Se había ido de su casa el pasado lunes, en horas de la madrugada y se vio por última vez a través de una cámara de seguridad en el centro de la ciudad de Coronda.
Jueves 24 de Octubre de 2013 - 21:09 hs
Cómo estimular en clase a los buenos alumnos
Desde las salas de profesores hasta los libros de pedagogía, el foco de las preocupaciones docentes suele estar en los estudiantes de bajo desempeño o mala conducta. Es raro, en cambio, que los “buenos alumnos” reciban tanta atención: muchos docentes asumen que ellos se motivan solos y aprenden por su cuenta. Sin embargo, los especialistas recomiendan ofrecer a los “chicos diez” estrategias que contribuyan a potenciarlos.
El concepto de “buen alumno” cambió en los últimos años. El ejemplo más claro se ve en los abanderados. Antes, el que llevaba la bandera era el promedio más alto. Ahora, muchas escuelas reservan ese privilegio al “ mejor compañero ”, votado por sus pares. O utilizan la bandera como símbolo “compensatorio”: “ Fulanito va a llevar la bandera porque su mamá está enferma ”. El reglamento escolar de la Ciudad establece tres criterios para la elección del abanderado: “Dedicación al estudio, sentido de solidaridad y esfuerzo para lograr buen compañerismo ”.
“Hay un buen alumno académico: el que incorpora los contenidos. Y un buen alumno integral, que además se destaca en lo social, lo actitudinal, lo espiritual. Para mí el verdadero buen alumno es el segundo.
Los valores y las actitudes también hay que tenerlos en cuenta”, explica la psicopedagoga y docente María del Monte, que trabaja en el nivel escolar y universitario.
El “buen alumno” le plantea desafíos específicos al docente: “Cada estudiante tiene distintas necesidades: el ‘buen alumno’ seguro tiene otros ámbitos para desarrollar. Lo podés ayudar haciéndolo trabajar en grupo, proponiéndole que coopere con otro compañero al que le cuesta. La clave es potenciarlo en lo que le falte”, dice María.
Los expertos coinciden en que el rol del docente es determinante para motivar a los chicos y sugieren ser prudentes con las “etiquetas”. Alicia Omar, doctora en Psicología e investigadora del Conicet, dirigió una investigación sobre éxito y fracaso escolar, y concluyó que “las expectativas y prácticas docentes interactúan con las creencias de los alumnos y esto impacta sobre su autoconcepto. Al menos en primaria, pareciera que los juicios docentes son un predictor incuestionable del rendimiento y del autoconcepto escolar del alumno”. En otras palabras, la mirada del docente tiene una gran influencia sobre la autoestima de los chicos, y esto repercute en su rendimiento.
Sin embargo, el docente Alberto Christin, con 38 años de experiencia en las aulas, matiza esta idea: “El docente no debe etiquetar despectivamente a ningún alumno, pero no debemos exagerar los efectos de esto. La idea del efecto de las ‘etiquetas’ a veces culpabiliza al docente por el mal rendimiento de los alumnos. Pero el mal alumno no se construye por una etiqueta ”.
Alberto añade: “Para evitar etiquetamientos, el docente debe mantener altas expectativas para todos y estimular a que sus alumnos también las tengan. El chico se tiene que sentir valorado”.
Para el filósofo Tomás Abraham, resaltar el trabajo de los buenos alumnos es una manera de reivindicar la cultura del esfuerzo, que hoy aparece desprestigiada como consecuencia de una “inclusión” mal entendida. Abraham sostiene que hay una “indiferencia general” hacia el estudio: “En educación, de lo que se trata es de trabajo, y el trabajo del alumno es estudiar. Tenemos que ser muy exigentes en eso, como los coreanos y los chinos: los nuevos dueños del mundo”.
