Se había ido de su casa el pasado lunes, en horas de la madrugada y se vio por última vez a través de una cámara de seguridad en el centro de la ciudad de Coronda.
Lunes 28 de Octubre de 2013 - 07:40 hs
Estados Unidos resta trascendencia a la crisis del espionaje
Estados Unidos dedica hoy más esfuerzos aparentes a arreglar los fallos en la página web de la reforma sanitaria que a resolver la crisis diplomática provocada por el espionaje norteamericano en Europa. Eso es reflejo, no solo de cuales son las prioridades de la opinión pública, los medios de comunicación y el Gobierno en este momento, sino de la falta de opciones de las que dispone el presidente Obama para responder a corto plazo y de forma satisfactoria a las protestas de los líderes europeos, que se espera que desaparezcan con el paso del tiempo sin dejar una huella profunda.
En general, la política adoptada por la Administración estadounidense desde el estallido de este conflicto ha sido la de atender respetuosamente las quejas de gobiernos que, por otra parte, son estrechos aliados, pero ofreciendo a cambio solo promesas vagas de cambios en los mecanismos de espionaje, sin muchas perspectivas de que puedan cumplirse.
Eso no significa que el problema no sea real, incluso acuciante en términos morales. Las revelaciones de Edward Snowden han puesto en evidencia la existencia de un monstruoso sistema de recolección de datos privados que, al margen de cualquier problema con Europa, constituye una amenaza para el régimen de libertades individuales del que presume este país.
Ese es el aspecto que más críticas ha provocado dentro de EE UU y el que más perjudica al prestigio del presidente Obama. Pero incluso desde ese ángulo, los efectos de la crisis del espionaje son limitados. Una manifestación celebrada ayer en Washington para protestar por esa vigilancia reunió, según los organizadores, a 2.000 personas, en su mayoría pertenecientes a los extremos ideológicos, el Tea Party y el movimiento Ocupa Wall Street.
La indiferencia de la opinión pública y publicada, por supuesto, es aún mayor en lo que se refiere al espionaje internacional. Los periodistas han preguntado insistentemente al portavoz de la Casa Blanca sobre las reacciones europeas, pero no se ha construido aún un caso periodístico al respecto. Las principales cabeceras, incluido The New York Times, no publicaba el sábado una sola línea sobre el asunto en sus ediciones de papel. El tema no fue apenas mencionado tampoco este domingo en los célebres programas de debate de los grandes canales de televisión.
Pese a todo, el daño que este escándalo puede causarle a EE UU es considerable. Brasil, no solo suspendió la visita de su presidenta, sino también un programa de compra de aviones militares. En cuanto a Europa, las amenazas son múltiples, desde el intercambio de información antiterrorista hasta las negociaciones de un tratado comercial bilateral. Peor aún, la confianza ciega que debe existir entre dos bloques cuya alianza es vital para la estabilidad mundial, se ha puesto en entredicho.
Todo eso exigiría, teóricamente, una reacción inmediata y contundente de parte de Obama. Pero esa reacción no es previsible porque tampoco parece muy factible. No se cambian los servicios secretos de la noche a la mañana, si es que no es posible cambiarlos en absoluto. Quizá sea ese realismo lo que explica el escepticismo del público y de ciertos medios de comunicación.
Washington sabe mucho de espías. Entre otras razones, porque probablemente sea la ciudad del mundo en la que hay más por metro cuadrado. Todas las embajadas tienen alguno formalmente registrado y algunos otros emboscados entre el personal. Es fácil imaginar cuál es su cometido, pero tampoco es difícil suponer que el contraespionaje de EE UU los tiene, por lo general, bajo estricto control. Eso lleva a algo bastante repetido estos días en esta ciudad: todos los países se espían entre sí, con la diferencia de que nadie dispone de la tecnología con la que cuenta este país. Cuando esos espías pertenecen a países aliados, con frecuencia colaboran y se intercambian datos. EE UU dice haber recolectado en Europa información beneficiosa para la seguridad de los propios europeos y confiesa actuar en Europa, en muchas ocasiones, con el apoyo de los propios servicios europeos. Así se explica la incredulidad con la que todavía se vive esta crisis en algunas áreas de la Administración.
Obama ha prometido revisar los modelos de espionaje para estar seguros de que se recoge solo la información que se necesita, no toda la que EE UU es capaz de reunir. Pero no va a ser fácil traducir eso en medidas concretas y visibles.
