La Policía de Investigaciones de Santa Fe desplegó un operativo durante la madrugada en el distrito costero de la capital y logró detener a cuatro hombres vinculados a causas por homicidio y tentativa de homicidio, de distintas bandas de delincuentes.
Domingo 23 de Octubre de 2011 - 11:40 hs
Narváez no pudo alcanzar su sueño de la triple corona
Como la llama de un fósforo agarrado por la humedad, se apagó la ilusión de Omar Andrés Narváez (35-1-2; 19 KO). Pero no hay exceso de opacidad en la derrota; al contrario, del otro lado estuvo Nonito Donaire (27-1-0; 18 KO), quien eclipsó a todo su derredor. Sí, se quedó con las ganas del chubutense. Cayó por puntos en fallo unánime y no pudo conquistar las coronas gallo del Consejo (CMB) y de la Organización Mundial (OMB). Así y todo, Narváez sigue ostentando el cetro mundial supermosca OMB, que, claro, no estaba en disputa ¿Las tarjetas? Los norteamericanos Julie Lederman, Steve Weisfeld y Tom Schreck vieron a ganar a Donaire 120-108. Para Clarín, fue: 117-111.
Aquí, en el teatro Wamu del mítico Madison Square Garden, bajo la atenta mirada de 4.400 espectadores, Narváez sucumbió ante el impetuoso Donaire, erigido, por la crítica especializada, como uno de los cinco mejores libra por libra del planeta, aunque esta vez no haya demostrado mucho. Narváez perdió el invicto de diez años y 10 meses, es cierto. Su boxeo, como nunca antes, se fue derrotado.
Narváez, de 36 años, estuvo desconocido: nunca trató de tomar protagonismo, y atacó poco y nada ante un rival ocho años más joven y diez centímetros más alto. Fue una pelea mala, porque hubo uno que quiso ganar y otro que no quiso perder. No hace falta aclarar quién es quién. Quedó demostrado que Narváez, quien se cuidó de una mano de nocaut, debe seguir peleando entre los supermoscas. Le tuvo respeto al poder del filipino que de las 10 peleas anteriores, había ganado 9 por la vía rápida.
Desde el comienzo ya, el zurdo Narváez trabajó desde afuera, peleó de contraataque, en el detalle, anticipándose con su cross de derecha. Se lo veía bien al chubutense, que ganó los dos primeros rounds y se cuidaba de los avances de Donaire, tan peligrosos como potentes. El negocio de Narvaéz, se sabe, estaba en pegar y no dejarse pegar. Pero Donaire, más vigoroso y más largo, en el cuarto asalto, se despertó y llegó con una derecha a fondo. Era monocorde el filipino, no tenía variedad. Aunque a esta altura, lo de Narváez era muy prudente: abundaba su cautela.
No estaban bien las cosas para Narváez, que antes de arrancar el séptimo round, confesó, sentado en el banquito: “Tengo que empezar a levantar”. El diagnóstico era taxativo. Porque con el desarrollo del combate, Donaire se arrellanaba en la ventaja que llevaba en las tarjetas, y Narváez, que es más boxeador, sólo tiraba estocadas. Donaire, más frontal y vertical, erraba mucho, sí. Encontraba poco (una de cada cuatro), pero buscaba. Narváez, en contrapartida, sólo bloqueaba y esquivaba. Pegaba y salía sin claridad. Así, muy difícil.
Round a round la esperanza del Huracán se fue volando. Narváez no tomó riesgos. En ataque, su artillería tenía la pólvora mojada, o quizás, estaba guardada bajo cuatro llaves, ya que, en verdad, disparó poco y nada. El Enano estuvo cerca de ganar el décimo. Metió una combinación precisa, pero siguió exageradamente cauteloso. Y Donaire se terminó llevando la vuelta. Los abucheos de la gente se adueñaban de la escena. La pelea estaba llena de vacío; no había acción. La imagen del final lo dice todo: Donaire intentó hacer el salto del canguro para festejar y quedó enganchado entre las cuerdas.
Aquí, en el teatro Wamu del mítico Madison Square Garden, bajo la atenta mirada de 4.400 espectadores, Narváez sucumbió ante el impetuoso Donaire, erigido, por la crítica especializada, como uno de los cinco mejores libra por libra del planeta, aunque esta vez no haya demostrado mucho. Narváez perdió el invicto de diez años y 10 meses, es cierto. Su boxeo, como nunca antes, se fue derrotado.
Narváez, de 36 años, estuvo desconocido: nunca trató de tomar protagonismo, y atacó poco y nada ante un rival ocho años más joven y diez centímetros más alto. Fue una pelea mala, porque hubo uno que quiso ganar y otro que no quiso perder. No hace falta aclarar quién es quién. Quedó demostrado que Narváez, quien se cuidó de una mano de nocaut, debe seguir peleando entre los supermoscas. Le tuvo respeto al poder del filipino que de las 10 peleas anteriores, había ganado 9 por la vía rápida.
Desde el comienzo ya, el zurdo Narváez trabajó desde afuera, peleó de contraataque, en el detalle, anticipándose con su cross de derecha. Se lo veía bien al chubutense, que ganó los dos primeros rounds y se cuidaba de los avances de Donaire, tan peligrosos como potentes. El negocio de Narvaéz, se sabe, estaba en pegar y no dejarse pegar. Pero Donaire, más vigoroso y más largo, en el cuarto asalto, se despertó y llegó con una derecha a fondo. Era monocorde el filipino, no tenía variedad. Aunque a esta altura, lo de Narváez era muy prudente: abundaba su cautela.
No estaban bien las cosas para Narváez, que antes de arrancar el séptimo round, confesó, sentado en el banquito: “Tengo que empezar a levantar”. El diagnóstico era taxativo. Porque con el desarrollo del combate, Donaire se arrellanaba en la ventaja que llevaba en las tarjetas, y Narváez, que es más boxeador, sólo tiraba estocadas. Donaire, más frontal y vertical, erraba mucho, sí. Encontraba poco (una de cada cuatro), pero buscaba. Narváez, en contrapartida, sólo bloqueaba y esquivaba. Pegaba y salía sin claridad. Así, muy difícil.
Round a round la esperanza del Huracán se fue volando. Narváez no tomó riesgos. En ataque, su artillería tenía la pólvora mojada, o quizás, estaba guardada bajo cuatro llaves, ya que, en verdad, disparó poco y nada. El Enano estuvo cerca de ganar el décimo. Metió una combinación precisa, pero siguió exageradamente cauteloso. Y Donaire se terminó llevando la vuelta. Los abucheos de la gente se adueñaban de la escena. La pelea estaba llena de vacío; no había acción. La imagen del final lo dice todo: Donaire intentó hacer el salto del canguro para festejar y quedó enganchado entre las cuerdas.
Fuente: Clarín
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