra. Aunque, tratándose de Rafael Martos, ¿qué sabe nadie?
Tantos años después, tal que 53, ¿qué sabemos de Raphael, que sigue cantando al mundo su arsenal de quimeras, amores, desastres del alma y guerras de los sentimientos? Poco, solo lo que el mito misterioso deja entrever, aunque lo haga a golpe de estruendo y de susurro. Raphael destilado en seis noches madrileñas: el de siempre, lo de siempre, para los de siempre, que le reclaman exactamente eso, lo de siempre, para qué experimentar con la gaseosa a estas alturas de curso, cuando se es un asidero inconfundible de cierta España en tiempos en los que los asideros, nadie lo negará, ya vienen escaseando.
Raphael ayer, corregido y aumentado: 41 canciones sobre el escenario del Teatro de La Zarzuela, uno de sus refugios preferidos, “donde todo empezó”, aclaró. Tres horas lanzando alaridos —despejen dudas: 70 años, sí; la voz permanece, sí—, confesando derrotas, celebrando la vida. La vida le ha ido bien a Rafael Martos desde que hace cuarenta añazos le dijo al baranda de su discográfica que quería ponerse en el Rafael el premonitorio, y desde luego nada neutro, ph, porque quería ser internacional y cosmogónico. Lo es en cierto modo: un mundo en sí mismo. También es la quintaesencia de una españolidad entendida como racial, desastrosa, caótica, insoportable por tiempos, irresistible a ratos, realmente increíble, en el sentido de ver a Raphael sobre un escenario y no creerse uno lo que está viendo.
No existe nada imposible para el que sabe luchar, canta este animal escénico, este fenómeno paranormal digno de tesis doctoral que ayer puso patas arriba el patio de butacas, los anfiteatros, las plateas, los pasillos y hasta los excusados del templo lírico y chico de la calle de Jovellanos. El primer segmento del capítulo madrileño (hasta el domingo) de la gira Mi gran noche era, de entrada, desde sus primeros compases y sus primeras luces, eso: un delantero centro poniendo el balón en el punto de penalti con el portero desmayado y dispuesto a dejarse meter todos los goles del mundo. No sabemos si Raphael cuenta sus actuaciones por orgasmos, que dirían Mick Jagger y compañía, pero a veces lo parece. Su público, el de ayer, sin ir más lejos, desde luego parecía sumido en uno perenne, de tres horas, vaya, vaya.
Todo empezó con Si ha de ser así y todo acabó con Como yo te amo. En medio, cuatro decenas de canciones como cuatro estallidos. Y todos o casi todos (curioso: se dejó en el tintero el Yo soy aquel) sus hits. Digan lo que digan, Estuve enamorado, En carne viva, Escándalo, Desde aquel día, Poco a poco… Invariablemente, el público se levantaba de su butaca como catapultas, impulsadas por Raphael, que miraba desde su atalaya las banderolas españolas y las banderolas rusas, los carteles de “Te quiero” y las cintas de “Raphael.com”, los móviles inmortalizándole, las abuelas dando palmas, las familias enteras bailando al son de la noche, de una noche de es-cán-da-lo en el alargado final del verano.
Y toda la panoplia gestual de esas manos pequeñitas y esa melena al viento: desplantes, miradas de reojo, indiferencias, andares toreros, cara de embeleso… cantando andando, o sentado sobre el piano, o en una silla, o en un sillón de ruedas, correteando por el escenario, desplegando sus coreografías de siempre, el molinete de los dedos, el cimbreo de las caderas, la mirada en trance, los amagos de llorar.
Una big band de calidad (guitarra, bajo, piano, trompeta, trombón…) arropó al artista, que en varias ocasiones se dirigió al patio de butacas para confesar “qué bien se está en casa”, después de un agotador periplo por América y un no menos agotador verano español.
Los asideros no abundan. Raphael es uno: ofrece al mismo tiempo certezas y embrujo. Estando como están las cosas, ese es un mérito indiscutible que hay que concederle a este señor. Su público lo sabe. Y se agarra. Aunque, tratándose de Rafael Martos, ¿qué sabe nadie?
Fuente: elpais.com
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