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Viernes 20 de Marzo de 2015 - 17:22 hs
La hipertensión arterial en el adulto mayor
Es una enfermedad silenciosa y frecuente, pero que hoy en día puede controlarse. Dieta, ejercicio, moderación en el consumo de alcohol, no fumar y cumplir con la toma de la medicación indicada son las claves para vigilarla.
A partir de los 65 años, la hipertensión arterial es más frecuente ya que se presenta en el 60% de esta población y afecta a ambos sexos. No es una enfermedad inocua ya que, luego de varios años sin tratamiento, puede producir importantes complicaciones que, a su vez, son las causantes de diversas enfermedades, muchas de ellas invalidantes e incluso fatales.
¿De qué se trata?
Las complicaciones más frecuentes e importantes pueden ser:
* Agrandamiento del corazón, particularmente el engrosamiento de sus paredes (hipertrofia ventricular), que puede reducir su eficiencia, generar arritmias y, a largo plazo, conducir a la insuficiencia cardíaca.
* Pérdida de la capacidad del corazón de bombear la sangre que necesita el organismo produciendo insuficiencia cardíaca. En estos casos, el órgano se dilata y comienzan a aparecer síntomas como fatiga e hinchazón de pies.
* Deterioro de la función del riñón, que puede llevar a la necesidad de tratamientos como la diálisis o el transplante renal.
Probablemente, el infarto cerebral y la hemorragia intracerebral sean las complicaciones más temidas de la hipertensión arterial. Si el déficit neurológico dura menos de 24 horas se lo denomina “accidente isquémico transitorio”: son situaciones que -en general- duran menos de 60 minutos pero son predictoras de un futuro accidente cerebro vascular definitivo. De hecho, el 30% de los eventos cerebro vasculares agudos son precedidos por accidente transitorio.
Menos conocido es el hecho que por la edad, y acentuado por la hipertensión arterial, muchas personas sufren pequeñas lesiones cerebrales y la degeneración de las fibras del cerebro, que hoy pueden ser detectadas por la Resonancia Magnética Nuclear. Estas lesiones son muchas veces asintomáticas pero su acumulación puede llevar a alteraciones cognitivas importantes. Técnicamente se denominan “infarto lacunar” y “leucoaraiosis”.
Para tener en cuenta
Una de las características centrales es que la elevación de la presión arterial máxima (sistólica), se acompaña de una reducción de la presión arterial mínima (diastólica), de manera que la diferencia entre una y otra aumenta significativamente. Por ejemplo, a los 70 años es frecuente que la persona tenga una presión de 170 /70 milímetros de mercurio (mm Hg), (17 de máxima y 7 de mínima como se dice popularmente). Es interesante que la diferencia entre la máxima y mínima -denominada “presión de pulso”- es un importante marcador de riesgo cardiovascular.
Todo aumento de la presión máxima se asocia a mayor riesgo, pero en paralelo cuanto más baja sea la presión mínima en el adulto mayor, también aumenta el riesgo cardiovascular. Por ello, es importante entender que en estas personas se debe ser cuidadoso al indicar medicación que baje la presión máxima, ya que si en forma paralela se reduce mucho la mínima, el beneficio de reducir la máxima puede ser anulado por el perjuicio de alcanzar una mínima muy baja.
Cómo controlar la enfermedad
Hoy en día, podemos lograr un buen control de la presión arterial (menos de 140/90 mm Hg), en casi el 70% de los pacientes, de acuerdo a datos propios del ICBA (Instituto Cardiovascular de Buenos Aires). Para ello es fundamental la consulta al médico y que el paciente cumpla con las indicaciones de cuidado personal (dieta, ejercicio, moderación en el consumo de alcohol y no fumar), así como en el cumplimiento de la toma de la medicación indicada.
En el 30% de los pacientes, ya sea por tratarse de hipertensión más severa, intolerancia a la medicación, u otras causas, no se puede alcanzar una presión arterial normal. En estos casos, cabe recordar que toda reducción de la presión arterial brinda beneficios y que cuanto más cerca de la normalidad se esté, mayor será el mismo.
¿De qué se trata?
Las complicaciones más frecuentes e importantes pueden ser:
* Agrandamiento del corazón, particularmente el engrosamiento de sus paredes (hipertrofia ventricular), que puede reducir su eficiencia, generar arritmias y, a largo plazo, conducir a la insuficiencia cardíaca.
* Pérdida de la capacidad del corazón de bombear la sangre que necesita el organismo produciendo insuficiencia cardíaca. En estos casos, el órgano se dilata y comienzan a aparecer síntomas como fatiga e hinchazón de pies.
* Deterioro de la función del riñón, que puede llevar a la necesidad de tratamientos como la diálisis o el transplante renal.
Probablemente, el infarto cerebral y la hemorragia intracerebral sean las complicaciones más temidas de la hipertensión arterial. Si el déficit neurológico dura menos de 24 horas se lo denomina “accidente isquémico transitorio”: son situaciones que -en general- duran menos de 60 minutos pero son predictoras de un futuro accidente cerebro vascular definitivo. De hecho, el 30% de los eventos cerebro vasculares agudos son precedidos por accidente transitorio.
Menos conocido es el hecho que por la edad, y acentuado por la hipertensión arterial, muchas personas sufren pequeñas lesiones cerebrales y la degeneración de las fibras del cerebro, que hoy pueden ser detectadas por la Resonancia Magnética Nuclear. Estas lesiones son muchas veces asintomáticas pero su acumulación puede llevar a alteraciones cognitivas importantes. Técnicamente se denominan “infarto lacunar” y “leucoaraiosis”.
Para tener en cuenta
Una de las características centrales es que la elevación de la presión arterial máxima (sistólica), se acompaña de una reducción de la presión arterial mínima (diastólica), de manera que la diferencia entre una y otra aumenta significativamente. Por ejemplo, a los 70 años es frecuente que la persona tenga una presión de 170 /70 milímetros de mercurio (mm Hg), (17 de máxima y 7 de mínima como se dice popularmente). Es interesante que la diferencia entre la máxima y mínima -denominada “presión de pulso”- es un importante marcador de riesgo cardiovascular.
Todo aumento de la presión máxima se asocia a mayor riesgo, pero en paralelo cuanto más baja sea la presión mínima en el adulto mayor, también aumenta el riesgo cardiovascular. Por ello, es importante entender que en estas personas se debe ser cuidadoso al indicar medicación que baje la presión máxima, ya que si en forma paralela se reduce mucho la mínima, el beneficio de reducir la máxima puede ser anulado por el perjuicio de alcanzar una mínima muy baja.
Cómo controlar la enfermedad
Hoy en día, podemos lograr un buen control de la presión arterial (menos de 140/90 mm Hg), en casi el 70% de los pacientes, de acuerdo a datos propios del ICBA (Instituto Cardiovascular de Buenos Aires). Para ello es fundamental la consulta al médico y que el paciente cumpla con las indicaciones de cuidado personal (dieta, ejercicio, moderación en el consumo de alcohol y no fumar), así como en el cumplimiento de la toma de la medicación indicada.
En el 30% de los pacientes, ya sea por tratarse de hipertensión más severa, intolerancia a la medicación, u otras causas, no se puede alcanzar una presión arterial normal. En estos casos, cabe recordar que toda reducción de la presión arterial brinda beneficios y que cuanto más cerca de la normalidad se esté, mayor será el mismo.
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