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Miércoles 12 de Octubre de 2011 - 18:51 hs
La depresión inhibe el odio, según un estudio reciente
En un artículo publicado en la revista “Molecular Psychiatry”, se explica que en los pacientes de depresión el encéfalo desconecta con frecuencia su “circuito del odio”.
Un nuevo estudio europeo ha concluido que los individuos propensos a padecer depresión tienen menos probabilidades de manifestar odio, ya que esta afección afecta a una parte del encéfalo que regula las emociones.
Los investigadores estudiaron la actividad encefálica en individuos deprimidos y sanos mediante imagen por resonancia magnética (RM) y hallaron diferencias considerables entre los “circuitos cerebrales” de los dos grupos. En total se analizó a 39 individuos con depresión (23 mujeres y 16 hombres) y a 37 individuos no deprimidos (15 mujeres y 23 hombres).
Según uno de los autores, el profesor Jianfeng Feng del Departamento de Informática de la Universidad de Warwick: “Los resultados son claros, pero desconciertan al principio. Como sabemos, la depresión se caracteriza a menudo por la repulsión hacia uno mismo; no hay indicios evidentes de que los deprimidos tengan menor tendencia a sentir odio por el prójimo. Es posible que la desactivación del "circuito del odio" se deba a una capacidad disminuida para controlar y aprender de aquellas situaciones sociales y de otra índole que provocan el sentimiento de odio hacia uno mismo o hacia los demás. A su vez, esto podría incapacitar al individuo para sobrellevar correctamente los sentimientos de odio e incrementar la probabilidad de odiarse a uno mismo de manera descontrolada y de retraerse de contactos sociales. Puede que esto constituya un indicio neurológico de que es más normal tener ocasiones de odiar a los demás que a uno mismo”.
Fue el profesor Semir Zeki, del University College de Londres, quien en 2008 definió y describió con precisión el llamado circuito del odio, conectado a tres regiones del encéfalo (la circunvolución frontal superior, la ínsula y el putamen), tras realizar un experimento consistente en mostrar a individuos fotografías de personas a quienes odiaban.
En el 92 % de los individuos deprimidos examinados se consideró probable que el circuito del odio estuviera desactivado. También había indicios de que hubieran sufrido otras alteraciones relevantes en otros circuitos cerebrales, concretamente los asociados al riesgo y la reacción, la recompensa y la emoción, y la atención y el procesamiento de la memoria.
Según informaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS), la depresión afecta a 121 millones de personas en todo el mundo, siendo una de las causas más importantes de discapacidad. Menos del 25 % de los afectados pueden acceder a tratamientos eficaces.
La OMS describe esta patología como un trastorno mental común caracterizado por depresión del ánimo, pérdida del interés y del disfrute, sentimientos de culpa y baja autoestima, alteraciones del sueño y el apetito, falta de energía y dificultad para concentrarse. Estos efectos pueden convertirse en crónicos o bien recurrentes y causar al afectado una discapacidad sustancial para ocuparse de sus responsabilidades cotidianas. En su grado máximo, la depresión puede derivar en suicidio, un desenlace trágico por el que mueren unas 850 000 personas cada año.
El propósito del proyecto BION consiste en emplear datos neuroanatómicos y neurofisiológicos como guía para la fabricación de redes autoensambladas complejas y deterministas de elementos poliméricos no lineales dotados de propiedades adaptativas. De este modo, sus responsables pretenden obtener una tecnología nueva para la producción de unidades moleculares funcionales que realicen tareas avanzadas relacionadas con el aprendizaje y la toma de decisiones y que se puedan ajustar hasta la escala nanométrica.
Los investigadores estudiaron la actividad encefálica en individuos deprimidos y sanos mediante imagen por resonancia magnética (RM) y hallaron diferencias considerables entre los “circuitos cerebrales” de los dos grupos. En total se analizó a 39 individuos con depresión (23 mujeres y 16 hombres) y a 37 individuos no deprimidos (15 mujeres y 23 hombres).
Según uno de los autores, el profesor Jianfeng Feng del Departamento de Informática de la Universidad de Warwick: “Los resultados son claros, pero desconciertan al principio. Como sabemos, la depresión se caracteriza a menudo por la repulsión hacia uno mismo; no hay indicios evidentes de que los deprimidos tengan menor tendencia a sentir odio por el prójimo. Es posible que la desactivación del "circuito del odio" se deba a una capacidad disminuida para controlar y aprender de aquellas situaciones sociales y de otra índole que provocan el sentimiento de odio hacia uno mismo o hacia los demás. A su vez, esto podría incapacitar al individuo para sobrellevar correctamente los sentimientos de odio e incrementar la probabilidad de odiarse a uno mismo de manera descontrolada y de retraerse de contactos sociales. Puede que esto constituya un indicio neurológico de que es más normal tener ocasiones de odiar a los demás que a uno mismo”.
Fue el profesor Semir Zeki, del University College de Londres, quien en 2008 definió y describió con precisión el llamado circuito del odio, conectado a tres regiones del encéfalo (la circunvolución frontal superior, la ínsula y el putamen), tras realizar un experimento consistente en mostrar a individuos fotografías de personas a quienes odiaban.
En el 92 % de los individuos deprimidos examinados se consideró probable que el circuito del odio estuviera desactivado. También había indicios de que hubieran sufrido otras alteraciones relevantes en otros circuitos cerebrales, concretamente los asociados al riesgo y la reacción, la recompensa y la emoción, y la atención y el procesamiento de la memoria.
Según informaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS), la depresión afecta a 121 millones de personas en todo el mundo, siendo una de las causas más importantes de discapacidad. Menos del 25 % de los afectados pueden acceder a tratamientos eficaces.
La OMS describe esta patología como un trastorno mental común caracterizado por depresión del ánimo, pérdida del interés y del disfrute, sentimientos de culpa y baja autoestima, alteraciones del sueño y el apetito, falta de energía y dificultad para concentrarse. Estos efectos pueden convertirse en crónicos o bien recurrentes y causar al afectado una discapacidad sustancial para ocuparse de sus responsabilidades cotidianas. En su grado máximo, la depresión puede derivar en suicidio, un desenlace trágico por el que mueren unas 850 000 personas cada año.
El propósito del proyecto BION consiste en emplear datos neuroanatómicos y neurofisiológicos como guía para la fabricación de redes autoensambladas complejas y deterministas de elementos poliméricos no lineales dotados de propiedades adaptativas. De este modo, sus responsables pretenden obtener una tecnología nueva para la producción de unidades moleculares funcionales que realicen tareas avanzadas relacionadas con el aprendizaje y la toma de decisiones y que se puedan ajustar hasta la escala nanométrica.
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