El cambio educativo podría empezar, para Abraham, cuando los adultos reconozcan el esfuerzo de quienes se preocupan por aprender: “ Darle importancia al estudio es darles importancia a los estudiosos, reconocerles el mérito, estimularlos. Sin una finalidad externa; ni para hacerse más rico, ni para ascenso social: eso es por añadidura. Simplemente porque es algo vital: la gente se enriquece si estudia y aprende. Y si no, se embrutece. No hay término medio”.
El concepto de “buen alumno” cambió en los últimos años. El ejemplo más claro se ve en los abanderados. Antes, el que llevaba la bandera era el promedio más alto. Ahora, muchas escuelas reservan ese privilegio al “ mejor compañero ”, votado por sus pares. O utilizan la bandera como símbolo “compensatorio”: “ Fulanito va a llevar la bandera porque su mamá está enferma ”. El reglamento escolar de la Ciudad establece tres criterios para la elección del abanderado: “Dedicación al estudio, sentido de solidaridad y esfuerzo para lograr buen compañerismo ”.
“Hay un buen alumno académico: el que incorpora los contenidos. Y un buen alumno integral, que además se destaca en lo social, lo actitudinal, lo espiritual. Para mí el verdadero buen alumno es el segundo.
Los valores y las actitudes también hay que tenerlos en cuenta”, explica la psicopedagoga y docente María del Monte, que trabaja en el nivel escolar y universitario.
El “buen alumno” le plantea desafíos específicos al docente: “Cada estudiante tiene distintas necesidades: el ‘buen alumno’ seguro tiene otros ámbitos para desarrollar. Lo podés ayudar haciéndolo trabajar en grupo, proponiéndole que coopere con otro compañero al que le cuesta. La clave es potenciarlo en lo que le falte”, dice María.
Los expertos coinciden en que el rol del docente es determinante para motivar a los chicos y sugieren ser prudentes con las “etiquetas”. Alicia Omar, doctora en Psicología e investigadora del Conicet, dirigió una investigación sobre éxito y fracaso escolar, y concluyó que “las expectativas y prácticas docentes interactúan con las creencias de los alumnos y esto impacta sobre su autoconcepto. Al menos en primaria, pareciera que los juicios docentes son un predictor incuestionable del rendimiento y del autoconcepto escolar del alumno”. En otras palabras, la mirada del docente tiene una gran influencia sobre la autoestima de los chicos, y esto repercute en su rendimiento.
Sin embargo, el docente Alberto Christin, con 38 años de experiencia en las aulas, matiza esta idea: “El docente no debe etiquetar despectivamente a ningún alumno, pero no debemos exagerar los efectos de esto. La idea del efecto de las ‘etiquetas’ a veces culpabiliza al docente por el mal rendimiento de los alumnos. Pero el mal alumno no se construye por una etiqueta ”.
Alberto añade: “Para evitar etiquetamientos, el docente debe mantener altas expectativas para todos y estimular a que sus alumnos también las tengan. El chico se tiene que sentir valorado”.
Para el filósofo Tomás Abraham, resaltar el trabajo de los buenos alumnos es una manera de reivindicar la cultura del esfuerzo, que hoy aparece desprestigiada como consecuencia de una “inclusión” mal entendida. Abraham sostiene que hay una “indiferencia general” hacia el estudio: “En educación, de lo que se trata es de trabajo, y el trabajo del alumno es estudiar. Tenemos que ser muy exigentes en eso, como los coreanos y los chinos: los nuevos dueños del mundo”.
El cambio educativo podría empezar, para Abraham, cuando los adultos reconozcan el esfuerzo de quienes se preocupan por aprender: “ Darle importancia al estudio es darles importancia a los estudiosos, reconocerles el mérito, estimularlos. Sin una finalidad externa; ni para hacerse más rico, ni para ascenso social: eso es por añadidura. Simplemente porque es algo vital: la gente se enriquece si estudia y aprende. Y si no, se embrutece. No hay término medio”.
Fuente: Clarín
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