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Domingo 21 de Abril de 2013 - 00:39 hs
Arancedo y el buen pastor
Actualizado: Martes 08 de Marzo de 2016 - 07:22 hs
Monseñor José María Arancedo dedicó su homilía semanal a la figura del buen pastor en estos términos:
En este 4° domingo de Pascua leemos el evangelio del Buen Pastor (Jn. 10). Es una de las figuras más hermosas y significativas con las que Jesucristo se nos presenta. Él es el Buen Pastor. En ella nos muestra de un modo claro como debe ser la tarea y el estilo de vida de quienes son llamados a asumir su misión de pastores en la Iglesia. Es el domingo, por ello, dedicado a la oración por las vocaciones sacerdotales y consagradas. La vocación nace de un llamado, es decir, su origen está en quién llama.
No se trata primero de mi elección, como si fuera una carrera que yo elijo, sino de descubrir un llamado. Esto implica un clima de oración y de discernimiento para escuchar y ver el llamado, que se puede manifestar de diversas maneras. Puede ser por el testimonio de vida de un sacerdote o de una persona consagrada; el descubrir la necesidad del ministerio del sacerdote al servicio de la gente; ver la urgencia de la tarea misionera en el mundo o el deseo de entregarme totalmente a Jesucristo para que él disponga de mí.
Por ser un llamado que tiene su origen en Dios para continuar la obra de Jesucristo en el mundo, debe tener dos notas que no pueden faltar. La primera es consagrarse a Dios, ello implica que Dios se convierta en el centro de mi vida. El nos diría, como le dijo a sus padres: “debo ocuparme en las cosas de mi Padre” (Lc. 2, 49). Esto significa un dejar de pertenecerme en un sentido, para estar dedicado a la obra de Dios. Aquí aparece el aspecto de renuncia a muchas cosas, pero que sólo es posible comprenderlo y vivirlo cuando se ha encontrado ese tesoro que da sentido a mi vida.
No se comienza por la renuncia sino por ser captado por ese llamado que ya no puedo desatender. Este es el primer aspecto. El segundo mira a la misión, pero a la misión de Jesucristo, no a mis proyectos. Para esto he venido, nos dice: “para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia” (Jn. 10, 10). El seguir a Jesucristo es asumir su vida y misión. Cuando descubro que esto es un valor para mí, es el comienzo de una vocación.
Al hablarles a los sacerdotes en la Misa Crismal les decía que la fuente de nuestro ministerio es contemplar a Jesucristo, el Buen Pastor, y les recordaba algunos rasgos tomados de las Sagradas Escrituras (cfr. Jn. 10 y Ez. 34), que hoy quiero compartir con ustedes. El Pastor, les decía, va adelante, es un referente que atrae, esto exige presencia y testimonio. Conoce por su nombre a los fieles y los congrega, es un hombre cercano, de diálogo y unidad. Defiende y alimenta a su rebaño, es hombre de la Palabra que enseña con autoridad y comunica la Vida de Dios.
Cura a las enfermas, sana a la que está herida, es hombre del consuelo, del perdón y la reconciliación. Busca a la perdida o alejada y la carga sobre sus hombros. Tiene preferencia por las más pobres y necesitadas. Da la vida, gasta su existencia en la entrega. Podríamos resumir esta imagen, concluía, tomando la bella frase de san Agustín: “officium amoris”, es decir, es una cuestión de amor el oficio de apacentar la grey del Señor. ¡Qué necesario es que el tema de la vocación encuentre espacio y aprecio en nuestras familias y comunidades!
Esperando que este fin de semana elevemos nuestra oración por las vocaciones consagradas y sacerdotales, reciban mi bendición en Cristo el Buen Pastor.
En este 4° domingo de Pascua leemos el evangelio del Buen Pastor (Jn. 10). Es una de las figuras más hermosas y significativas con las que Jesucristo se nos presenta. Él es el Buen Pastor. En ella nos muestra de un modo claro como debe ser la tarea y el estilo de vida de quienes son llamados a asumir su misión de pastores en la Iglesia. Es el domingo, por ello, dedicado a la oración por las vocaciones sacerdotales y consagradas. La vocación nace de un llamado, es decir, su origen está en quién llama.
No se trata primero de mi elección, como si fuera una carrera que yo elijo, sino de descubrir un llamado. Esto implica un clima de oración y de discernimiento para escuchar y ver el llamado, que se puede manifestar de diversas maneras. Puede ser por el testimonio de vida de un sacerdote o de una persona consagrada; el descubrir la necesidad del ministerio del sacerdote al servicio de la gente; ver la urgencia de la tarea misionera en el mundo o el deseo de entregarme totalmente a Jesucristo para que él disponga de mí.
Por ser un llamado que tiene su origen en Dios para continuar la obra de Jesucristo en el mundo, debe tener dos notas que no pueden faltar. La primera es consagrarse a Dios, ello implica que Dios se convierta en el centro de mi vida. El nos diría, como le dijo a sus padres: “debo ocuparme en las cosas de mi Padre” (Lc. 2, 49). Esto significa un dejar de pertenecerme en un sentido, para estar dedicado a la obra de Dios. Aquí aparece el aspecto de renuncia a muchas cosas, pero que sólo es posible comprenderlo y vivirlo cuando se ha encontrado ese tesoro que da sentido a mi vida.
No se comienza por la renuncia sino por ser captado por ese llamado que ya no puedo desatender. Este es el primer aspecto. El segundo mira a la misión, pero a la misión de Jesucristo, no a mis proyectos. Para esto he venido, nos dice: “para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia” (Jn. 10, 10). El seguir a Jesucristo es asumir su vida y misión. Cuando descubro que esto es un valor para mí, es el comienzo de una vocación.
Al hablarles a los sacerdotes en la Misa Crismal les decía que la fuente de nuestro ministerio es contemplar a Jesucristo, el Buen Pastor, y les recordaba algunos rasgos tomados de las Sagradas Escrituras (cfr. Jn. 10 y Ez. 34), que hoy quiero compartir con ustedes. El Pastor, les decía, va adelante, es un referente que atrae, esto exige presencia y testimonio. Conoce por su nombre a los fieles y los congrega, es un hombre cercano, de diálogo y unidad. Defiende y alimenta a su rebaño, es hombre de la Palabra que enseña con autoridad y comunica la Vida de Dios.
Cura a las enfermas, sana a la que está herida, es hombre del consuelo, del perdón y la reconciliación. Busca a la perdida o alejada y la carga sobre sus hombros. Tiene preferencia por las más pobres y necesitadas. Da la vida, gasta su existencia en la entrega. Podríamos resumir esta imagen, concluía, tomando la bella frase de san Agustín: “officium amoris”, es decir, es una cuestión de amor el oficio de apacentar la grey del Señor. ¡Qué necesario es que el tema de la vocación encuentre espacio y aprecio en nuestras familias y comunidades!
Esperando que este fin de semana elevemos nuestra oración por las vocaciones consagradas y sacerdotales, reciban mi bendición en Cristo el Buen Pastor.
Fuente: arzobispado de santa fe
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