Esta crisis afecta a un mundo por naturaleza oscuro e impermeable. En un país como este, con intereses planetarios, enemigos de todo género y, hoy, con muchos más medios técnicos que nunca, ese mundo se ha hecho especialmente poderoso e inescrutable. Introducir reformas o límites en la NSA o la CIA, sin poner el riesgo la seguridad nacional, no es como hacerlo en el Departamento de Agricultura. Obama puede intentar alguna medida cosmética para calmar los ánimos. Pero las posibilidades de que esta crisis genere cambios más profundos son más bien escasas.
En general, la política adoptada por la Administración estadounidense desde el estallido de este conflicto ha sido la de atender respetuosamente las quejas de gobiernos que, por otra parte, son estrechos aliados, pero ofreciendo a cambio solo promesas vagas de cambios en los mecanismos de espionaje, sin muchas perspectivas de que puedan cumplirse.
Eso no significa que el problema no sea real, incluso acuciante en términos morales. Las revelaciones de Edward Snowden han puesto en evidencia la existencia de un monstruoso sistema de recolección de datos privados que, al margen de cualquier problema con Europa, constituye una amenaza para el régimen de libertades individuales del que presume este país.
Ese es el aspecto que más críticas ha provocado dentro de EE UU y el que más perjudica al prestigio del presidente Obama. Pero incluso desde ese ángulo, los efectos de la crisis del espionaje son limitados. Una manifestación celebrada ayer en Washington para protestar por esa vigilancia reunió, según los organizadores, a 2.000 personas, en su mayoría pertenecientes a los extremos ideológicos, el Tea Party y el movimiento Ocupa Wall Street.
La indiferencia de la opinión pública y publicada, por supuesto, es aún mayor en lo que se refiere al espionaje internacional. Los periodistas han preguntado insistentemente al portavoz de la Casa Blanca sobre las reacciones europeas, pero no se ha construido aún un caso periodístico al respecto. Las principales cabeceras, incluido The New York Times, no publicaba el sábado una sola línea sobre el asunto en sus ediciones de papel. El tema no fue apenas mencionado tampoco este domingo en los célebres programas de debate de los grandes canales de televisión.
Pese a todo, el daño que este escándalo puede causarle a EE UU es considerable. Brasil, no solo suspendió la visita de su presidenta, sino también un programa de compra de aviones militares. En cuanto a Europa, las amenazas son múltiples, desde el intercambio de información antiterrorista hasta las negociaciones de un tratado comercial bilateral. Peor aún, la confianza ciega que debe existir entre dos bloques cuya alianza es vital para la estabilidad mundial, se ha puesto en entredicho.
Todo eso exigiría, teóricamente, una reacción inmediata y contundente de parte de Obama. Pero esa reacción no es previsible porque tampoco parece muy factible. No se cambian los servicios secretos de la noche a la mañana, si es que no es posible cambiarlos en absoluto. Quizá sea ese realismo lo que explica el escepticismo del público y de ciertos medios de comunicación.
Washington sabe mucho de espías. Entre otras razones, porque probablemente sea la ciudad del mundo en la que hay más por metro cuadrado. Todas las embajadas tienen alguno formalmente registrado y algunos otros emboscados entre el personal. Es fácil imaginar cuál es su cometido, pero tampoco es difícil suponer que el contraespionaje de EE UU los tiene, por lo general, bajo estricto control. Eso lleva a algo bastante repetido estos días en esta ciudad: todos los países se espían entre sí, con la diferencia de que nadie dispone de la tecnología con la que cuenta este país. Cuando esos espías pertenecen a países aliados, con frecuencia colaboran y se intercambian datos. EE UU dice haber recolectado en Europa información beneficiosa para la seguridad de los propios europeos y confiesa actuar en Europa, en muchas ocasiones, con el apoyo de los propios servicios europeos. Así se explica la incredulidad con la que todavía se vive esta crisis en algunas áreas de la Administración.
Obama ha prometido revisar los modelos de espionaje para estar seguros de que se recoge solo la información que se necesita, no toda la que EE UU es capaz de reunir. Pero no va a ser fácil traducir eso en medidas concretas y visibles.
Esta crisis afecta a un mundo por naturaleza oscuro e impermeable. En un país como este, con intereses planetarios, enemigos de todo género y, hoy, con muchos más medios técnicos que nunca, ese mundo se ha hecho especialmente poderoso e inescrutable. Introducir reformas o límites en la NSA o la CIA, sin poner el riesgo la seguridad nacional, no es como hacerlo en el Departamento de Agricultura. Obama puede intentar alguna medida cosmética para calmar los ánimos. Pero las posibilidades de que esta crisis genere cambios más profundos son más bien escasas.
Fuente: elpais.com
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