Aunque restan varias semanas para la apertura del libro de pases, la dirigencia de Colón y el cuerpo técnico de Ezequiel Medrán comenzaron a moverse. Un viejo conocido del DT y un volante que vuelve a sonar son los primeros apuntados.
Martes 10 de Diciembre de 2013 - 14:01 hs
Berlín y París liman diferencias para lograr un acuerdo sobre la unión bancaria
Hay acuerdo en que habrá acuerdo. Poco más. Los Veintiocho siguen encallados en la unión bancaria, la piedra filosofal que debe acabar con el círculo vicioso entre la deuda bancaria y la deuda pública en Europa. Berlín y París aseguraron este lunes que están cerca de pactar el mecanismo de cierre de bancos, un paso fundamental en esa unión bancaria, y los cortafuegos que se habilitarán para cuando sea necesario apretar el botón nuclear y liquidar entidades, algo habitual en Estados Unidos pero territorio prácticamente inexplorado en la UE. El presidente del Eurogrupo, Jeroen Dijsselbloem, se declaró “ligeramente optimista” al respecto. Tras la reunión del pasado viernes en Berlín con presencia de la Comisión, el BCE y los ministros alemán, francés, holandés, italiano y español, Alemania preparaba una segunda minicumbre: un encuentro con los mismos asistentes para limar diferencias, que a pesar del habitual reguero de reuniones —el famoso cumbrismo de Bruselas— son diversas y profundas.
Tanto, que varias fuentes en Bruselas dan por hecho que habrá que convocar un nuevo Ecofin la semana próxima, en las horas previas a la cumbre, con las prisas habituales y esa querencia tan europea por aquella frase de Elvis: “Es ahora o nunca”.
La duda es si el maratón de reuniones de los últimos días será suficiente como para limar diferencias o si hay que aguardar hasta que haya un nuevo Ejecutivo alemán investido con todos los poderes. Una vez más, todo está a expensas de la coalición de Gobierno en Berlín y de las elecciones europeas de mayo: hay que esperar a la canciller Angela Merkel, pero a la vez el tiempo apremia y el pacto en el Ecofin es esencial para que posteriormente los primeros ministros y jefes de Estado den luz verde política al mecanismo único de resolución en la cumbre de finales de la semana próxima, para que el Parlamento Europeo pueda acordar después la nueva legislación antes de cerrar sus puertas.
Para ello hay que resolver varios interrogantes. Por una parte, la Comisión y una mayoría aplastante de países apuestan por un sistema de toma de decisiones ágil y centralizado en Bruselas que permita iniciar el proceso para liquidar cualquier banco del continente, del más grande al más pequeño; que actúe de forma independiente y sin pedir permiso al Gobierno del país afectado. Enfrente se encuentra con Alemania, que defiende prácticamente lo contrario. Como ya ocurrió en la batalla por el supervisor único, Berlín prefiere que el mecanismo de resolución tenga poderes solo sobre las entidades más importantes, dejando fuera de su paraguas a sus pequeñas —y problemáticas— cajas regionales. Alemania apuesta por que sean los Gobiernos los que puedan tomar la decisión final, y no la Comisión, en un ejemplo más de la deriva intergubernamental que ha promovido en toda la gestión de la crisis.
Como señalan fuentes comunitarias, es probable que el acuerdo final se quede en un punto intermedio; que sea una solución híbrida entre lo que pretende la Comisión y lo que defiende Berlín. Lo imprescindible es, según insisten unos y otros, que los ministros firmen un papel que puedan presentar a sus jefes en la cumbre del 19 y 20 de diciembre. Los jefes de Estado y de Gobierno podrían volver a sus países con la convicción de haber dado un empujón definitivo a un proyecto imprescindible: la unión bancaria.
