El club y el director técnico continúan las conversaciones, pero están lejos en los números para cerrar la salida. Al entrenador todavía le quedaban dos años y medio de contrato.
LT10 - Columna de opinión
Miércoles 27 de Agosto de 2014 - 13:30 hs
"La pelota en la cabeza", por Gustavo Mazzi
Tenemos un fútbol cada vez más sitiado por delincuentes. La vigencia del fenómeno barra brava nos deja expuestos una vez más como impúdicos. Impúdicos son los propios barras, pero no les importa. Inmorales son sus cómplices. Obscenos son los responsables pasivos. Deshonestos son, finalmente, todos aquellos que aun desde la denuncia estéril, los comentarios populistas empiezan a aceptarlos como actores inevitables cuando su accionar remite, sencillamente, a un sistema delictivo que se admite como una cuestión menor. Me asumo como responsable indirecto cuando adhiero al coro de analistas de un drama que no merece más análisis. Espera acción y solución.
Es patético advertir como algunos improvisados y vulgares sesudos le restan importancia a las “batallas” libradas dentro de un estadio, por el simple motivo que “la bala no dio en el blanco”, aún cuando cuentan que hubo disparos de armas de fuego en la gresca. Es obligación estrujar el alma en honor a esa cobardía que a muchos les impide aunque sea darle la espalda a los que dominan el espectáculo que más nos conmueve y que cada vez nos cuesta más. La demagogia por groseros yerros cometidos con "otras causas", han llevado a algunos a querer congraciarse con cierto sector, a costo de minimizar los hechos que exceden lo estrictamente deportivo y la circunstancial entidad donde ocurren. Como ya dijimos, este es un mal endémico que corroe a todo el fútbol doméstico.
Estos grupos no están vinculados al delito, como se desprende de ciertos relatos; son ellos la base del oscuro delito que rodea a la pelota en su círculo multitudinario. Incluso, tornaron más borrosos los límites jurídicos para neutralizarlos. Sus procederes pasan del delito a la contravención y de la contravención al delito. Muchas veces el Estado en todas sus jurisdicciones se desentiende del tema. En la Argentina gozan de protección política como en ninguna parte del mundo. Han sido institucionalizados y reciben todas las prebendas posibles a las que no tiene acceso el hincha de a pie. No soy partidario de la clausura de un estadio o un sector de la cancha por el accionar de 44 impúdicos. Es la solución más fácil y que castiga a muchos “buenos”. Parece injusto y hasta inoportuno. No la comparto, pero celebro que los dirigentes del fútbol no estén solos y desprotegidos en esta cruzada, aún cuando la medida pueda perjudicarlos. Un sector de la prensa los expuso, los mostró, los filmó, los identificó. Unión aportó sin vacilar sus herramientas para no tapar la mugre debajo de la alfombra. Spahn no se escondió nunca. Ahora el Gobierno, la Justicia tienen la palabra.
Las barras hace mucho tiempo que dejaron de ser una pyme. Cruzaron las fronteras, diversificaron sus rubros y le dan un valor supremo al negocio para conseguir aumentar su recaudación. Por el botín se pelean y matan en una cancha, en un estacionamiento, en las calles, en las rutas. Estos grupos crearon a su antojo un Estado dentro de otro Estado: el fútbol. Basta de tibios, improvisados y cobardes. No es un tema menor y de unos pocos. La cabeza no es pelota... aunque algunos tengan la pelota en la cabeza.
Es patético advertir como algunos improvisados y vulgares sesudos le restan importancia a las “batallas” libradas dentro de un estadio, por el simple motivo que “la bala no dio en el blanco”, aún cuando cuentan que hubo disparos de armas de fuego en la gresca. Es obligación estrujar el alma en honor a esa cobardía que a muchos les impide aunque sea darle la espalda a los que dominan el espectáculo que más nos conmueve y que cada vez nos cuesta más. La demagogia por groseros yerros cometidos con "otras causas", han llevado a algunos a querer congraciarse con cierto sector, a costo de minimizar los hechos que exceden lo estrictamente deportivo y la circunstancial entidad donde ocurren. Como ya dijimos, este es un mal endémico que corroe a todo el fútbol doméstico.
Estos grupos no están vinculados al delito, como se desprende de ciertos relatos; son ellos la base del oscuro delito que rodea a la pelota en su círculo multitudinario. Incluso, tornaron más borrosos los límites jurídicos para neutralizarlos. Sus procederes pasan del delito a la contravención y de la contravención al delito. Muchas veces el Estado en todas sus jurisdicciones se desentiende del tema. En la Argentina gozan de protección política como en ninguna parte del mundo. Han sido institucionalizados y reciben todas las prebendas posibles a las que no tiene acceso el hincha de a pie. No soy partidario de la clausura de un estadio o un sector de la cancha por el accionar de 44 impúdicos. Es la solución más fácil y que castiga a muchos “buenos”. Parece injusto y hasta inoportuno. No la comparto, pero celebro que los dirigentes del fútbol no estén solos y desprotegidos en esta cruzada, aún cuando la medida pueda perjudicarlos. Un sector de la prensa los expuso, los mostró, los filmó, los identificó. Unión aportó sin vacilar sus herramientas para no tapar la mugre debajo de la alfombra. Spahn no se escondió nunca. Ahora el Gobierno, la Justicia tienen la palabra.
Las barras hace mucho tiempo que dejaron de ser una pyme. Cruzaron las fronteras, diversificaron sus rubros y le dan un valor supremo al negocio para conseguir aumentar su recaudación. Por el botín se pelean y matan en una cancha, en un estacionamiento, en las calles, en las rutas. Estos grupos crearon a su antojo un Estado dentro de otro Estado: el fútbol. Basta de tibios, improvisados y cobardes. No es un tema menor y de unos pocos. La cabeza no es pelota... aunque algunos tengan la pelota en la cabeza.
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