Continúa la búsqueda de María Laura La Fuente, de 33 años, que lleva dos días ausente. Fue vista por última vez la madrugada de este lunes. Hallaron pertenencias que serían de ella en la zona del río.
Miércoles 06 de Noviembre de 2013 - 07:53 hs
De Blasio y su mensaje progresista calan en Nueva York
En mayo de 1961 Warren Wilhem Jr vino al mundo en un hospital del Upper East Side frente a Gracie Mansion, la residencia del alcalde de Nueva York. A los 52 años, Bill de Blasio –después de acortar su nombre y adoptar el apellido materno– ocupará a partir de enero esa misma casa, en la que actual regente de la ciudad, Michael Bloomberg, nunca llegó a vivir. Pasadas las 10.30 de la noche del martes de Blasio tomó el escenario en Brooklyn para dar su discurso de victoria: “Los retos a los que hacemos frente se han cultivado durante décadas. Y los problemas que queremos atender no se solucionan en una noche. Pero no se equivoquen. La gente de esta ciudad ha elegido un senda progresista. Y esta noche avanzamos en ella, juntos, como una ciudad”, afirmó. Según los primeros recuentos no hay ninguna duda de su victoria que ha ido más allá de las diferencias entre géneros, clase o etnia. Tras su toma de posesión en enero Blasio será el 109 alcalde de Nueva York y su familia multirracial dará un nuevo aire al Upper East Side.
El fulgurante ascenso de este político, prácticamente desconocido hasta que logró imponerse en las elecciones primarias de octubre en una muy concurrida carrera entre los candidatos demócratas, viene avalado por un giro hacia la izquierda. De Blasio ocupaba el cargo de abogado del pueblo en Nueva York cuando decidió lanzarse a la campaña con un programa que tomaba un título prestado del novelista Charles Dickens: “Historia de las dos ciudades”. La prosperidad de la era Bloomberg, que se ha prolongado durante 12 años, ha dejado de lado a los más desfavorecidos, el nivel de pobreza ha crecido significativamente ¿quién protege a la clase media?
El tono entendido como radical por algunos, cuajó y así De Blasio ha logrado un amplio margen de ventaja que las encuestas situaban en torno al 40% y que los primeros recuentos ratificaban. Pero más allá del mensaje en sí, lo cierto es que este hombre alto y un poco desgarbado, con un aspecto que le asemeja a Bill Clinton y una familia que le acerca al modelo de la de Obama, ha conquistado el imaginario de un buen número de neoyorquinos.
Su esposa, la poeta y activista afromericana Chirlane McGray ha jugado un papel fundamental en su ascenso y en la estrategia de campaña, como los Clinton en su día, esta pareja es un bien engrasado equipo político. McGray, hija de un administrativo en una base militar de la Costa Este y una trabajadora de una fábrica, creció como la única niña negra en su instituto donde sufrió discriminación, algo que canalizó en su combativo espíritu progresista acercándose a colectivos feministas afroamericanos y gays en Wellesley el college donde estudió. Conoció a De Blasio, cinco años más joven, cuando ella trabajaba en el gabinete de prensa de la alcaldía en 1991 y la insistencia de su pretendiente que hacía caso omiso de su opción sexual gay, acabó por conquistarla. Pasaron la luna de miel en Cuba, se instalaron en Brooklyn y han tenido dos hijos, Chiara y Dante, cuya melena afro ha sido todo un icono de esta campaña.
El tinte izquierdista de De Blasio que aboga por una sociedad más equitativa, –y por ejemplo propone una subida de impuestos a los más ricos para financiar un sistema universal de guarderías públicas–, es algo que le viene de familia. Sus padres se conocieron en la redacción de la revista Time en 1939, donde Wilhem tras graduarse en Yale, trabajaba como reportero económico y Maria de Blasio, licenciada en Smith era una de las pocas mujeres en plantilla, en el departamento de documentación. Él se alistó al ejército poco después de Pearl Harbor y luchó en el Pacífico. Perdió una pierna en la brutal batalla de Okinawa y regresó con condecoraciones, pero esto no impidió que sufrieran, tanto él como su esposa, las persecuciones de la era McCarthy siendo procesados y llamados a declarar varias veces en los cincuenta.
Alcoholizado y desencantado, el héroe de guerra es una figura de la que Bill ha tratado toda su vida de alejarse. Sus padres se divorciaron en 1969, diez años después Wilehm se pegó un tiro. Si en el currículum de su padre figura un trabajo con el Senador Javits para tratar de aumentar la inversión en Latinoamérica, el vínculo de Bill con esta parte del mundo es mucho más profundo. Tras su paso por las aulas de New York University, estuvo en Columbia en un programa de posgrado sobre Latino América y fue un notable activista de la causa sandinista desde la organización Quixote Center y más adelante desde una ONG, visitó Nicaragua y habla perfectamente español. Cuando ha tenido que hablar de su filosofía política la ha definido como una mezcla del New Deal de Roosevelt y de la Teología de la Liberación.