Lo que queda por ver es qué tipo de unión bancaria: si el proyecto ambicioso que brillaba inicialmente en medio de la tempestad de la crisis o los planes actuales, una suerte de régimen transitorio en el que ni siquiera está claro cuál sería el dique de contención si surgieran problemas en alguna entidad financiera. De nuevo, grosso modo, la batalla es Alemania contra Bruselas: la Comisión quiere un fondo europeo común —financiado por los propios bancos, pero con acceso inicial a dinero del Mecanismo Europeo de Estabilidad (Mede) si fuera necesario—, y Berlín quiere una red de fondos nacionales. En caso de cierre de un banco español, por ejemplo, la idea de Berlín es que sea el fondo español quien pague los platos rotos; solo al final, si ese fondo nacional se quedara sin blanca, se acudiría a la red europea. El peligro es que esa es una unión bancaria que corre el riesgo de ser insuficiente en situaciones de crisis sistémicas.
Tanto, que varias fuentes en Bruselas dan por hecho que habrá que convocar un nuevo Ecofin la semana próxima, en las horas previas a la cumbre, con las prisas habituales y esa querencia tan europea por aquella frase de Elvis: “Es ahora o nunca”.
La duda es si el maratón de reuniones de los últimos días será suficiente como para limar diferencias o si hay que aguardar hasta que haya un nuevo Ejecutivo alemán investido con todos los poderes. Una vez más, todo está a expensas de la coalición de Gobierno en Berlín y de las elecciones europeas de mayo: hay que esperar a la canciller Angela Merkel, pero a la vez el tiempo apremia y el pacto en el Ecofin es esencial para que posteriormente los primeros ministros y jefes de Estado den luz verde política al mecanismo único de resolución en la cumbre de finales de la semana próxima, para que el Parlamento Europeo pueda acordar después la nueva legislación antes de cerrar sus puertas.
Para ello hay que resolver varios interrogantes. Por una parte, la Comisión y una mayoría aplastante de países apuestan por un sistema de toma de decisiones ágil y centralizado en Bruselas que permita iniciar el proceso para liquidar cualquier banco del continente, del más grande al más pequeño; que actúe de forma independiente y sin pedir permiso al Gobierno del país afectado. Enfrente se encuentra con Alemania, que defiende prácticamente lo contrario. Como ya ocurrió en la batalla por el supervisor único, Berlín prefiere que el mecanismo de resolución tenga poderes solo sobre las entidades más importantes, dejando fuera de su paraguas a sus pequeñas —y problemáticas— cajas regionales. Alemania apuesta por que sean los Gobiernos los que puedan tomar la decisión final, y no la Comisión, en un ejemplo más de la deriva intergubernamental que ha promovido en toda la gestión de la crisis.
Como señalan fuentes comunitarias, es probable que el acuerdo final se quede en un punto intermedio; que sea una solución híbrida entre lo que pretende la Comisión y lo que defiende Berlín. Lo imprescindible es, según insisten unos y otros, que los ministros firmen un papel que puedan presentar a sus jefes en la cumbre del 19 y 20 de diciembre. Los jefes de Estado y de Gobierno podrían volver a sus países con la convicción de haber dado un empujón definitivo a un proyecto imprescindible: la unión bancaria.
Lo que queda por ver es qué tipo de unión bancaria: si el proyecto ambicioso que brillaba inicialmente en medio de la tempestad de la crisis o los planes actuales, una suerte de régimen transitorio en el que ni siquiera está claro cuál sería el dique de contención si surgieran problemas en alguna entidad financiera. De nuevo, grosso modo, la batalla es Alemania contra Bruselas: la Comisión quiere un fondo europeo común —financiado por los propios bancos, pero con acceso inicial a dinero del Mecanismo Europeo de Estabilidad (Mede) si fuera necesario—, y Berlín quiere una red de fondos nacionales. En caso de cierre de un banco español, por ejemplo, la idea de Berlín es que sea el fondo español quien pague los platos rotos; solo al final, si ese fondo nacional se quedara sin blanca, se acudiría a la red europea. El peligro es que esa es una unión bancaria que corre el riesgo de ser insuficiente en situaciones de crisis sistémicas.
Fuente: elpais.com
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