Hubo un tiempo en el que algo excelente era “de rechupete”, una persona informada estaba “en la pomada” y alguien podía sentir “un cuiqui bárbaro”. Eran expresiones habituales, pero lentamente dejaron de escucharse hasta quedar asociadas con una generación.
Buena parte de ese vocabulario fue documentado por el escritor e investigador Ernesto Goldar en Buenos Aires, vida cotidiana en la década del 50. El libro fue publicado por la editorial Plus Ultra en 1980 y tuvo reediciones posteriores, entre ellas una segunda edición en 1992. La obra reconstruye las costumbres porteñas de aquellos años, con especial atención a la vida de los sectores medios.
Goldar no se limita a enumerar palabras. A través de la vestimenta, los medios de transporte, los entretenimientos, el trabajo y las relaciones sociales, muestra cómo el lenguaje acompañaba una determinada forma de vivir.
En sus páginas aparecen expresiones como “estar en la pomada”, “ver el noticiario”, “emperifollarse” y ser “paquetón”. También recuerda una época en la que los inviernos se atravesaban con tricota y echarpe, mientras que en los bares podía pedirse un “cívico”, un vaso de cerveza más pequeño que un chopp.
El registro permite comprobar que las palabras no desaparecen por una única razón. Algunas pierden vigencia porque dejan de existir los objetos que nombraban. Es lo que ocurrió con términos relacionados con los tranvías, las antiguas lapiceras, los tocadiscos o los combinados.
En otros casos, el objeto cambia, pero la expresión logra sobrevivir. Todavía se habla de “tirar la cadena”, aunque la mayoría de los baños ya no tenga el antiguo mecanismo que dio origen a la frase. El sentido se amplió y consiguió adaptarse a una nueva realidad.
Las transformaciones tecnológicas también desplazaron palabras completas. El “biógrafo” pasó a ser el cine y las “cintas” se convirtieron en películas. Décadas después llegaron los videos, las computadoras y términos procedentes del inglés que modificaron nuevamente el vocabulario.
Las costumbres tuvieron un efecto similar. Expresiones escolares como ir al rincón o usar orejas de burro perdieron fuerza cuando esas prácticas desaparecieron de las aulas. También cayó en desuso la distinción entre “señora” y “señorita” según el estado civil.
Cada década sumó su propio repertorio. En los años 70 se hablaba de personas “monas”, “chambones” y de despedirse de la “mufa”. Durante los 80 se popularizaron términos como “careta”, “fisurado” y “freak”. En los 90, la expansión de las computadoras instaló verbos como “deletear” y “dobleclickear”.
No existe una fecha exacta para determinar cuándo nace o muere una palabra. Los cambios tampoco ocurren al mismo tiempo en todos los sectores: una expresión puede desaparecer entre los jóvenes, pero permanecer durante décadas en determinadas familias, regiones o grupos sociales.
El libro de Goldar adquiere así un valor que excede la curiosidad lingüística. Sus páginas muestran que las palabras también son documentos históricos: conservan objetos, hábitos, vínculos y formas de entender el mundo.
Decir “macanudo”, “tilingo” o “manducar” no solo recupera un significado. También puede devolver una voz familiar, una escena cotidiana o una época que parecía olvidada.