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Martes 25 de Diciembre de 2012 - 23:47 hs
El mensaje de monseñor Arancedo
Este es el mensaje navideño de José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe
Celebramos en Navidad el misterio central de la fe cristiana que es el amor de Dios hecho persona en su Hijo. El niño de Belén es Dios con nosotros. Es Dios que no nos abandona, sino que asume nuestra vida y nuestra historia, para que encontremos el camino de la vida y el amor.
Las distancias se acortan. Lo que nos parece imposible, desde la humildad del pesebre se nos presenta como algo posible y cercano. Diría que Navidad es el comienzo de una vida abierta a la esperanza de un mundo nuevo. Esta esperanza no es, por otra parte, una utopía irrealizable sino una certeza que da sentido a la vida del hombre en este mundo.
Hay dos ámbitos donde esta esperanza está llamada a realizarse. El primero es nuestra propia vida y sus relaciones. Luego, como una consecuencia lógica de este encuentro personal con el mensaje de Navidad, nuestra sociedad. Quedarnos como espectadores de este acontecimiento es desconocer su riqueza y no sentirnos destinatarios de su mensaje. Descubrirme, en cambio, como parte de este diálogo de Dios con el hombre, a través de Jesucristo, es comprender su significado más profundo.
En una cultura acostumbrada al “zapping” corremos el peligro de tener una mirada superficial de lo que celebramos. El mensaje de Navidad es la Paz, pero no sólo como ausencia de conflictos, sino como el fruto de una vida que al encontrarse con Jesucristo descubre su condición de hijo de Dios y la certeza de que todo hombre es mi hermano.
La paz es posible. Ella es don y fruto, por ello necesita de nuestra tarea. En este contexto de Navidad no podemos dejar de pensar en las muchas situaciones que atentan contra la paz, y que son un signo de nuestra fragilidad social, cultural y política. Pienso en la inseguridad y el no respeto por la vida, que es un trágico camino hacia la muerte. En la droga y la trata de personas, que son parte de un negocio sucio que es una afrenta a la dignidad del hombre y la mujer.
Existe, en ello, un silencio cínico y la complicidad de una falsa concepción de la libertad que desconoce su relación con los valores y su referencia al bien común. Además, la realidad e hipoteca de muchos jóvenes que no estudian ni trabajan, esto también compromete la paz y la equidad social. No alcanza con conocer estadísticas, si ellas no nos movilizan a tomar actitudes superadoras.
Más allá de las justas diferencias los argentinos debemos encontrarnos en el marco de pertenencia de una madura amistad social y como miembros de una misma comunidad, superando la pequeñez de enfrentamientos que descalifican y no construyen. Es necesario generar contextos de encuentro, de respeto y de diálogo, que nos permitan dar respuesta a los verdaderos problemas que hacen al desarrollo integral del hombre.
Señor, que al acercarnos al pesebre nos sintamos destinatarios de tu amor y protagonistas de tu mensaje para juntos construir una Patria de hermanos. Reciban de su obispo junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Niño de Belén.
Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz
Celebramos en Navidad el misterio central de la fe cristiana que es el amor de Dios hecho persona en su Hijo. El niño de Belén es Dios con nosotros. Es Dios que no nos abandona, sino que asume nuestra vida y nuestra historia, para que encontremos el camino de la vida y el amor.
Las distancias se acortan. Lo que nos parece imposible, desde la humildad del pesebre se nos presenta como algo posible y cercano. Diría que Navidad es el comienzo de una vida abierta a la esperanza de un mundo nuevo. Esta esperanza no es, por otra parte, una utopía irrealizable sino una certeza que da sentido a la vida del hombre en este mundo.
Hay dos ámbitos donde esta esperanza está llamada a realizarse. El primero es nuestra propia vida y sus relaciones. Luego, como una consecuencia lógica de este encuentro personal con el mensaje de Navidad, nuestra sociedad. Quedarnos como espectadores de este acontecimiento es desconocer su riqueza y no sentirnos destinatarios de su mensaje. Descubrirme, en cambio, como parte de este diálogo de Dios con el hombre, a través de Jesucristo, es comprender su significado más profundo.
En una cultura acostumbrada al “zapping” corremos el peligro de tener una mirada superficial de lo que celebramos. El mensaje de Navidad es la Paz, pero no sólo como ausencia de conflictos, sino como el fruto de una vida que al encontrarse con Jesucristo descubre su condición de hijo de Dios y la certeza de que todo hombre es mi hermano.
La paz es posible. Ella es don y fruto, por ello necesita de nuestra tarea. En este contexto de Navidad no podemos dejar de pensar en las muchas situaciones que atentan contra la paz, y que son un signo de nuestra fragilidad social, cultural y política. Pienso en la inseguridad y el no respeto por la vida, que es un trágico camino hacia la muerte. En la droga y la trata de personas, que son parte de un negocio sucio que es una afrenta a la dignidad del hombre y la mujer.
Existe, en ello, un silencio cínico y la complicidad de una falsa concepción de la libertad que desconoce su relación con los valores y su referencia al bien común. Además, la realidad e hipoteca de muchos jóvenes que no estudian ni trabajan, esto también compromete la paz y la equidad social. No alcanza con conocer estadísticas, si ellas no nos movilizan a tomar actitudes superadoras.
Más allá de las justas diferencias los argentinos debemos encontrarnos en el marco de pertenencia de una madura amistad social y como miembros de una misma comunidad, superando la pequeñez de enfrentamientos que descalifican y no construyen. Es necesario generar contextos de encuentro, de respeto y de diálogo, que nos permitan dar respuesta a los verdaderos problemas que hacen al desarrollo integral del hombre.
Señor, que al acercarnos al pesebre nos sintamos destinatarios de tu amor y protagonistas de tu mensaje para juntos construir una Patria de hermanos. Reciban de su obispo junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Niño de Belén.
Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz
Fuente: arzobispado de santa fe
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