Jorge Baremberg, referente del Centro Comercial, decidió poner fin a la actividad de uno de los locales más emblemáticos de la ciudad. El cambio en los hábitos de consumo y la falta de relevo generacional fueron los factores determinantes.
Jueves 21 de Abril de 2011 - 10:08 hs
Argentinos se despidió de la Copa Libertadores con un escándalo
Se quedó vacío Argentinos. Sin nada. Afuera. Y hasta terminó con un escándalo de esos que manchan actuaciones valiosas. En el Diego Maradona, cayó ante Fluminense y se le terminó su aventura en la Copa Libertadores. Fue un 4-2, que le sirvió al equipo brasileño para acceder a la siguiente ronda.
Lo sabía Argentinos: este partido ante Flu -viejo conocido de aquella memorable Libertadores de 1985- tenía el carácter de una final. Debía ganar para no depender de resultados ajenos. Sin embargo, el Argentinos de ayer -sobre todo en el traumático primer tiempo- se pareció poco a lo que cuenta su mandato histórico respecto del juego y a lo que señala su historia reciente en cuanto a su capacidad para resultar protagonista. Fue mejor el equipo de Río de Janeiro en esa etapa. Manejó la pelota con criterio, buscó por abajo, a través de pequeñas sociedades, de triangulaciones. Y sacó rédito de eso.
El primer gol fue un testimonio de eso: pase impecable -en cortada- del talentoso Marquinhos para la llegada al vacío de Julio César y definición sencilla y eficaz ante la salida de Nicolás Navarro. Uno a cero. Esa diferencia era el retrato de lo que pasaba en el campo.
A esa altura ya resultaba importante la marca de Edwin Valencia sobre Franco Niell. Y, sobre todo, eran gravitantes las apariciones de los mediocampistas Marquinhos, Conca y Dieguinho. A Argentinos se lo complicaba por su tendencia a los pelotazos. Sin embargo, en una confusa jugada en el área, el árbitro Wilmar Roldán cobró una infracción de Gum sobre Santiago Salcedo. Y el ex atacante de Lanús, de penal, estableció el empate.
Entonces, comenzó a suceder un rato de tranquilidad para Argentinos. Pero ya sobre el final de la etapa, un tiro libre de Fred confundió a Navarro y se transformó en una nueva ventaja para los brasileños y en una preocupación añadida para Argentinos.
Otra vez, el equipo de La Paternal quedaba en la cornisa de una eliminación inesperada, sobre todo considerando su arranque (siete puntos de nueve posibles) en este Grupo de la Muerte.
Entonces, el local fue tras los pasos de un empate que -al menos- lo acercara un poco a los octavos de final. Intentó con más intensidad que con juego asociado. En una cancha con espacios reducidos como el Cajón de Boyacá, prescindió de la elaboración, procuró ser vertical... Y así accedió al empate. A los revolcones, con coraje. Así, Gustavo Oberman -tras un par de rebotes- consiguió la igualdad.
Pero no fue suficiente ese grito. Argentinos -el equipo con menos goles en contra en el Clausura- recibió el tercero en otra distracción: lo convirtió Rafael Moura. Era la consecuencia de un partido cambiante, imprevisible...
No le quedaba otra a Argentinos. Insistió como pudo. Con centros, con corners, con tiros desde afuera. No le alcanzó. Le faltaba un gol. Ese desahogo que nio apareció. Ya sobre la hora, para colmo, llegó la garantía de la victoria ajena con otro tanto de Fred, de penal. Era también la certeza de la despedida de Argentinos de la Copa. De ese adiós que no merecía el bochorno final de golpes y bravuconadas.
Lo sabía Argentinos: este partido ante Flu -viejo conocido de aquella memorable Libertadores de 1985- tenía el carácter de una final. Debía ganar para no depender de resultados ajenos. Sin embargo, el Argentinos de ayer -sobre todo en el traumático primer tiempo- se pareció poco a lo que cuenta su mandato histórico respecto del juego y a lo que señala su historia reciente en cuanto a su capacidad para resultar protagonista. Fue mejor el equipo de Río de Janeiro en esa etapa. Manejó la pelota con criterio, buscó por abajo, a través de pequeñas sociedades, de triangulaciones. Y sacó rédito de eso.
El primer gol fue un testimonio de eso: pase impecable -en cortada- del talentoso Marquinhos para la llegada al vacío de Julio César y definición sencilla y eficaz ante la salida de Nicolás Navarro. Uno a cero. Esa diferencia era el retrato de lo que pasaba en el campo.
A esa altura ya resultaba importante la marca de Edwin Valencia sobre Franco Niell. Y, sobre todo, eran gravitantes las apariciones de los mediocampistas Marquinhos, Conca y Dieguinho. A Argentinos se lo complicaba por su tendencia a los pelotazos. Sin embargo, en una confusa jugada en el área, el árbitro Wilmar Roldán cobró una infracción de Gum sobre Santiago Salcedo. Y el ex atacante de Lanús, de penal, estableció el empate.
Entonces, comenzó a suceder un rato de tranquilidad para Argentinos. Pero ya sobre el final de la etapa, un tiro libre de Fred confundió a Navarro y se transformó en una nueva ventaja para los brasileños y en una preocupación añadida para Argentinos.
Otra vez, el equipo de La Paternal quedaba en la cornisa de una eliminación inesperada, sobre todo considerando su arranque (siete puntos de nueve posibles) en este Grupo de la Muerte.
Entonces, el local fue tras los pasos de un empate que -al menos- lo acercara un poco a los octavos de final. Intentó con más intensidad que con juego asociado. En una cancha con espacios reducidos como el Cajón de Boyacá, prescindió de la elaboración, procuró ser vertical... Y así accedió al empate. A los revolcones, con coraje. Así, Gustavo Oberman -tras un par de rebotes- consiguió la igualdad.
Pero no fue suficiente ese grito. Argentinos -el equipo con menos goles en contra en el Clausura- recibió el tercero en otra distracción: lo convirtió Rafael Moura. Era la consecuencia de un partido cambiante, imprevisible...
No le quedaba otra a Argentinos. Insistió como pudo. Con centros, con corners, con tiros desde afuera. No le alcanzó. Le faltaba un gol. Ese desahogo que nio apareció. Ya sobre la hora, para colmo, llegó la garantía de la victoria ajena con otro tanto de Fred, de penal. Era también la certeza de la despedida de Argentinos de la Copa. De ese adiós que no merecía el bochorno final de golpes y bravuconadas.
Fuente: Clarín
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