Cada 29 de abril pensamos de qué manera contar historias, escuchamos una y otra vez los testimonios de nuestra radio, repasamos imágenes y repasamos vivencias. El objetivo es el mismo, la memoria, la justicia, la historia, eso que el agua no pudo llevarse.
Daniela Sánchez hoy tiene 31 años y está radicada en Neuquén, pero cuando el Salado se coló en las calles de la ciudad tenía ocho años y vivía en barrio Chalet.
Hoy, 23 años después, recuerda: “Era muy pequeña pero me acuerdo de todo. Fue una situación que nos sobrepasó a todos. Vivíamos en barrio Chalet, a dos cuadras de la cancha de Colón, es un barrio naturalmente bajo, por lo que fue uno de los últimos barrios en los que se fue el agua. Mi abuela vive en Villa del Parque, fue uno de los primeros barrios que se inundó. Mi papá supo leer lo que iba a pasar y fue a sacar a su madre. Después nos sacó a nosotras”.
La memoria no le falla y también se acuerda de lo que rescató: “Agarramos lo que teníamos a mano, mi peluche favorito, mis casettes y la mochila. Y así nos fuimos del barrio a un centro de evacuados que fue en el camping de UPCN en Rincón”.
Esta experiencia, a tan corta edad, la vivió como “muy dura, pero también con mucho cariño. Fue muy gratificante porque estaba ayudando a otros”.
“No se supera nunca, uno trata de volver a armarse con lo que tienen, con la ayuda de gente. Volvimos año y ya no nos sentíamos parte del barrio. Fue una tragedia que se podría haber evitado” concluyó Daniela.
Mariángeles Guerrero, también era una niña. Vivía en Barranquitas, con sus padres, hermanas, abuela y una tía: “La noche anterior, ya había ciertos rumores de que se venía una inundación pero no dimensionábamos de ninguna manera lo que pasó después”.
“Mi mamá nos distrajo y nos dijo que vayamos a ver la tele a la pieza para que no veamos lo que estaba pasando, pero cuando entro a la casa veo agua que salía entre la pared y el piso. Me asusto y le voy a contar a mi mamá, pero no llego a salir pero el agua entra como una ola, me tiro en la cama con mis hermanas y la cama empezó a flotar, porque el agua entró con mucha velocidad y caudal” recuerda.
Cuando ya era insostenible quedarse en el lugar, junto a su mamá y su abuela decidieron ir a la escuela más cercana, en la que las dos trabajaban: “Ellas eran portera y maestra de la escuela. Mi mamá agarró los documentos y yo agarré la mochila de la escuela y guardé un diccionario de inglés que me había regalado mi abuela. Recuerdo que estuve con la misma ropa tres o cuatro días”.
Pero el agua no solo le arrebató los bienes materiales, sino que la tragedia también se llevó a su abuela, quien se descompensó y falleció producto de un infarto: “El primero de mayo, mi abuela, que estaba en la escuela, tenía 56 años, tuvo un paro cardiaco. Fijo que se sentía mal, se descompensó, llamaron una ambulancia, y falleció”.
Su abuela no figura entre las víctimas fatales de la inundación.
Cielo tenía 9 años y vivía con su familia en barrio Arenales: “Uno vivió cosas que con esa edad no pensaba vivir y que hoy toca fibras sensibles de pensar que nos podríamos haber muerto todos”.
“Mi mamá a la mañana del 29 se subió a su bicicleta y salió a avisar que se venía el agua a familiares. Subieron cosas a la planta alta y dimos lugar a que guardaran sus cosas” recordó sobre ese día. También contó que “mientas entraba el agua, recuerdo ver cómo mi mamá intentaba trabar la puerta y la fuerza del agua se la doblaba”.
Algunos recuerdos se mantienen intactos, como el momento en el que Prefectura llegó al rescate y su mamá tomó la decisión de que todos se irían juntos: “Mi mamá había llevado en su mochila leche en polvo, chocolate y abrigo. La fortaleza de esa mujer con sus cinco hijos. Ella estaba ahí, entera para nosotros, cuidándonos”.