Los delincuentes ingresaron durante la madrugada, hicieron un boquete, forzaron una caja fuerte y escaparon con dinero, celulares y el sistema de videovigilancia.
Jueves 04 de Agosto de 2011 - 10:59 hs
De Arancedo a los párrocos
Este domingo, en su mensaje semanal, monseñor Arancedo se refirió a la celebración del día del Párroco que se realiza cada 4 de agosto. Lo hizo en estos términos:
Como todos los años el 4 de Agosto, Fiesta del Santo Cura de Ars, celebramos el Día del Párroco. Estamos hablando de un sacerdote a quién la Iglesia le ha confiado la atención pastoral de una comunidad. Su vocación como sacerdote nace de una respuesta libre a un llamado para ponerse al servicio de sus hermanos. Tal vez el texto que mejor expresa el sentido de su vida, es aquel de la carta a los Hebreos: “tomado de entre los hombres y puesto para intervenir a favor de los hombres, en todo aquello que se refiere al servicio de Dios” (Heb. 5, 1).
Hay tres elementos, como vemos, que definen la vida del sacerdote: el primero “tomado”, es decir, elegido, llamado; luego “puesto a favor de los hombres”, ello dice referencia a sus hermanos y, finalmente lo que le es propio, “en aquello que se refiere al servicio de Dios”.
Si bien este texto nos ayuda a conocer la vocación de todo sacerdote, para comprender la vida de un Párroco creo que nos puede ayudar aquel otro del Buen Pastor. En este pasaje es el mismo Jesucristo quién se presenta como el Buen Pastor, esta imagen tiene, por ello, un valor paradigmático en la vida de todo párroco. Es cierto que frente a esta imagen todos quedamos empequeñecidos, pero en ella está nuestra verdad de pastores como un ideal al que debemos tender. Cuando pongo en posesión a un cura párroco casi siempre le digo que no tenemos que pensar tanto en qué tenemos que hacer, sólo debemos contemplar con un corazón abierto y generoso a Jesucristo, el Buen Pastor. Marcaría de este texto algunas notas que orientan su ministerio.
El Pastor conoce y es conocido por su rebaño; va adelante, es un referente; congrega y conduce a su pueblo; lo alimenta y cura sus heridas; busca a quién está alejado y, sobre todo, da su vida, la entrega, nadie se la quita (cfr. Jn. 10). Ciertamente es una imagen que nos supera, pero qué alegría y qué responsabilidad sentirnos llamados a ser la presencia viva de Jesucristo, el Buen Pastor.
El sacerdocio católico tiene en Jesucristo su razón de ser y su misión. Es más, debemos decir que el mismo Jesucristo quiso prolongar su presencia a través de un sacramento, el sacramento del Orden Sagrado. A esto es llamado el sacerdote. Sólo la referencia a Jesucristo explica su entrega total a la obra del Reino de Dios. El significado del sacramento que lo consagra y lo hace “alter Christus” (otro Cristo), excluye toda forma de un ministerio “ad tempus” (por un tiempo), o ser considerado como una función delegada por la comunidad.
Su ser, su realidad ontológica, participa directamente de Jesucristo por mediación apostólica, es decir del apóstol, del obispo que lo ordena, en la comunión de la Iglesia. Así lo instituyó Jesucristo, así lo recibió y lo trasmite la Iglesia. Esta fidelidad al Evangelio no excluye su actualización en el hoy de la historia, pero siempre desde una identidad profunda con su verdad original. Un auténtico espíritu creativo no cambia la esencia de las cosas, las recrea conservando lo que es propio. Así veo, y así trato de vivir el sacerdocio de Jesucristo.
Queridos hermanos, los invito en este día a unir nuestra oración y gratitud por todos nuestros Párrocos. A ellos les hace bien nuestro reconocimiento. Reciban de su Obispo, junto a mi afecto mi bendición en Jesucristo, el Buen Pastor.
Como todos los años el 4 de Agosto, Fiesta del Santo Cura de Ars, celebramos el Día del Párroco. Estamos hablando de un sacerdote a quién la Iglesia le ha confiado la atención pastoral de una comunidad. Su vocación como sacerdote nace de una respuesta libre a un llamado para ponerse al servicio de sus hermanos. Tal vez el texto que mejor expresa el sentido de su vida, es aquel de la carta a los Hebreos: “tomado de entre los hombres y puesto para intervenir a favor de los hombres, en todo aquello que se refiere al servicio de Dios” (Heb. 5, 1).
Hay tres elementos, como vemos, que definen la vida del sacerdote: el primero “tomado”, es decir, elegido, llamado; luego “puesto a favor de los hombres”, ello dice referencia a sus hermanos y, finalmente lo que le es propio, “en aquello que se refiere al servicio de Dios”.
Si bien este texto nos ayuda a conocer la vocación de todo sacerdote, para comprender la vida de un Párroco creo que nos puede ayudar aquel otro del Buen Pastor. En este pasaje es el mismo Jesucristo quién se presenta como el Buen Pastor, esta imagen tiene, por ello, un valor paradigmático en la vida de todo párroco. Es cierto que frente a esta imagen todos quedamos empequeñecidos, pero en ella está nuestra verdad de pastores como un ideal al que debemos tender. Cuando pongo en posesión a un cura párroco casi siempre le digo que no tenemos que pensar tanto en qué tenemos que hacer, sólo debemos contemplar con un corazón abierto y generoso a Jesucristo, el Buen Pastor. Marcaría de este texto algunas notas que orientan su ministerio.
El Pastor conoce y es conocido por su rebaño; va adelante, es un referente; congrega y conduce a su pueblo; lo alimenta y cura sus heridas; busca a quién está alejado y, sobre todo, da su vida, la entrega, nadie se la quita (cfr. Jn. 10). Ciertamente es una imagen que nos supera, pero qué alegría y qué responsabilidad sentirnos llamados a ser la presencia viva de Jesucristo, el Buen Pastor.
El sacerdocio católico tiene en Jesucristo su razón de ser y su misión. Es más, debemos decir que el mismo Jesucristo quiso prolongar su presencia a través de un sacramento, el sacramento del Orden Sagrado. A esto es llamado el sacerdote. Sólo la referencia a Jesucristo explica su entrega total a la obra del Reino de Dios. El significado del sacramento que lo consagra y lo hace “alter Christus” (otro Cristo), excluye toda forma de un ministerio “ad tempus” (por un tiempo), o ser considerado como una función delegada por la comunidad.
Su ser, su realidad ontológica, participa directamente de Jesucristo por mediación apostólica, es decir del apóstol, del obispo que lo ordena, en la comunión de la Iglesia. Así lo instituyó Jesucristo, así lo recibió y lo trasmite la Iglesia. Esta fidelidad al Evangelio no excluye su actualización en el hoy de la historia, pero siempre desde una identidad profunda con su verdad original. Un auténtico espíritu creativo no cambia la esencia de las cosas, las recrea conservando lo que es propio. Así veo, y así trato de vivir el sacerdocio de Jesucristo.
Queridos hermanos, los invito en este día a unir nuestra oración y gratitud por todos nuestros Párrocos. A ellos les hace bien nuestro reconocimiento. Reciban de su Obispo, junto a mi afecto mi bendición en Jesucristo, el Buen Pastor.
Fuente: arzobispado de santa fe
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