Eso sí, de Blasio ha dejado claro que sabe pactar y resolver, y aunque su experiencia política no incluye cargos de tanta responsabilidad como el que hasta a punto de asumir –trabajó con el Departamento de Vivienda de la administración Clinton y ocupó un escaño en la Asamblea de la ciudad de Nueva York–, ha sabido ganarse tanto a los sindicatos como a los promotores inmobiliarios que a pesar de la hostilidad inicial, le han organizado algunos actos de campaña. Ha templado su mensaje en las últimas semanas y aunque tiene bien identificados los problemas de la clase media, y perfectamente articulada cual es su postura al respecto, no ha expuesto sus soluciones concretas para esta ciudad de 8 millones de habitantes, 300.000 funcionarios y un presupuesto de 700 millones de dólares. Uno de los principales retos será renegociar los contratos de los trabajadores públicos, en el limbo desde hace 4 años, con los sindicatos. ¿Qué le queda de su pasado radical? “Tengo el mismo deseo que los activistas de mejorar la vida de la gente”, ha afirmado. Lo mismo que el multimillonario Bloomberg.
El fulgurante ascenso de este político, prácticamente desconocido hasta que logró imponerse en las elecciones primarias de octubre en una muy concurrida carrera entre los candidatos demócratas, viene avalado por un giro hacia la izquierda. De Blasio ocupaba el cargo de abogado del pueblo en Nueva York cuando decidió lanzarse a la campaña con un programa que tomaba un título prestado del novelista Charles Dickens: “Historia de las dos ciudades”. La prosperidad de la era Bloomberg, que se ha prolongado durante 12 años, ha dejado de lado a los más desfavorecidos, el nivel de pobreza ha crecido significativamente ¿quién protege a la clase media?
El tono entendido como radical por algunos, cuajó y así De Blasio ha logrado un amplio margen de ventaja que las encuestas situaban en torno al 40% y que los primeros recuentos ratificaban. Pero más allá del mensaje en sí, lo cierto es que este hombre alto y un poco desgarbado, con un aspecto que le asemeja a Bill Clinton y una familia que le acerca al modelo de la de Obama, ha conquistado el imaginario de un buen número de neoyorquinos.
Su esposa, la poeta y activista afromericana Chirlane McGray ha jugado un papel fundamental en su ascenso y en la estrategia de campaña, como los Clinton en su día, esta pareja es un bien engrasado equipo político. McGray, hija de un administrativo en una base militar de la Costa Este y una trabajadora de una fábrica, creció como la única niña negra en su instituto donde sufrió discriminación, algo que canalizó en su combativo espíritu progresista acercándose a colectivos feministas afroamericanos y gays en Wellesley el college donde estudió. Conoció a De Blasio, cinco años más joven, cuando ella trabajaba en el gabinete de prensa de la alcaldía en 1991 y la insistencia de su pretendiente que hacía caso omiso de su opción sexual gay, acabó por conquistarla. Pasaron la luna de miel en Cuba, se instalaron en Brooklyn y han tenido dos hijos, Chiara y Dante, cuya melena afro ha sido todo un icono de esta campaña.
El tinte izquierdista de De Blasio que aboga por una sociedad más equitativa, –y por ejemplo propone una subida de impuestos a los más ricos para financiar un sistema universal de guarderías públicas–, es algo que le viene de familia. Sus padres se conocieron en la redacción de la revista Time en 1939, donde Wilhem tras graduarse en Yale, trabajaba como reportero económico y Maria de Blasio, licenciada en Smith era una de las pocas mujeres en plantilla, en el departamento de documentación. Él se alistó al ejército poco después de Pearl Harbor y luchó en el Pacífico. Perdió una pierna en la brutal batalla de Okinawa y regresó con condecoraciones, pero esto no impidió que sufrieran, tanto él como su esposa, las persecuciones de la era McCarthy siendo procesados y llamados a declarar varias veces en los cincuenta.
Alcoholizado y desencantado, el héroe de guerra es una figura de la que Bill ha tratado toda su vida de alejarse. Sus padres se divorciaron en 1969, diez años después Wilehm se pegó un tiro. Si en el currículum de su padre figura un trabajo con el Senador Javits para tratar de aumentar la inversión en Latinoamérica, el vínculo de Bill con esta parte del mundo es mucho más profundo. Tras su paso por las aulas de New York University, estuvo en Columbia en un programa de posgrado sobre Latino América y fue un notable activista de la causa sandinista desde la organización Quixote Center y más adelante desde una ONG, visitó Nicaragua y habla perfectamente español. Cuando ha tenido que hablar de su filosofía política la ha definido como una mezcla del New Deal de Roosevelt y de la Teología de la Liberación.
Eso sí, de Blasio ha dejado claro que sabe pactar y resolver, y aunque su experiencia política no incluye cargos de tanta responsabilidad como el que hasta a punto de asumir –trabajó con el Departamento de Vivienda de la administración Clinton y ocupó un escaño en la Asamblea de la ciudad de Nueva York–, ha sabido ganarse tanto a los sindicatos como a los promotores inmobiliarios que a pesar de la hostilidad inicial, le han organizado algunos actos de campaña. Ha templado su mensaje en las últimas semanas y aunque tiene bien identificados los problemas de la clase media, y perfectamente articulada cual es su postura al respecto, no ha expuesto sus soluciones concretas para esta ciudad de 8 millones de habitantes, 300.000 funcionarios y un presupuesto de 700 millones de dólares. Uno de los principales retos será renegociar los contratos de los trabajadores públicos, en el limbo desde hace 4 años, con los sindicatos. ¿Qué le queda de su pasado radical? “Tengo el mismo deseo que los activistas de mejorar la vida de la gente”, ha afirmado. Lo mismo que el multimillonario Bloomberg.
Fuente: elpais.com
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