En el fútbol, hay procesos que maduran en silencio, hasta que explotan. Eso es exactamente lo que está pasando con Mateo Del Blanco en Unión. Su actuación ante Agropecuario por la Copa Argentina no hizo más que confirmar una tendencia: cada vez que pisa la cancha, el equipo gana profundidad, ritmo y sorpresa por el sector izquierdo.
Lo interesante no es solo lo que hace, sino desde dónde lo hace. Porque Del Blanco no nació lateral. Su historia está ligada al mediocampo y esa raíz todavía se nota: tiene lectura, criterio y una facilidad natural para asociarse en ataque. Con el tiempo, sumó disciplina defensiva y terminó moldeando un perfil híbrido que hoy lo potencia.
Esa transformación lo convirtió en una pieza incómoda para cualquier rival. Llega, desborda, se muestra siempre como opción y, sobre todo, rompe estructuras. No es un lateral clásico: es un generador de juego disfrazado de defensor. Y como si ese presente no alcanzara, hay otro dato que dimensiona su crecimiento: con apenas 22 años, ya superó la barrera de los 100 partidos en Primera con la rojiblanca. Una cifra que no solo habla de continuidad, sino también de confianza sostenida.
En Unión lo disfrutan, pero también lo miran de reojo. Porque cuando un jugador alcanza este nivel y esta regularidad, el radar del mercado empieza a activarse. Sobre todo en junio, el punto fuerte en Europa, donde ya estaría causando atención. Esto puede ser clave para el Tate, que necesita vender y Mini Del Blanco asoma como la gran promesa en la ventana que viene.