El cuerpo de delegados del gremio expuso una situación delicada que afecta a trabajadores del club.
Domingo 30 de Junio de 2013 - 00:17 hs
Arancedo y el seguir a Jesús
Reflexiones del arzobispo de Santa Fe, monseñor José María Arancedo en este domingo
El evangelio de este domingo nos presenta el diálogo del Señor con diversas personas que, impactadas por la presencia y predicación de Jesús, le manifiestan el deseo de seguirlo: “Te seguiré a donde vayas” (Lc. 9, 57-61) le dicen. Hay en ellos una actitud sincera, pero hay algo que les impide hacerlo.
Este texto parecería que debe aplicarse sólo a una vida consagrada. Frente a la exigencia que les pone Jesús para seguirlo, aparecen las preocupaciones que deben atender: “Permíteme que vaya primero a enterrar a mi padre”; otro le dice: “permíteme entes despedirme de los míos”, y Jesús concluye: “El que ha puesto la mano en el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios” (Lc. 9, 62).
No está mal aplicar este texto a la persona que está en camino de discernimiento a una vocación consagrada al servicio del Evangelio, porque habla, ciertamente, de una entrega totalizante al Reino de Dios. Pero se refiere, sin embargo, a toda vida cristiana cuando es asumida en un contexto de entrega y santidad.
Debemos afirmar, ante todo, que poner a Jesucristo y su Evangelio en el centro de mi vida, no significa desconocer o descuidar nuestras obligaciones. Jesús no viene a ocupar el lugar de nadie, sea la esposa, el padre, un hijo….., sí viene a iluminar y dar sentido a todas nuestra relaciones, circunstancia y personas en la perspectiva del Reino de Dios. Esto es lo importante.
La fe no nos quita nada, por el contrario, nos devela el misterio de la verdad del hombre a la luz de Jesucristo (cfr. G. S. 22). Así lo entendía san Pablo cuando les decía a los cristianos de corinto: “todo es de ustedes”, la familia, el amor, la política, la economía, y concluía: “pero ustedes son de Cristo” (1 Cor. 3, 23), es decir, hay una manera cristiana de vivir en el mundo con todo lo que ello implica.
Seguir a Jesucristo con total entrega es lo propio de todo cristiano. Hay sí, vocaciones que determinan un modo particular de este seguimiento. En este sentido podemos distinguir en la Iglesia, la vida sacerdotal o consagrada, de la vida laical. Dicho esto podemos comprender el alcance del texto de san Lucas que hemos leído.
El que se ha encontrado con Jesucristo y lo ha hecho el centro de su vida, sea laico, consagrado o sacerdote, no puede ya “volver la mirada hacia atrás”. Si lo hace tenemos que hablar, lamentablemente, de defección en el compromiso de la fe. Habrá motivos que lo expliquen, pero siempre quedará un vacío. El volver la mirada atrás o dejar el camino emprendido tiene, además, consecuencias eclesiales y sociales.
Mi vida de fe y mi compromiso cristiano es un bien para mi hermano y la Iglesia. ¡Con cuánto dolor tenemos que reconocer que muchos hermanos nuestros, en la diversidad de vocaciones y compromisos eclesiales que han asumido, han vuelto la mirada atrás! No nos toca ser jueces, pero sí proponer con claridad las exigencias del seguimiento al Señor.
Sabemos, por otra parte, y en ello está la fuerza de nuestra esperanza, que contamos con su presencia en este camino del Reino de Dios: “Y yo estaré siempre con ustedes, nos dice el Señor, hasta el fin del mundo” (Mt. 28, 20).
Reciban de su obispo junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor que siempre nos acompaña.
El evangelio de este domingo nos presenta el diálogo del Señor con diversas personas que, impactadas por la presencia y predicación de Jesús, le manifiestan el deseo de seguirlo: “Te seguiré a donde vayas” (Lc. 9, 57-61) le dicen. Hay en ellos una actitud sincera, pero hay algo que les impide hacerlo.
Este texto parecería que debe aplicarse sólo a una vida consagrada. Frente a la exigencia que les pone Jesús para seguirlo, aparecen las preocupaciones que deben atender: “Permíteme que vaya primero a enterrar a mi padre”; otro le dice: “permíteme entes despedirme de los míos”, y Jesús concluye: “El que ha puesto la mano en el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios” (Lc. 9, 62).
No está mal aplicar este texto a la persona que está en camino de discernimiento a una vocación consagrada al servicio del Evangelio, porque habla, ciertamente, de una entrega totalizante al Reino de Dios. Pero se refiere, sin embargo, a toda vida cristiana cuando es asumida en un contexto de entrega y santidad.
Debemos afirmar, ante todo, que poner a Jesucristo y su Evangelio en el centro de mi vida, no significa desconocer o descuidar nuestras obligaciones. Jesús no viene a ocupar el lugar de nadie, sea la esposa, el padre, un hijo….., sí viene a iluminar y dar sentido a todas nuestra relaciones, circunstancia y personas en la perspectiva del Reino de Dios. Esto es lo importante.
La fe no nos quita nada, por el contrario, nos devela el misterio de la verdad del hombre a la luz de Jesucristo (cfr. G. S. 22). Así lo entendía san Pablo cuando les decía a los cristianos de corinto: “todo es de ustedes”, la familia, el amor, la política, la economía, y concluía: “pero ustedes son de Cristo” (1 Cor. 3, 23), es decir, hay una manera cristiana de vivir en el mundo con todo lo que ello implica.
Seguir a Jesucristo con total entrega es lo propio de todo cristiano. Hay sí, vocaciones que determinan un modo particular de este seguimiento. En este sentido podemos distinguir en la Iglesia, la vida sacerdotal o consagrada, de la vida laical. Dicho esto podemos comprender el alcance del texto de san Lucas que hemos leído.
El que se ha encontrado con Jesucristo y lo ha hecho el centro de su vida, sea laico, consagrado o sacerdote, no puede ya “volver la mirada hacia atrás”. Si lo hace tenemos que hablar, lamentablemente, de defección en el compromiso de la fe. Habrá motivos que lo expliquen, pero siempre quedará un vacío. El volver la mirada atrás o dejar el camino emprendido tiene, además, consecuencias eclesiales y sociales.
Mi vida de fe y mi compromiso cristiano es un bien para mi hermano y la Iglesia. ¡Con cuánto dolor tenemos que reconocer que muchos hermanos nuestros, en la diversidad de vocaciones y compromisos eclesiales que han asumido, han vuelto la mirada atrás! No nos toca ser jueces, pero sí proponer con claridad las exigencias del seguimiento al Señor.
Sabemos, por otra parte, y en ello está la fuerza de nuestra esperanza, que contamos con su presencia en este camino del Reino de Dios: “Y yo estaré siempre con ustedes, nos dice el Señor, hasta el fin del mundo” (Mt. 28, 20).
Reciban de su obispo junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor que siempre nos acompaña.
Fuente: arzobispado de santa fe
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