Locales - Memoria de cine

Jueves 24 de Septiembre de 2026 - 11:47 hs

Cuando Santa Fe iba al cine: la historia detrás de sus grandes salas

Juan Villias reconstruyó por LT10 la vida de su abuelo, Constantino Karakachanis, el inmigrante griego que pasó de vender “pastilli” en las veredas a administrar numerosas salas.

Actualizado: Jueves 24 de Septiembre de 2026 - 11:57 hs

Hubo un tiempo en que ir al cine comenzaba mucho antes de que se apagaran las luces. Las veredas se llenaban de familias, parejas y chicos que esperaban la función frente a enormes marquesinas. En las salas, el murmullo desaparecía cuando se abría el telón y la luz del proyector atravesaba la oscuridad.

Santa Fe estaba entonces poblada de cines. El Gran Rex, el Doré, el Avenida, el Moderno, el Mayo, el Ópera, el Luxor, el Esperancino y el General Paz fueron algunos de los nombres que acompañaron la vida cultural de la ciudad. Detrás de muchas de aquellas salas estuvo la familia de Constantino Karakachanis, un inmigrante griego que comenzó vendiendo golosinas en sus puertas.

Su nieto, Juan Villias, reconstruyó por LT10 una historia familiar que también pertenece a la memoria colectiva santafesina. Karakachanis llegó a la Argentina con un pasaporte que indicaba como profesión “agricultor” y, desde Buenos Aires, tomó un tren que lo llevó hasta Reconquista.

Allí permaneció cerca de tres meses, trabajando en lo que podía. El calor, los mosquitos y un clima demasiado diferente al de las montañas griegas terminaron afectando su salud. “Él no aguantaba más, el clima, los mosquitos, todo eso le hacía muy mal”, recordó Villias.

Constantino volvió a subir al tren y el azar lo depositó en Santa Fe durante la década de 1940. Sus primeros días transcurrieron debajo del ombú de Plaza España, donde llegó a dormir mientras buscaba changas y reunía algunas monedas.

Con un cajón de madera, un poco de papel y una soga que colgaba de sus hombros, comenzó a recorrer las puertas de los cines. Vendía pastillas entre una función y otra. Como no lograba pronunciar correctamente la palabra, las ofrecía como “pastilli”.

“Él no se perdía ninguna entrada ni salida de cine: iba a uno, iba al otro, tenía los horarios”, relató su nieto. Sin saberlo, mientras esperaba a los espectadores en las veredas, también aprendía cómo funcionaba un negocio que años más tarde transformaría la vida de toda su familia.

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El negocio de los premios

Después de vivir en una pensión, Karakachanis logró abrir un comercio de golosinas en la esquina de San Luis y Catamarca. Allí vendía unas cajas de chocolates que escondían premios como bicicletas, máquinas de coser y pelotas de fútbol.

La fortuna quiso que varios de esos premios aparecieran en los productos vendidos por Constantino. “Empezaron a salir premios y se empezó a difundir que los premios salían de ese negocio, del negocio de mi abuelo”, contó Villias.

La noticia circuló rápidamente y el pequeño comercio comenzó a recibir cada vez más clientes. Hubo suerte, pero también años de esfuerzo y una mirada atenta sobre el movimiento que generaban las salas cinematográficas.

Con sus hijos ya radicados en Santa Fe, Karakachanis comenzó a alquilar y administrar cines. La familia llegó a estar vinculada con ocho o nueve establecimientos, entre ellos el Avenida, el Gran Rex, el Doré, el Moderno, el Mayo, el Ópera y el Luxor.

Una sala nacida para el cine

El General Paz ocupó un lugar especial dentro de esa historia. A diferencia de otros espacios adaptados para proyectar películas, fue construido desde sus cimientos como cine.

“El cine se hizo de cero, o sea, se compró un terreno baldío y se edificó de cero”, explicó Villias. Según remarcó, “fue una sala cinematográfica pensada de origen para cine”, con máquinas y tecnología modernas para su época.

El padre de Juan, en tanto, estuvo al frente del cine Esperancino, ubicado en Boulevard Gálvez y Marcial Candioti, desde los años 60 hasta 1974. Allí, como en tantas otras salas, el cine era mucho más que una actividad comercial.

Los domingos por la mañana se organizaban matinés solidarias para ayudar a escuelas que necesitaban financiar una ampliación, una remodelación o un viaje. Se proyectaban películas de Los Tres Chiflados y cortos cómicos desde las 9 hasta el mediodía.

“Se cobraban los gastos solamente y se vendían las entradas para el beneficio”, recordó Villias. En los días patrios también se entonaba el Himno Nacional y se proyectaban imágenes de los próceres.

Durante Semana Santa, la cartelera quedaba reservada para películas religiosas. En otros días, las salas modificaban su perfil y ofrecían títulos destinados a públicos específicos. Cada cine tenía su identidad, sus espectadores habituales y hasta sus propios códigos.

Las últimas filas, por ejemplo, eran elegidas por las parejas jóvenes que buscaban algo de intimidad. “Históricamente, las butacas de atrás siempre han sido un refugio de noviecitos”, evocó Villias.

Cuando se cortaba la película

Antes de la proyección digital, las películas llegaban guardadas en bolsas y divididas en carretes metálicos. Las cintas de celuloide circulaban de una ciudad a otra porque no existían tantas copias de cada título.

En la cabina trabajaban dos proyectores de manera simultánea. El operador debía pasar de uno a otro sin que el público advirtiera el cambio, aunque algunas veces la cinta se cortaba y la pantalla quedaba repentinamente sin imágenes.

Entonces comenzaban los silbidos, los gritos y los insultos. “Provocaba, por supuesto, que el público silbara, que gritara”, recordó. La cinta debía empalmarse con pegamento y volver a colocarse en funcionamiento.

Si el material estaba dañado, era necesario quitar una parte. “Había veces que vos en un tramo de película tenías que sacrificar un metro o dos metros de película”, explicó. Por eso, algunas escenas terminaban de manera abrupta y la historia continuaba varios segundos más adelante.

Los estrenos llegaban por etapas

Las salas estaban divididas en diferentes categorías. Los grandes estrenos de Hollywood llegaban primero a los cines del centro considerados de primera línea. Después recorrían los establecimientos de los barrios.

“Una vez que se habían proyectado en las salas del centro, se proyectaban en las salas de los barrios”, señaló Villias. Muchos santafesinos esperaban ese momento porque las entradas eran más económicas y podían disfrutar de la película cerca de sus casas.

Cada función tenía algo de acontecimiento colectivo. Las salas reunían a vecinos que se conocían, chicos que asistían a las matinés y parejas que convertían la oscuridad en escenario de sus primeros besos.

La luz comenzó a apagarse

Aquella época tuvo dos grandes finales. El primero llegó entre 1965 y 1966, cuando la televisión comenzó a ingresar masivamente en los hogares. Villias aseguró que su aparición “provocó un cierre masivo de cines” y redujo de manera considerable la cantidad de espectadores.

Muchas salas dejaron de ser rentables. Algunas cambiaron de propietarios, otras fueron vendidas y varias terminaron cerrando definitivamente. Los edificios adoptaron nuevos usos, aunque conservaron durante años las huellas de lo que habían sido.

La segunda crisis llegó con los videoclubes y las videocaseteras. Las películas podían alquilarse y verse en casa, sin horarios ni traslados. Las pocas salas tradicionales que habían sobrevivido comenzaron a desaparecer.

“Los cines desaparecieron y volvieron a resurgir en otro formato, como lo vemos en los shopping ahora”, resumió Villias.

Pero antes de los complejos modernos hubo otra ciudad. Una Santa Fe de marquesinas iluminadas, entradas de papel, proyectores ruidosos y cintas que podían cortarse en el momento más esperado. En el comienzo de esa historia aparece Constantino Karakachanis, el inmigrante que dormía bajo un ombú y vendía “pastilli” sin imaginar que algún día su apellido quedaría unido para siempre a los cines santafesinos.

Audio: Escuchá la entrevista de Juan Villias

Fuente: LT10

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